Justicia para Samuel

Samuel, el joven de 24 años que fue asesinado a golpes el pasado 2 de julio en la Coruña, vio como su vida se escapaba mientras le gritaban “maricón”. Resulta difícil afirmar que una persona violentada brutalmente hasta la muerte mientras se le recrimina ser homosexual no sea víctima de un delito de odio. No es la primera vez que ocurre y por desgracia, no parece que vaya a ser la última. Las cifras de los últimos años son desalentadoras, como lo es también el ascenso de la extrema derecha que alienta y consolida un discurso del odio que creíamos estar superando pero que va haciéndose fuerte día tras día.

Desde el año 2000, ocho personas han sido asesinadas por su condición sexual, según los datos que recopila el portal Crímenes de odio, y el Ministerio del Interior dice que el número de agresiones relacionadas con delitos de odio creció un 45% entre 2013 y 2019. De los tres últimos años se constata que el crecimiento de estos ataques está relacionado con la ideología, el racismo y la xenofobia. Esto viene a decir que el color de la piel, la condición sexual, pero también factores como la pobreza, que se encarnan en colectivos como las personas sin techo, se han convertido en justificación para insultar, agredir o asesinar, como ha sucedido ahora con Samuel.

En su ensayo ‘Contra el odio’, la filósofa Carolin Emcke analiza por qué en estos tiempos se odia así, sin ningún reparo, sin ocultarse tras un pseudónimo, cómo el odio se fabrica su propio objeto y lo hace a medida, creando unos colectivos desdibujados a los que se puede difamar abiertamente y sin escrúpulos. Nos recuerda como el odio no se manifiesta de pronto sino que se cultiva. Todos los que le otorgan un carácter espontáneo o accidental, como ha ocurrido ahora también en el caso de Samuel, contribuyen a seguir alimentando el rechazo hacia aquellas personas que poseen otras creencias, que tienen otro aspecto o que son “diferentes” de alguna manera. El odio no es algo natural, la dirección que toma tanto el odio como la violencia, las personas contra las que se dirigen, los umbrales y obstáculos que es necesario derribar, no son aleatorios, no vienen dados sin más, se fabrican y se canalizan.

Como miembros de la sociedad, es nuestra obligación impedir que quienes odian puedan fabricarse objetos a medida. Esta tarea no se puede delegar y nos compete a cada uno de nosotros y nosotras en la medida que formamos parte de la sociedad. Está claro que es necesario también que las estructuras que lo permiten y los mecanismos a los que obedecen sean más fácilmente reconocibles pero es un tarea colectiva combatirlo e impedir que situaciones como la que enfrentó Samuel se normalicen.

El odio sólo se combate rechazando su invitación al contagio. Quien pretenda hacerle frente con más odio, ya se ha dejado manipular aproximándose a eso en lo que quienes odian quieren que nos convirtamos. No podemos acostumbrarnos a odiar. No podemos permitir que el nuevo placer de odiar libremente siga creciendo, se normalice y se justifique gracias a nuestra indiferencia o nuestra inacción.

“No lo han matado, lo han asesinado”; “Samuel, hermano, nosotros no olvidamos”; “lo que te llaman mientras te matan, importa”. Eran algunas de las consignas que recorrieron el lunes pasado las plazas de toda España que se llenaron de la indignación del colectivo LGTBI pero también de todas aquellas personas que creen que la violencia y el odio no tienen cabida. Las personas que creen que el «nosotros» no se define en solitario, que surge cuando actuamos colectivamente para alzarnos contra todas aquellas situaciones cotidianas de desprecio y denigración que acaban en ocasiones con un crimen horrible y una vida arrebatada.

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