Cualquier noche puede saltar el chispazo

El nuevo presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, ha anunciado que se rebajará su sueldo un 15%, pasando de los 153.235 euros anuales que cobraba su antecesor en el cargo, Quim Torra, a 130.250 euros. Es una buena noticia, pero insuficiente, ya que continuará teniendo una nómina absolutamente escandalosa y fuera de mercado. Cobra mucho más, por ejemplo, que el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez (85.608 euros anuales) y que la gran mayoría de los primeros ministros de la Unión Europea.

A pesar de esta autorreducción salarial, Pere Aragonès será, con diferencia, el presidente mejor pagado de todas las comunidades autónomas del Estado español. El segundo es el lehendakari vasco, Íñigo Urkullu, que cobra 105.825 euros, y el último, el presidente del Principado de Asturias (69.128 euros).

Esta desmesurada nómina que tiene asignada el presidente Pere Aragonès es extensible a toda la cúpula del poder político y funcionarial de la Generalitat, que cobra unos salarios totalmente aberrantes, en función de la media catalana (26.000 euros anuales) y de los cargos directivos en el sector privado (55.000 euros). En Cataluña hay unos 400 políticos y cargos de confianza que cobran más de 85.608 euros anuales, es decir, más que el presidente del gobierno español.

Cuando se pone este dislate sobre la mesa de debate se afirma que se trata del “chocolate del loro” y que el hecho que los políticos estén bien pagados es una garantía, porque así no tendrán la tentación de robar. Pues no. Son tantas las necesidades y las carencias que tiene la sociedad catalana -triplemente castigada por la crisis del 2008, por la fuga masiva de empresas provocada por el proceso independentista y por los durísimos estragos sanitarios y económicos de la pandemia- que todos los miles de euros que nos ahorraríamos si nuestros cargos públicos cobraran unos salarios normales, a buen seguro que serían de una gran utilidad y beneficiarían a muchísima gente desesperada que está en las últimas.

Afirmar que los políticos tienen que cobrar un buen sueldo porque así no caerán en la tentación de la corrupción es tener un pésimo concepto de esta profesión, que considero, en general, altamente honesta y honorable. Si hay alguna manzana podrida, como ha pasado, se la tiene que aislar y sacar inmediatamente del cesto.

En esta etapa crítica que atraviesa la gran mayoría de la sociedad catalana, los políticos tienen que dar ejemplo y fusionarse con los anhelos y las angustias de la población. Por eso, la decisión de rebajarse los salarios de manera sustancial y en bloque sería una manera muy eficaz de recuperar la confianza que merecen.

¿Cómo pueden nuestros representantes políticos –diputados, consejeros, secretarios generales, directores generales, altos cargos de empresas públicas, asesores, presidentes de las diputaciones, presidentes de los consejos comarcales…- mirar a los ojos de sus conciudadanos sabiendo que cobran unos sueldos totalmente desmesurados que salen de los impuestos que les pagamos la gente y las empresas? ¿Qué aportan a la mejora de las condiciones de vida de la sociedad, si la gran mayoría son unos “escaqueadores” profesionales? ¿Cómo pueden justificar sus nóminas indignas si se dedican –y hablo, en especial, de los independentistas- a crear problemas en vez de aportar soluciones tangibles a los conflictos reales?

“Cataluña” y “España” se tienen que reconciliar, sí. Pero, a la vez, la clase política se tiene que reconciliar con los electores y con los abstencionistas. Por supuesto, dejando de robar y de hacer martingalas corruptas. Pero, de entrada, aplicándose una rebaja sustancial de sus salarios que los equipare a la gran mayoría de la sociedad, que es de donde han salido, que es a quien representan y a la cual tienen la obligación sagrada de servir.

Ahora que se han conmemorado los 10 años del 15-M y del movimiento de los indignados, la mayoría de comentaristas ha cantado las exequias de esta revuelta fallida. Que no se equivoquen. El malestar social, provocado por la desigualdad y la inmoralidad del poder, no ha quedado apaciguado por el golpe de martillo de la pandemia. Está más vivo que nunca, como el topo de Karl Marx, y puede volver a saltar en cualquier momento. Por ejemplo, cuando lleguen a los hogares las primeras facturas con la aplicación de las nuevas tarifas eléctricas.

Que tenga cuidado la nueva Generalitat del presidente Pere Aragonès, tan satisfecha y repleta de cargos con nóminas cienmileuristas. La gente está harta de esta pésima comedia y de ser siempre el asno molido a golpes, mientras sus representantes democráticos viven como reyezuelos. Cualquier noche puede saltar el chispazo.

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