Qué normalidad

Estamos superando esta pandemia, acompañados del sermón económico de las derechas. Nada nuevo, ni siquiera la refundación del capitalismo. Reviven los chiringuitos que ofrecen libertad, botellones que atontan y traen turistas que, en su país, no les permiten desmadres públicos. Quieren ampliar el aeropuerto, para facilitar la llegada de esos y de altos ejecutivos de multinacionales que, dicen, vendrán de allende los mares con el cuerno de la abundancia en ristre. Aunque el Josep Tarradellas no disponga de aerolínea de bandera, ni se conozca qué compañías han comprometido vuelos intercontinentales. La terminal dos infrautilizada. Girona, Reus y Alguaire. ¿El corredor ferroviario del Mediterráneo?

Hay quien se opone a la ampliación por la charca y la casa Gomis. Antiguo humedal para pájaros y ejemplo de arquitectura racionalista. Agricultores artesanos y unos vecinos con el oído delicado. De los chiringos protestan otros. Contratos basura, sobreexplotación de trabajadores y escasa rentabilidad social.

Si se esquilman las personas y los recursos naturales, se ensucia la tierra, las aguas y el aire. Se satura el espacio exterior circundante con miles de cachivaches inservibles. Porque evitar o limpiar los desperdicios puede disminuir la rentabilidad del capital invertido. Por qué no incrementar la emisión de gases, que propician el cambio climático, con más aviones y cruceros, en vez de conservar el humedal y sus aves.

Hay que rentabilizar inmediatamente el capital invertido, aunque el objetivo aparente no sirva para nada, como en la mayoría de los contratos de futuros. Para qué instalar un tejido industrial limpio, con energías renovables, si solo será rentable a largo plazo. Ni delegaciones de museos, como el Hermitage o el Prado, e impulsar los Miró, Picasso, Dalí, MNAC, etc., que podrían cambiar un poco el modelo de explotación turística.

No obstante, puede que algo esté cambiando. A Joe Biden, que ejerce de emperador de occidente, no le hacen asco los impuestos. Xi Jinping, en oriente, intenta la mejora del nivel de vida y bienestar de las personas. La comunidad europea ha cambiado el criterio restrictivo de la crisis anterior.

Hay capital público europeo para invertir en proyectos. Gran parte la han de administrar las comunidades autónomas y los ayuntamientos. Dos tercios para empresas viables afectadas por la crisis, para modernizarlas, digitalizarlas y economía verde. Otro tercio en el estado de bienestar: sanidad, educación, becas, dependencia, desempleo. Es necesario conocer ya el estado de los proyectos. Qué se va a hacer, para qué, cómo, cuándo, dónde, quién lo hará, su coste previsto y los sistemas de control, de auditoría operativa y económica.

La precariedad laboral, especialmente entre los jóvenes, con un desempleo escandaloso y un trabajo que suele ser temporal e infracualificado, no surge por generación espontánea.

Susana Alonso

La organización del trabajo que se diseña hace superfluos los conocimientos de los trabajadores. El taylorismo separa el cerebro en la oficina y el brazo en el taller. El fordismo, divide el trabajo y lo desglosa en partes elementales, para que pueda ser realizado, en una cadena, por cualquier persona sin formación. El toyotismo que, con su just in time, facilita la dispersión de los centros de trabajo, externaliza riesgos y dispersa responsabilidades.

Nos procuran necesarios como consumidores y prescindibles como trabajadores. En su afán por hacer desaparecer a la persona del proceso productivo, sustituyen el valor profesional del trabajador por el supuesto valor del puesto de trabajo, incluso para la asignación del salario. Como si quien atiende a los clientes en un supermercado, hiciese el mismo trabajo con solo un certificado escolar, que con un grado en nutrición y capacidad de comunicarse en varios idiomas.

Sin embargo, con la disrupción tecnológica, el manejo y la transmisión de enormes bases de datos, la velocidad en las comunicaciones, la informática y sus algoritmos, el uso adecuado de los recursos naturales y el freno al cambio climático, estamos en condiciones de conducir a la humanidad al disfrute de una vida plena, a liberarnos del trabajo monótono, rutinario, repetitivo y cretinizante que se instauró a partir de la primera revolución industrial. Sería posible construir la utopía del trabajo creativo y enriquecedor. Si nos dejan o nos empeñamos con ahínco.

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