Títeres del destino

Sant Jordi es el momento propicio para descubrir pequeñas joyas como Una tumba para Boris Davidovich, del escritor yugoslavo Danilo Kis, un encuentro de siete relatos cortos que nos hablan de cómo la historia nos convierte en títeres, de cómo los ideales nos traicionan, y de cómo la realidad consiste en lo que no se percibe a simple vista. Una obra corta, pero monumental que el crítico literario Harold Bloom incluyó entre sus imprescindibles en el Canon occidental. Y con razón, pues hablamos de un trabajo que defiende la inteligencia, el conocimiento y una libertad que no puede radicar en el pensamiento único.

Lo vemos en este pasaje que probablemente transmite la esencia del libro: «Les dije que no los rompieran, porque muchos libros no son peligrosos, que sólo había peligro en uno de ellos; y les dije que no los rompieran, porque la lectura de muchos libros lleva a la sabiduría y la lectura de uno solo lleva a la ignorancia armada de la demencia y el odio».

Cada una de las siete historias que componen el volumen pasa en un lugar diferente, siempre lejano de la antigua Yugoslavia. Todas tienen en común una vaga descripción de las consecuencias nefastas de la intolerancia vividas por personajes diferentes, desde revolucionarios agentes secretos, pasando por oportunistas sin demasiados escrúpulos, que sólo tienen en común el ser perdedores. Por debajo, una idea de que las une de forma vaga, una advertencia sobre los riesgos del autoritarismo y el totalitarismo que llevó a  Danilo Kis a experimentar una trayectoria vital que poco tenía que envidiar a la de sus personajes. Es como si todos sus libros no fueran más que una premonición de su propia vida. «Es mejor estar entre los perseguidos que entre los perseguidores», concluía en un escrito anterior, El reloj de arena.

Una tumba para Boris Davidovich lo convirtió en un perseguido. Su publicación en 1976 generó una respuesta agria de la clase política eintelectual de su país. Kis y su obra fueron condenados y se puso en marcha una durísima campaña de desprestigio, liderada por la Unión de Escritores de Yugoslavia, donde se le acusaba de plagiar a escritores como Joyce y Borges. El escándalo creado por el régimen no pudo ocultar la razón verdadera: una postura crítica con un nacionalismo serbio, cada vez más fuerte en el seno de la Liga de los Comunistas Yugoslavos, al que veía como una amenaza.

Kis se vio obligado a huir a Francia y sólo desde allí se pudo defender: «No hay duda de que los comunistas, para los que Moscú es la Roma eterna, han percibido mi libro como un sacrilegio». Murió en 1989, antes de que Yugoslavia implosionara en un baño de sangre hasta quedar dividida en una multitud de estados minúsculos, pero lo supo ver venir. Y advirtió contra un nacionalismo que consideraba como una perversión del patriotismo, que convertía el amor por el país y la voluntad de servirlo y mejorarlo «en una categoría negativa del espíritu, porque el nacionalismo vive de la negación y para la negación, del nosotros no somos lo que son ellos, nosotros somos el polo positivo del mundo, ellos lo negativo», lo que le lleva a «una paranoia colectiva que no es más que la consecuencia del miedo y de la pérdida de la conciencia individual».

Kis advertía de la sutil frontera entre la verdad y la mentira, de cómo traspasarla es uno de los síntomas del autoritarismo; «Si no puedes decir la verdad, calla», «guárdate de las medias verdades», «no hables en nombre de tu nación porque, ¿quién eres tú para pretender representar a cualquiera que no seas tú mismo?».

Sabía que la democracia había fracasado en Europa en los años 1920 y 1930 por la misma razón por la que está fracasando hoy en día; porque fallaron los valores universales que impulsan el sentimiento patriótico de mejorar las vidas de la gente que vive en tu país. Ante un conflicto, un patriota mira los diferentes escenarios y dice, «esto puede pasar y lucharemos para evitarlo», el nacionalista sencillamente lo niega categóricamente, «esto no pasará aquí». Frase que suele representar el primer paso hacia el desastre, y que en Catalunya escuchamos demasiado a menudo. Que vamos repitiendo cada vez con más frecuencia, a medida que la sociedad se rompe en bandos que se alejan irremediablemente hasta convertirse en irreconciliables.

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