El ADN mafioso pujolista de Laura Borràs

La historia de Cataluña experimentó un giro de 180 grados cuando, justo elegido presidente de la Generalitat, en 1980, Jordi Pujol firmó su primer decreto: fue para nombrar a un desconocido militante de la agrupación de Sarrià-Sant Gervasi de Convergència Democràtica (CDC), Lluís Prenafeta, como secretario general de Presidencia y, por consiguiente, el hombre de su máxima confianza en el palacio de la plaza de Sant Jaume.

En esta designación tuvo una influencia capital Marta Ferrusola, que vio en Lluís Prenafeta –un oscuro viajante de comercio que trabajaba para una empresa italiana de maquinaria de curtidos– al hombre práctico y absolutamente leal que su marido (y ella) necesitaba a su lado para dirigir los destinos generales de Cataluña y, sobre todo, para gestionar los intereses particulares de la familia Pujol.

La Generalitat venía de la tradición afrancesada del presidente Josep Tarradellas: orden, rigor y un sentido estricto de la administración de los recursos públicos. Con la designación de Lluís Prenafeta se infiltró en el corazón de la Generalitat la manera de hacer italiana mafiosa (manipulación, corrupción, maquinaciones y trampas), que marcó los 23 años de mandato ininterrumpido de Jordi Pujol… y que dura hasta nuestros días.

En este sentido, la elección de Laura Borràs como nueva presidenta del Parlamento es una pésima noticia para Cataluña. No porque sea una apasionada independentista. Cada cual es muy libre de pensar lo que quiera, siempre que sus actos respeten la legislación y sean consecuentes con la pluralidad democrática de la sociedad, en este caso la catalana.

Laura Borràs es portadora del ADN mafioso del pujolismo. Como directora de la Institución de las Letras Catalanas adjudicó, por todo el morro, un total de 18 contratos para la web de este organismo a su amigo Isaías Herrero. De empresas que hacen webs hay centenares en Cataluña. Como directora de una entidad pública, Laura Borràs tendría que haber convocado un concurso para hacer estas tareas y una mesa de contratación tendría que haber valorado y acordado cuál era la mejor de las ofertas profesionales y económicas presentadas.

Pero no. Laura Borràs decidió tirar millas y que la “pasta” –más de 300.000 euros– se la tenía que llevar su “amiguito del alma”… y no se hable más. Con esta manera de hacer pujolista, la actual presidenta del Parlamento incurrió en los presuntos delitos de fraude, prevaricación, falsedad documental y malversación de recursos públicos, de los cuales está acusada.

Ésta es la radical diferencia entre el legado tarradellista, estricto y austero, y la corrupta “cultura” de poder y negocios que, con la inestimable expertise de Lluís Prenafeta, implantó Jordi Pujol en la Generalitat restaurada. No es extraño que tanto Lluís Prenafeta como sus mentores y protectores, Jordi Pujol y Marta Ferrusola, hayan acabado involucrados en casos judiciales de corrupción y a los tres se les hayan descubierto cuentas en paraísos fiscales.

Laura Borràs, la nueva presidenta del Parlamento, es una rama de este árbol podrido. Sus “trapis” con el informático Isaías Herrero –que, además, fue condenado por tráfico de drogas y falsificación de dinero- son absolutamente censurables y condenables. No son una “anécdota” ni una “persecución política”, como afirman ella y su coro de aduladores. Estos “trapis” son el paradigma de la degradación política y la aberración moral a la cual nos ha llevado el pujolismo.

Hoy, el pueblo de Cataluña tiene que ver con escarnio cómo esta presunta delincuente ocupa la máxima autoridad institucional del país, cómo los Mossos ataviados de gala le rinden honores, cómo se pasea arriba y abajo con un cochazo oficial con chófer y cómo, cada mes, se llevará crudos más de 10.000 euros de los presupuestos públicos. Indecencia e infamia. Como cantaba su otro “amiguito del alma”, Lluís Llach: “No és això, companys, no és això!”.

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