Jugar al escondite

No tengo ninguna duda de que el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, debe estar alucinando todavía ahora después de su viaje a Cataluña. Me imagino que alguien cercano le había explicado poco antes de su visita la situación en una parte de España donde sus dirigentes son especiales. ¿Especiales? ¿En qué sentido?, se preguntaría. No es fácil para un extranjero entender que las autoridades elegidas democráticamente practican con demasiada asiduidad el partidismo, es decir, ese juego que consiste en no representar a todos los ciudadanos, sino en representarse a sí mismo o a los suyos. De hecho, hace ya años que en Cataluña asistimos a esa falta de delicadeza, de educación, ante mandatarios o representantes de otras nacionalidades, no digo ya españolas, que, entonces, el desprecio es ya de características monumentales.

Moon Jae-in, cuando se haya dado cuenta del juego del escondite que se llevaban entre manos Pere Aragonés y Ada Colau, debe haber pensado sencillamente que estos tipos son, como poco, tontos de remate. Cualquier político con dos dedos de frente se hubiera pegado a él en todo momento, para sacar algo para su país, para sus ciudadanos, inversiones, turismo, qué sé yo, dinero a raudales, ententes culturales, financiación… ¡Anda que no hay sectores y empresarios que abren los ojos como platos al ver al jefe de uno de los países más ricos del mundo en Barcelona esperando que haga un solo gesto que indique que le interesa algo! Pues no, Ada y Pere, Pere y Ada preferían esconderse tras las cortinas, detrás del armario, en el lavabo, como esos niños que no quieren participar de la fiesta de los mayores.

Y, de repente, como por arte de magia, aparecen en medio de todos y se hacen la foto que ellos mismos rechazaban unos días antes. Las malas lenguas dicen que fue Felipe VI quien, al verlos desprevenidos, los cogió del brazo (es un decir) y les invitó a juntarse al grupo, no pudiendo en esos momentos reaccionar, viéndose obligados pues a aceptar a regañadientes. Los de la ANC han puesto el grito en el cielo. ¿Quién?, debe preguntarse Moon Jae-in. Cuatro gatos que queman fotos del rey cuando viene a Barcelona y que tienen entre las cuerdas al presidente catalán. ¿Pero son de su mismo partido? No, no. Es la sociedad civil. ¿Pero las manifestaciones son multitudinarias? No, no. Moon Jae-in no entiende nada, pero desde Catalunya lo entendemos todo. Porque ese postureo, ese sí pero no, esa manera de serpentear una autopista, ese estilo tan catalán de decir una cosa y luego la contraria, es norma en una parte de la sociedad en la última década especialmente.

A los niños y a las niñas se les explica que ese día viene gente importante a casa, que hay que ir bien vestido, que hay que ser educado porque hay muchos intereses en juego. Es que yo no quiero que venga ese, no quiero estar a su lado. Pues te aguantas, porque la ocasión es buena para todos. Es que yo soy republicana y no le beso la mano a nadie. Pues es que tú representas a toda la ciudad, no a ti misma. Es que si me ven al lado del rey aquellos que tú ya sabes van a salir a la calle a quemar containers y a lanzar piedras contra mi policía. ¿Tú te has dado cuenta de que eres el President de la Generalitat? Es que el 3 de octubre el Rey… Y mientras se desarrolla esa discusión de tontos, de niños malcriados, los empresarios y el propio Rey conversan con Moon Jae-in sobre las potencialidades de Catalunya, de España entera, de las magníficas condiciones de todo tipo para invertir en este país del sur de Europa, de su situación estratégica y de su tradición turística, con cientos de playas con la distinción de bandera azul, por la calidad de sus aguas, de su extensa y variada gastronomía.

Susana Alonso

Moon Jae-in escucha atentamente. Tanta amabilidad le abruma; a pesar de todo, aguanta el tipo y le encanta esta forma de ser tan nuestra, esta facilidad para el contacto y para las relaciones humanas de los ciudadanos mediterráneos, tan alejada de su Corea del Sur, pero tan cercana a la vez. No obstante, gira su mirada hacia aquellos dos inmaduros que siguen jugando al escondite. Finalmente, los ignora. Es lo más inteligente que podía hacer.

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