El Madrid de María Hernández

Una de las primeras cuestiones en que me fijé al saber que María Hernández había sido asesinada en la región del Tigray, en Etiopía, era que había nacido en Madrid. Fue, pues, de aquellas personas que hay que poner en la parte positiva de la balanza de los madrileños. En cada ciudad, en cada población, hay gente para todo. Buena y mala, egoísta y solidaria, dialogante y fanática, comprensiva y autoritaria.

Estos días también estamos viendo por televisión reportajes que revisan los treinta años que han pasado desde el inicio de la guerra de los Balcanes. Han vuelto a desfilar por delante nuestras narices asesinos y víctimas, patriotas intransigentes y gente que convivía ajena a las tensiones instigadas por personas que amparaban en el patriotismo su  cerebro chato, gente solidaria de dentro y fuera de la región y criminales de guerra y de paz.

En el mundo hay de todo. Y mejor nos iría a todos y todas si las María Hernández fueran mayoría. Se había incorporado a Médicos sin Fronteras (MSF) en 2015. Su primer destino con esta asociación fue la República Centroafricana. Después participó en misiones en Yemen, México y Nigeria. Ahora coordinaba las actividades de emergencia de MSF en Tigray, una región etíope inmersa en una guerra civil desde hace siete meses. Los combates comenzaron al estallar los combates entre el ejército nacional y el Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF) que gobierna esta región autónoma. El conflicto afecta a más de dos millones de personas según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

El gobierno etíope acusa al TPLF del asesinato de María Hernández y los dos etíopes que la acompañaban en el vehículo cerca del cual encontraron sus cuerpos sin vida: Yohannes Halefom Reda, que trabajaba como asistente de coordinación de MSF desde  febrero, y Tedros Gebremariam Gebremichael, chofer de la ONG contratado hacía unas semanas. Ambos tenían 31 años.

Como es habitual, olvidaremos pronto a Hernández, Halefom y Gebremariam. Otras personas ocuparán sus puestos en la vida cotidiana de MSF. Les rendiremos homenaje, les lloraremos y admiraremos por haber entregado su vida a la causa noble de ayudar a los más vulnerables necesitados de ayuda humanitaria.

Retengamos, sin embargo, que de buena gente la hay en todas partes. Y que si vale la pena seguir adelante y querer y ayudar a los demás, sean de la ciudad o el país que sean, es gracias al ejemplo que gente nos deja a su paso por la vida personas como Martínez,Halefom y Gebremariam, una vida tristemente corta en este caso pero hay que despedir  con aplausos y lágrimas de agradecimiento y pena.

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