El Saadawi, los velos y la incertidumbre

Tras sobrevivir a la cárcel, el exilio y la persecución integrista, la escritora y pensadora egipcia Nawal El Saadawi, ha fallecido a los 89 años. Con ella desaparece uno de los símbolos del feminismo contemporáneo. También una activista incansable por los derechos de la mujer pero también de la infancia, de las personas migrantes y de todas las que sufren las consecuencias más devastadoras del capitalismo que ella veía como el gran enemigo a batir.

Tuve el privilegio de entrevistarla en 2004. Era una mujer activa y risueña que desprendía optimismo. Resultaba difícil reconocer en esa imagen luminosa a la presa política que había sido capaz de escribir un libro- Memorias de la cárcel de mujeres– en un rollo de papel higiénico de la prisión. Hablamos de las religiones, del terrorismo islámico, de la democracia y de los velos.

“En nuestras sociedades, hay muchos tipos de velos y tenemos que luchar contra todos ellos”, fue lo que me dijo cuando le pregunté por el debate por el uso del hiyab en Europa. “No sacamos nada con acabar con el velo islámico si las mujeres musulmanas siguen cubiertas por otros velos. Las mujeres occidentales tienen sus propios velos. Usan maquillaje y se tiñen el cabello para esconderse porque la sociedad les impone parecer más jóvenes y bellas. Hay que luchar contra todos los tipos de velos, sobre todo los que cubren la mente que son los más peligrosos”, declaró.

Probablemente la fuerza de su obra, que incluye sesenta libros, se debe a que surge de sus propias vivencias marcadas por las contradicciones de una sociedad condicionada por el peso de la religión y las tradiciones, pero también por la pobreza y la desigualdad. Una de sus grandes batallas fue luchar contra la mutilación genital femenina que ella misma sufrió a los seis años. Darse cuenta, ya siendo médico, de las consecuencias que tuvo en su vida y la de otras mujeres la llevó a escribir en 1972 el libro que la hizo conocida en todo el mundo, La mujer y el sexo, en el que reflexiona sobre el miedo que el cuerpo femenino provoca en la sociedad y los intentos por controlarlo. Esta lucha la llevó a denunciar también la mutilación genital masculina, la circuncisión, y a contar al final de su vida su propia historia de mutilación en La hija de Isis.

En su libro Mujer en punto cero recoge la historia de una prostituta que conoció cuando estaba a punto de ser ejecutada por asesinar a su proxeneta. El relato recorre la historia de una niña de pueblo que se convierte en prostituta de ciudad y la violencia que la marca desde la infancia hasta la muerte que representa para ella una liberación.

Sus relatos son historias de mujeres, de madres e hijas, de su propia relación con su madre que permitió que la mutilaran- “porque no conocía otra cosa”- pero a la que rinde homenaje en La hija de Isis porque le enseñó a leer y escribir. “La primera palabra fue Nawal. Mi nombre se convirtió en una parte de mí. Luego aprendí el nombre de mi madre, Zaynab. Lo escribí junto al mío. Su nombre y el mío se volvieron inseparables”, explica en este libro que habla del Corán y que cuestiona que Dios no mencione nunca a las mujeres, que no se dirija nunca a ellas.

En la entrevista que le hice en 2004 insistió en la opresión que representan todas las religiones, no sólo el Islam. También que no podía separarse la opresión de clase de la patriarcal. “Mahoma era menos misógino que San Pablo. Al menos hablaba a las mujeres y las escuchaba”, dijo. Insistió que la libertad de la mujer y de las personas más oprimidas estaba íntimamente ligada a la libertad política, al voto y a la democracia. “Fui encarcelada en 1981 por mis ideas políticas, no por hablar contra los velos y la violencia de género. Si una feminista sólo habla de sexualidad, da igual. Pero si conecta la opresión sexual con la económica y política que existe a nivel global y local, se convierte en un peligro”, afirmó.

En Memorias de la cárcel de mujeres, recoge su propia experiencia como presa política del régimen de Anwar El Sadat. Es un libro que describe vivencias muy duras. Allí, en papel higiénico, escribió una de sus frases inolvidables: “Comprendí que en la cárcel las torturas no se infligen mediante las rejas ni los muros ni las picaduras de insectos, el hambre o la sed, los insultos o las palizas. La cárcel es la incertidumbre. Y la incertidumbre es la peor de las torturas”.

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