La llave de ERC

En menos de una semana sabremos qué diputado o qué diputada presidirá el Parlament de Cataluña. La aritmética parlamentaria hace pensar que será un representante de JxCat o de la CUP quien lo dirigirá. Pero en la política catalana 2 y 2 no suman 4. Si fuera así, ERC, JxCat y la CUP, que tienen mayoría absoluta desde hace años, habrían aprobado muchas más leyes de las que han salido adelante.

Por este motivo, no se puede descartar que, ante la falta de acuerdo entre las fuerzas secesionistas, sea la socialista Eva Granados quien acabe presidiendo la cámara catalana. El precedente más reciente fue la división que hubo entre PP y Vox a la hora de elegir la Mesa del Congreso, que provocó que un miembro de Podemos acabara ocupando una secretaría.

A estas alturas, lo único que está claro es que la configuración de la Mesa del Parlament será el termómetro para saber cómo están las negociaciones para formar un eventual nuevo ejecutivo independentista. Si las reuniones entre las formaciones independentistas acaban a buen puerto, ERC, que soñaba con hacer el ‘sorpasso’ a JxCat en unas elecciones catalanas, acabará presidiendo la Generalitat. Que los republicanos y los postconvergents estén separados por un único escaño y que Pere Aragonés necesite el apoyo de la CUP para ser investido presidente y para aprobar los presupuestos permite extraer algunas conclusiones.

La primera es que, aunque ERC tenga la presidencia, será JxCat quien tiene todos los números de dictar el relato político del gobierno catalán. Para la fuerza de Puigdemont, perder la presidencia del gobierno de Cataluña supone casi perderlo todo. Por este motivo, si Pere Aragonès quiere poder formar gobierno, deberá aceptar, en cierto modo, los postulados de JxCat (limitar al máximo la mesa de diálogo entre gobiernos y recuperar la vía unilateral).

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que si no hubiera un acuerdo entre las fuerzas independentistas y hubiera que repetir las elecciones, quien podría salir más beneficiado es JxCat, que podría recoger buena parte de los más de 77.000 votos que obtuvo el PDECat y que no se tradujeron en representación parlamentaria. En este caso hipotético, muy posiblemente JxCat acabaría siendo, nuevamente, el partido independentista con más escaños.

En tercer lugar, no hay que retroceder mucho para ver qué supone hacer recaer la gobernabilidad en la CUP: inestabilidad, incertidumbre, confrontación y división. Además, acordar algunos cambios que afectan a los Mossos, como ha hecho el partido de Junqueras con los anticapitalistas, es una auténtica temeridad teniendo en cuenta que la CUP no ha condenado las acciones violentas de los últimos días.

En cuarto lugar, se hace difícil creer, después de 5 años, que haya un gobierno de izquierdas y progresista si en su interior hay una fuerza claramente conservadora. De nada sirve buscar alianzas con la CUP o con los comunes si hay consejeros en el gobierno que defienden un modelo económico que no apuesta por la redistribución de la riqueza.

Además, hoy mismo, el exdiputado de ERC, Joan Tardà, ha asegurado que repetir la actual fórmula de gobierno «sería un Vitneam diario». Por lo tanto, la situación de decadencia, de inestabilidad, de pérdida de oportunidades sociales y económicas permanecería vigente.

La única alternativa a este posible desgobierno es que ERC facilite de alguna manera un gobierno de izquierdas y federalista formado por el PSC y los comunes, y donde los republicanos reclamen a estas dos formaciones algunos compromisos para apoyarlas (la amnistía y la autodeterminación no precisarían del consenso necesario, a parte del dudoso encaje legal). Reconozco que, vista la campaña electoral, es una auténtica utopía, pero perpetuar la actual fórmula de ejecutivo (con los roles cambiados) no es sólo perjudicial para el conjunto de catalanes sino que, por los motivos expuestos, quien saldrá damnificado es ERC, a quien JxCat siempre superará a la hora de determinar quién es más independentista (ya lo hacían dirigentes de CDC a la hora de atribuirse un mayor grado de catalanidad que el resto de catalanes). Aragonès tiene la llave para abrir una nueva puerta o, en caso contrario, para desaprovecharla y perder una oportunidad histórica para Cataluña.

 

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