«Todo aquello que se intenta imponer, como el catalán, acaba generando rechazo»

Entrevista a Iván Teruel

Profesor de lengua castellana, da clases en el instituto de Enseñanza Media de Llançà. Ha escrito Perú escindido, un ensayo literario, y El obscuro relieve del tiempo. Ahora publica ¿Somos el fracaso de Cataluña?, que ha tenido muy buena acojida.

 

¿Somos el fracaso de Cataluña?» ¿A quiénes se refiere la pregunta de su libro?

En el prefacio del libro, detallo a que responde el título del libro. Tiene su origen en una conversación en Facebook con el hermano de un amigo de adolescencia, que me reprochó que mi familia y familias como la mía éramos el fracaso de Cataluña, por no haber abrazado la causa nacionalista, o independentista. Me reprochaba cómo no nos dábamos cuenta de la situación de agravio y dejación histórica a la que se había sido sometido el pueblo catalán. A partir de ahí, me pregunto si familias como la mía, hispanohablantes, que vinieron con la emigración y sus descendientes, somos el fracaso de Cataluña. El “somos” interpela a esa gente que tenemos el castellano como lengua materna, y que no hemos comulgado con la ideología nacionalista.

¿Fracaso en qué, de qué modo, por qué?

Tal cosa se entiende únicamente desde el discurso y el pensamiento de base identitaria del nacionalismo. Para mí, la Cataluña que imaginan los nacionalistas es una ficción. La realidad de Cataluña es suficientemente heterogénea como para englobar a todos los ciudadanos en un mismo “nosotros”. Incluso dentro de las comunidades lingüísticas, las sensibilidades son lo bastante diversas como para que no quepa un “nosotros” de conjunto. El discurso nacionalista es esencialista, simplificador, que transmite ideas como la de “un solo pueblo”. Desde una perspectiva más objetiva, la Cataluña de la que hablaba el hermano de mi amigo no existe. 

Llama la atención, en el nacionalismo, la redundancia cansina de los viejos mantras… ¿Nada nuevo bajo el sol?

Los movimientos nacionalistas, incluido el catalán tenemos que situarlos en el romanticismo. Hay que entender el contexto histórico en que surgen, como contestación a la Ilustración, a la razón. Es una oposición a la razón, como fundamento de la convivencia y la organización política. El romanticismo se enfrenta a lo que se consideraba una homogeneización cultural, y reivindica las particularidades culturales de las minorías. Lo que entonces podía tener algún sentido, en sociedades como las actuales, en las que estamos absolutamente mezclados, carece de él.

Con la particularidad de que, además, la humanidad y, muy en particular lugares de tránsito como Cataluña, es consecuencia precisamente de la mezcla.

En la Península Ibérica se han producido flujos migratorios muy importantes. Cosa que se refleja en el propio castellano, una especie de lengua franca, que es resultado del encuentro de diferentes lenguas, que entran en contacto en los territorios que se van repoblando. Desde hace tiempo, en campos como la antropología, está generalmente aceptado que las identidades son coyunturales y no esenciales. Y cuesta mucho delimitar el propio concepto de identidad individual porque es una especie de conjunción de múltiples factores. En el prólogo de mi libro, Félix Ovejero plantea que ahora, como españoles o catalanes, tengamos más cosas en común con un parisino actual que con un andaluz, por ejemplo, del siglo XVI. Resulta absurdo apelar al carácter milenario de las culturas, los pueblos o incluso de las lenguas, que son hechos vivos, en constante cambio. 

Parece resultar que el castellano es, además, la lengua vehicular dominante en Cataluña…

Hubo un momento que asumí parte del argumentario nacionalista. Con los catalanohablantes, con quien solía hablar en castellano antes de ir a la Universidad (que me lo afean varias veces) decido hablar en catalán y, de repente, mis problemas desaparecen. En el cuerpo docente hay mucha gente hispanohablante, pero la lengua única de relación entre ellos es el catalán. Cuento en el libro, como incluso llegué a comunicarme en catalán con gente hispanohablante, porque no quería que me reprocharan el hecho de hablar en castellano, lo que podría considerarse una falta de respeto hacia el catalán. Yo interiorizaba argumentos del discurso nacionalista. Me he ido desprendiendo de eso con el tiempo. En Cataluña, la lengua única de la Enseñanza, y así lo tienen considerado los docentes, es el catalán.

Esta apelación del nacionalismo al “peligro”, asociada y consecuente con el victimismo, no es propia solo de la lengua. Se extiende a casi todo, desde la economía, al paisaje, pasando por la idiosincrasia…

Yo asumí la condición de extranjero, de que el catalán era la lengua de Cataluña y que, por tanto, había que renunciar al castellano en el trato social con los demás. El nacionalismo es una extraña mezcla de narcisismo, oftalmoscopia, victimismo… Desde él se puede defender una cosa y su contraria, en función de los intereses en juego. Se dicen cosas como, por ejemplo ¿Cómo puede ser que el catalán no esté reconocido como lengua oficial de la UE si lo hablan diez millones de hablantes? Pero, por otro lado, se afirma permanentemente, para justificar el arrinconamiento del castellano, que el catalán está en peligro de extinción. Cosa que no se corresponde con los baremos fiables que se utilizan para medir el desarrollo de las lenguas. El catalán y el castellano son, además, lenguas muy próximas. Los nacionalistas catalanes no se conforman con el hecho de poder hablar en catalán cuando quieran, sino que exigen que sus interlocutores se expresen en esta lengua. 

Entonces, el catalán va derivando cada vez más en un cascarón formal, en la lengua de la Administración, de la Enseñanza, de TV3… En un reducto defensivo, victimista, que flaco favor le hace a la propia lengua.

Todo aquello que se intenta imponer como, en este caso, el catalán, acaba generando rechazo. Particularmente entre los adolescentes. La lengua catalana se asocia a la Administración. Tengo la sensación de que el castellano se está convirtiendo en Cataluña en una especie de lengua transgresora. Cuando uno sale del ámbito institucional como, por ejemplo, los patios de los institutos, hay quienes se pasan al castellano. Teniendo en cuenta que, en cualquier caso, la situación es muy diversa. 

¿Encapsulado, instrumentalizado políticamente, ritualizado… no se está contribuyendo a que al catalán le ocurra algo parecido a lo que sucedió con el latín en la Iglesia?

Este empeño por crear desde la Administración una especie de burbuja identitaria, no ayuda nada a que el catalán funcione como lengua de cohesión social. La evolución de las lenguas escapa al control de cualquier burocracia. Se van expandiendo por las necesidades de los hablantes que, en la comunicación, tienden a un comportamiento lo más pragmático posible. Utilizan la lengua con la cual les es más cómodo comunicarse. Es curioso comprobar como los niños emigrantes, con terceras lenguas de origen, a pesar de tener el primer contacto con el catalán en las escuelas, acaban pasándose al castellano, de manera natural. En los años 80, todavía había algunos profesores que utilizaban el castellano para dar las clases. Pero eso se fue perdiendo. Se habla de que entre 12.000 y 14.000 enseñantes, que no cumplieron los requisitos exigidos de catalán, se fueron de Cataluña. Así, se modificó el propio cuerpo docente. Los que fueron entrando lo hicieron con el convencimiento de que la única lengua que debía utilizarse con los alumnos y entre profesores era el catalán. A una compañera, alguien le preguntó si entre profesores de lengua castellana hablábamos en castellano. Yo hablaba en castellano con mis alumnos en clase, porque soy profesor de castellano, pero cuando salía del aula les hablaba en catalán. Algo completamente artificioso, que no entendían los alumnos. Todo esto pone de manifiesto la presión ambiental, sutil, pero presente.

¿Esta esquizofrenia no pone de algún modo de manifiesto un divorcio entre espacio político y territorio lingüístico y, de hecho, un menosprecio de la propia lengua, que se habla en otros lugares que no son Cataluña?

Cómo dice Ovejero, cualquier frontera es un fracaso. Y me parece un disparate el intentar crear nuevas fronteras, que incluyen convertir a los propios conciudadanos en extranjeros. Querer a la lengua conlleva promover la literatura, el teatro, el cine… Pero aquí como lo que se premia y subvenciona es lo que, independientemente de la calidad, se asocia o adhiere al nacionalismo, se acaba contribuyendo a empeorar los productos culturales, y la propia lengua.

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