Independentistas, budistas y artistas

Cinco de siete. Esta es la correlación de representantes independentistas (dos de ERC, dos de JxCat y uno de la CUP) y no independentistas (dos del PSC) que hay en la Mesa del Parlamento de la XIII Legislatura. Una proporción que no representa, en absoluto, el mapa electoral de Cataluña, donde las fuerzas independentistas y no independentistas están prácticamente igualadas.

Históricamente, el nacionalismo catalán ha hecho del agravio victimista su razón de existir. Desde el Memorial de Greuges del 1885 han pasado más de 135 años. Durante todo este larguísimo periodo de tiempo, el discurso del catalanismo político, en función de cada época, ha ido variando de letra, pero la música, con su conocido y dramático in crescendo, es siempre la misma: “Madrid no nos entiende, Madrid no nos quiere, Madrid nos tiene rabia, Madrid nos roba, Madrid nos quiere hacer desaparecer”.

Esta actitud de plañidera y de dar la culpa siempre a los demás esconde, normalmente, la propia incapacidad e impotencia para coger la sartén por el mango y asumir la responsabilidad de nuestros actos y de nuestro destino. El independentismo todavía tiene que hacer una profunda introspección para reconocer los gravísimos errores estratégicos que ha cometido y que le han llevado a ser considerado, para su vergüenza, la “oveja negra” de la Unión Europea, junto con los partidos populistas, euroescépticos y xenófobos.

De Pau Casals a Carles Puigdemont hay una distancia abismal. Los dos internacionalizaron el “caso catalán”. Pero, mientras el primero despertaba admiración y respeto en los grandes templos mundiales de la democracia, como la Casa Blanca o las Naciones Unidas, el segundo es ninguneado y rechazado por la gran mayoría de sus colegas del Parlamento europeo, entre otras cosas por su frivolidad en las relaciones con el Kremlin.

Y es que cuando, más allá del victimismo, el catalanismo/nacionalismo/independentismo ha pasado a gobernar y a demostrar, con hechos y no palabras, cómo dirige y cómo gestiona, entonces saltan las caretas y el alma se nos cae a los pies: corrupción, amiguismo, malversación de recursos públicos, manipulación mediática, secuestro del pluralismo informativo y democrático, marginación de la población castellanohablante…

Su proyecto político, su “país imaginado”, no tiene ningún tipo de gracia. Tiene una esencia totalitaria y uniformizadora que asusta y que como catalán no nacionalista tengo que rechazar y denunciar. Lo vimos con las aberrantes leyes de desconexión del 6 y 7 de septiembre del 2017. Y tenemos nuevamente constancia de ello con la imposición, absolutamente sesgada, de la Mesa del Parlamento y, como remate, con la elección de una presidenta, Laura Borràs, investigada por corrupción.

Yo no tengo nada contra los independentistas –como tampoco contra los budistas o los artistas-, pero sí contra la manera que quieren implementar e imponer su ideología. No entienden, o no quieren entender, que en Cataluña hay millones de personas que, por muchísimas razones, no encuentran interesante ni pragmática la secesión de España.

En vez de aceptarlo y de canalizar su energía para intentar mejorar la convivencia entre todos, trabajando para hacer una sociedad catalana más solidaria y más equilibrada, continúan empecinados en levantar muros. Y como no pueden levantar la “gran muralla” del Ebro, se dedican a levantar, puertas adentro, muros más pequeños, pero todavía más lesivos, que dividen familias, pueblos, barrios y ciudades.

Esta manera cainita de entender la vida y la política es inaceptable en la Europa del siglo XXI. Pasar el rodillo, como  han hecho con la composición de la Mesa del Parlamento, o aplicar la ley del embudo, como denota la designación de Laura Borràs, desprestigian todavía más al independentismo.

Están obcecados en llamar la atención porque “el mundo nos mira”. Pero aquello que el mundo ve es que en Cataluña, y en nombre de la independencia, secuestran el Parlamento y la democracia.

El envenenado y sangriento conflicto del Ulster, donde los muros –estos, de verdad- dividieron pueblos, barrios y ciudades, se resolvió con la conformación de un gobierno mixto formado por representantes de los católicos y de los protestantes. En Cataluña, para superar las profundas heridas provocadas por el proceso, nos hace falta también un gobierno mixto de independentistas y no independentistas. Lo han hecho PNV y PSE-PSOE en Euskadi y les va la mar de bien.

Pero parece obvio que ésta no es la estrategia que tiene en la cabeza Oriol Junqueras. Es de la escuela de Jordi Pujol: quiere socializar su sufrimiento, del cual él y solo él es responsable. A Jordi Pujol nadie le obligó a ser un corrupto y a amparar la corrupción…

Oriol Junqueras, que es de Sant Vicenç dels Horts y ha sido su alcalde, conoce perfectamente la “Cataluña real”. ¿Por qué tiene esta falta de respeto y de consideración hacia sus conciudadanos no independentistas, que dice que tanto quiere y que son mayoría en su pueblo? ¿Podrá mirarles a los ojos, a sabiendas de todo el mal que les inflige con la conformación de un gobierno de la Generalitat monocolor independentista?

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