Los gofres de Puigdemont

1.349 días después de los 56 segundos de efímera independencia, los líderes del procés, Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, se volvieron a ver las caras. Tras el indulto concedido por el gobierno de Pedro Sánchez, Junqueras, acompañado por el resto de republicanos indultados, visitó el palacete de Puigdemont en Waterloo. Según las fuentes, el encuentro fue «agradable». Para evitar bronca, dicen que esquivaron los temas espinosos. Como en una conversación de ascensor: Para ser Bélgica, hace bastante buen tiempo, ¿no …? Se señala como desaire que el expresidente no saliera a recibir a sus invitados en las escalinatas de la finca. Hubiera estado bien; sin embargo, tampoco lo hizo con los indultados de Junts escasos días antes. El supuesto honor sólo lo recibió el presidente Pere Aragonès. Puigdemont compensó cocinando los postres -es de familia pastelera. Decía el célebre chef Alain Ducasse que «la cocina es una historia de amor…». El secreto mejor guardado, qué había cocinado al expresidente, lo reveló la exconsellera Dolors Bassa después en TV3: Gofres. Un plato típico de Bruselas. A los de Junts les tocó la guitarra. Esta vez, a pesar de la presencia del rapero Valtònyc, que no se pierde una comida, no consta que hubiera sobremesa musical. Si que Puigdemont habló del vinilo que le dedicó la cantante y activista neoyorquina Joan Baez. Carmen Forcadell recordó que la Baez la visitó en prisión. Resumiendo, hicieron como aquellos altos mandatarios que quedan para hablar de todo, menos de lo más importante.

Pero, postres y música al margen, una de las imágenes más esperadas, la del abrazo entre los líderes, no se ha visto. Decía Junqueras después, en el único encuentro con la prensa que hubo, que se abrazaron «tres veces» (¿antes de que cantara el gallo?), Pero no hay testimonio gráfico de ninguna de las tres encajadas, o no consta. Una lástima, la hubiéramos podido añadir a la colección de abrazos históricas: David Fernández con Artur Mas, Jordi Cuixart con Miquel Iceta… Al menos a Toni Comín se le humedecieron los ojos, emocionado, dicen.

Pero no todo es de color de rosa. Es público y notorio que Puigdemont y Junqueras tienen una relación tensa, por decirlo fino. Antes del reencuentro y los presuntas tres abrazos, ninguno de los dos ha tenido reparos a la hora de airear las diferencias. Junqueras declarando a Le Figaro que se había quedado en Cataluña por sentido de responsabilidad cívica y ética. Y Puigdemont, cuando en el libro «M’explico» dice que «no quiero ir con un vicepresidente desleal a una etapa tan dura». Dicen, también, que a lo largo del cautiverio de Junqueras y la expatriación de Puigdemont se escribieron cartas, que un intermediario les trasladaba y que algunas se ‘extravió’ para evitar un enfrentamiento aún más duro que dificultara el futuro deshielo. La verdad es que si ERC y Junts pretenden seguir colaborando como hasta ahora, deberán desprenderse del lastre que actualmente les supone unos líderes amortizados, que cada día se ajustan más al perfil del jarrón chino que citó en el su día Felipe González. Con gofres o sin.

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