Cataluña, dividida

Es nuestro estigma, que arrastramos desde hace siglos. La sociedad catalana tiene una tendencia congénita a dividirse y a enfrentarse, cosa que nos perjudica a todos. Justo es recordar que el rey Jaime I, nuestro héroe por antonomasia, cometió el grave error de repartir sus extensos dominios, los heredados y los conquistados a los musulmanes, entre sus dos hijos, Pere y Jaume, que tras su muerte se dedicaron a pelearse. En el momento de máximo esplendor de la Corona de Aragón ya se incubó su ulterior desintegración.

La aventura procesista, hoy liquidada, ha provocado una profunda división de la sociedad catalana entre independentistas y no independentistas. Del mismo modo que, antes, teníamos la confrontación entre pujolistas y maragallistas. O la dramática pelea entre comunistas, poumistas y anarquistas que precipitó la derrota en la Guerra Civil. Si vamos más atrás, encontramos las guerras entre carlistas y liberales. O entre borbónicos y austriacistas; nyerros contra cadells; urgelistas contra fernandistas; remensas contra señores feudales…

Este síndrome que nos lleva a la división y al enfrentamiento permanentes es una de las causas profundas de nuestro fracaso histórico y, en todo caso, provoca un estrés y un desgaste que nos hace perder el tiempo y las oportunidades. De ser la primera potencia del Mediterráneo en la Edad Media, la antigua Corona de Aragón ha acabado repartida entre tres estados (España, Francia e Italia) y los territorios, antes unidos, han quedado descuartizados en cuatro comunidades autónomas españolas (Aragón, Cataluña, Comunidad Valenciana y las Baleares) y un departamento francés (Pirineos Orientales).

No es cuestión de llorar ni de intentar recuperar un pasado que nunca volverá, por mucho que nos obsesionemos y hagamos castillos en el aire. Se trata de aprender la lección y de aplicarla con coherencia y convicción en nuestro día a día. Cataluña solo ha avanzado y prosperado cuando hemos ido unidos. Pero unidos de verdad. Con la Asamblea de Cataluña y sus tres puntos programáticos para salir de la dictadura franquista: Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía. Con el gobierno de unidad de las fuerzas democráticas del presidente Josep Tarradellas, que hizo posible la aprobación del Estatuto de Autonomía de 1979. Con la organización de los Juegos Olímpicos, a pesar de la disimulada hostilidad del entonces presidente Jordi Pujol.

Desde 1992, Cataluña ha vivido una batalla campal permanente que nos ha dejado exhaustos y que ha provocado una lenta, pero perceptible decadencia en todos los órdenes (económico, empresarial, cultural, social…). Situados en el año 2021, en Cataluña tenemos el gobierno más independentista de toda la historia, pero que, en la práctica, no sirve para nada, pues obvia el hecho que las últimas elecciones las ganó el PSC. Con este falseamiento de la voluntad democrática no iremos muy lejos.

El nuevo ejemplo de nuestra fatalidad como pueblo lo tenemos con el proyecto de ampliación del aeropuerto del Prat que promueve la empresa Aena. Conceptualmente, es un colosal disparate ecológico que esta infraestructura esté asentada sobre el delta del río Llobregat. Hace décadas que se tendría que haber tomado la decisión de encontrar una nueva ubicación para la principal infraestructura aeroportuaria del país, sin los problemas irresolubles de encaje que plantea el Prat.

Pero, como en tantas otras cuestiones, faltó visión y valentía para crear un nuevo aeropuerto, cerca de Barcelona y, a la vez, fuera del delta del Llobregat. Tenemos lo que tenemos y debemos ser realistas: no tiene ningún sentido impedir la prolongación de la tercera pista en nombre de la preservación del hábitat de la Ricarda, que ya sufre la degradación irreversible de estar al lado del aeropuerto y que nunca conseguirá librarse del estruendo de los aviones. Los pájaros no son ni serán nunca felices en este lugar tan desgraciado. Tampoco los humanos podremos disfrutarlo como espacio de recreo, teniendo infinidad de alternativas a nuestro alcance mucho más amables y placenteras.

En vez de ir de cara, ha vuelto a aparecer el viejo espíritu cainita de los nyerros y los cadells. De un lado, están las más de 200 entidades empresariales de Cataluña que apoyan al proyecto de Aena, para que el aeropuerto se pueda convertir -dicen y creen- en un verdadero hub de conexiones intercontinentales. Del otro, las más de 300 entidades ecologistas, vecinales, agrarias y sociales que consideran que esta propuesta de Aena es un disparate medioambiental, puesto que invade y destruye una zona incluida en la Red Natura 2000.

Aena tiene prisa. A finales del mes de septiembre próximo, el Gobierno español tiene previsto aprobar el Documento de Regulación Aeroportuaria (DORA), que tiene una vigencia quinquenal. O las administraciones concernidas –la Generalitat, el Área Metropolitana de Barcelona y los ayuntamientos de la zona del delta del Llobregat- dan su consentimiento para que el proyecto de ampliación del aeropuerto del Prat salga adelante o esta propuesta quedará en un cajón hasta dentro de 5 años, como mínimo.

La aprobación del DORA no quiere decir que las obras empiecen de inmediato. Aena calcula que tardará cuatro o cinco años en cumplir todos los trámites y permisos que requiere el proyecto y que la ampliación de los 500 metros de la tercera pista puede ser realidad hacia el año 2030.

De entrada, tendrá que superar el escollo de la Comisión Europea. La zona de la laguna de la Ricarda-Ca l’Arana, que quedará afectada por las obras, disfruta de una restrictiva protección ambiental. Aena propone compensar las 28 hectáreas de Red Natura 2000 que pretende cargarse con la compra y renaturalización de 280 hectáreas en el delta del Llobregat.

No es solo la división entre las 200 entidades empresariales partidarias de la ampliación del aeropuerto y las 300 entidades ecologistas, vecinales, agrarias y sociales que están en contra. El cisma también se hace evidente en el arco político y municipal.

En el último pleno del Parlamento de Cataluña se constató que los dos socios de gobierno no tienen la misma opinión sobre el proyecto de Aena. Junts per Catalunya (JxCat) se alinea con PSC, Vox, Ciutadans y PP en la defensa de la ampliación del aeropuerto. En cambio, ERC se abstuvo y mantiene una posición en sintonía con En Comú Podem y la CUP, que se oponen frontalmente.

Todos los representantes municipales del Ayuntamiento del Prat (En Comú, PSC, ERC, Cs y Podemos) rechazan la ampliación. En cambio, la exalcaldesa de Gavà y flamante ministra de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, Raquel Sánchez, la apoya, con condiciones.

El tema también se ha debatido en el Ayuntamiento de Barcelona, en el sí de la comisión de Ecología y Urbanismo. Aquí, los socios del gobierno municipal (Comuns y PSC) también han mostrado sus discrepancias. El grupo de Ada Colau se ha alineado con ERC para votar en contra de la ampliación, mientras que PSC la apoya, junto con los representantes de BCN Canvi, PP y Ciutadans y con la abstención de JxCat.

La coherencia de nuestra clase política –que, eso sí, se ha autoasignado unos sueldos estratosféricos- vuelve a brillar por su ausencia, ante la estupefacción de la sociedad catalana. En un tema crucial como es el de la ampliación del aeropuerto del Prat, los dos socios de gobierno de la Generalitat están enfrentados y los dos socios de gobierno del Ayuntamiento de Barcelona, también. La situación es, una vez más, kafkiana.

¿Por qué no dar, de entrada, el voto de confianza que pide Aena para que pueda planificar y presentar su proyecto? ¿Por qué no esperamos a ver cómo se concreta la aportación de estas 280 hectáreas del delta del Llobregat que ha prometido que compensarán la pérdida del paraje de la Ricarda? ¿Por qué no aparcamos los enfrentamientos hasta que se pronuncie la Comisión Europea? ¿Los catalanes tenemos que estar siempre peleados y enfadados, entre nosotros y con todo el mundo? ¿No podríamos cambiar el chip?

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