Reflexiones en torno al 8 de marzo

Este 8 de marzo, por culpa de la pandemia, no podrá ser tan masivo como lo iba siendo año tras año. El maldito virus, no sólo nos está trayendo una crisis sanitaria, sino que está aumentando las crisis económica, social y ambiental que ya arrastrábamos. Y, encima, está dificultando la posibilidad de movilizaciones.

En cuanto a las mujeres, la pandemia no ha hecho más que aumentar las desigualdades ya existentes, tanto en cuanto al trabajo remunerado, al cuidado de las personas o en las pensiones. La creciente privatización y externalización de los servicios sociales repercute siempre en más trabajo y más discriminación para las mujeres. La precariedad laboral y el desempleo es mucho mayor en el sector femenino que en el masculino, colectivos como las Kellys y las trabajadoras del SAD, son un claro ejemplo de ello. La brecha salarial y las malas condiciones de trabajo repercuten en la vida de las mujeres, que son sobreexplotadas tanto en el ámbito laboral como en el doméstico. Igualmente, esta desigualdad hacia las mujeres, la encontramos en sus pensiones, que, en la mayoría de los casos no llegan para poder sobrevivir en condiciones, sobre todo si están solas. Nos queda mucho camino por recorrer.

Pero yo quería señalar que, para muchas mujeres de mi generación, el 8 de marzo no es sólo un día de reivindicación sino también un día de celebración. Ahora, que está tan extendida la idea (o la propaganda) de que vivimos en una dictadura, sea desde la ultraderecha que llama al actual gobierno de «dictadura comunista-bolivariana», sea desde el mundo independentista que asegura que el régimen del 78 no es más que la continuación de la dictadura franquista, quisiera recordar todo lo que las mujeres ganamos con el fin de la dictadura.

No, no es lo mismo. Nuestra democracia es totalmente imperfecta y el capitalismo está plenamente insertado en nuestra economía, pero con respecto a las mujeres que vivimos y sufrir la dictadura, tenemos que celebrar que, con la lucha feminista año tras año, hemos avanzado y hemos salido de la represión que sufrimos durante 40 años.

Para aquellas mujeres que no lo vivieron, me gustaría recordar como era de negra la vida de las mujeres en plena dictadura. Por un lado con las innumerables barbaridades de la post-guerra contra las mujeres republicanas o sospechosas de serlo: asesinatos, encarcelamientos, cabezas rapadas, torturas, humillaciones, niños robados y maestras ejecutadas o apartadas de su tarea docente.

Por otro, la represión soterrada que duró hasta después de que muriera el dictador: la imposibilidad de poder abrir una cuenta corriente en el banco, la imposibilidad de obtener un pasaporte sin el permiso del padre o del marido, la «obligación» de llegar virgen al matrimonio, la desesperación de las mujeres maltratadas que no podían huir del hogar porque si las denunciaban acababan en la cárcel, la imposibilidad de separarte o divorciarte, la imposibilidad de abortar en condiciones (sólo las mujeres ricas podían ir a abortar a Londres, pero las que no tenían recursos podían acabar desangradas a manos de supuestos médicos en espacios sin ningún recurso ni médico ni higiénico). La explotación y acoso en las fábricas textiles donde trabajaba una gran parte de las mujeres en las ciudades industriales, la imposibilidad de poder continuar trabajando cuando llegaban los hijos e hijas ya que no había donde dejar las criaturas, las jóvenes que emigraban de la miseria del campo para ir a «servir» a las casas ricas de las ciudades donde eran explotadas y maltratadas, la dificultad para ir a la universidad ya que «las mujeres no era necesario que estudiaran, pues para cuidar marido e hijos no hacía falta» , la imposibilidad de controlar la maternidad y el desprecio social si no la ejercías, la imposibilidad de ser públicamente lesbiana o de tener sexo libre… Todo esto y muchas más cosas era como una envoltura gris y espesa que nos oprimía y nos obligaba a la sumisión.

Y así llegó la transición y con ella la organización de las mujeres y la lucha feminista: «Yo también soy adúltera», «yo también he abortado», «soy lesbiana, porque me gusta y me da la gana», «las chicas buenas van al cielo, las malas a todas partes»… eran algunas de las consignas que, con gran alegría y fuerza gritábamos en las calles. Y sí, las luchas sirvieron y las mujeres de mi generación que habíamos sufrido toda la oscuridad de la dictadura, pudimos trabajar, viajar, controlar la natalidad, abortar, divorciarnos, estudiar, manifestarnos, organizarnos, hacer el amor con quien quisiéramos y como quisiéramos, salir de noche y hacer política.

Y es por ello, que para mí, y para muchas mujeres de mi generación, el 8 de marzo es un día de lucha (porque la discriminación no se ha acabado), pero es también un día de alegría por todas las victorias y derechos que conseguimos y que ahora podemos disfrutar nosotros y nuestras hijas.

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