Yo voto por Illa

Gobernar y administrar una comunidad de 7,5 millones de personas en el confortable marco de la Unión Europea no es una tarea especialmente complicada. Pensemos que hoy hay en el planeta Tierra enormes megalópolis, como Tokyo (36 millones de habitantes), Delhi (26 millones), Shangái (23 millones), Sao Paulo (20 millones), México DF (20 millones)… que superan con creces y multiplican la población total de Cataluña.

Pero nuestra Generalitat se ha convertido, desde hace años, en un ‘monstruo’ de mala gestión, ineficacia y caos. Los 23 años de gobierno pujolista modelaron una determinada manera de entender el país que tenía que tener continuidad en una futura presidencia de su hijo Oriol, heredero político de esta incipiente dinastía, truncada cuando fue pillado en escándalos de corrupción.

Yo era partidario de aplazar las elecciones de este 14-F, terriblemente condicionadas por la pandemia de covid-19, a mediados de marzo, cuando los efectos de la vacunación masiva ya empezarán a ser perceptibles y la tercera oleada haya bajado. Pero el enésimo lío legal del Gobierno de JxCat y ERC ha hecho que el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) las haya fijado para este próximo domingo.

A pesar de estas circunstancias excepcionales y adversas, yo iré a votar el 14-F. Y manifiesto públicamente que, esta vez, lo haré por Salvador Illa, del mismo modo que en el pasado lo he hecho por otras opciones políticas. Considero que, en el marasmo en el cual está inmersa la sociedad catalana, es la persona más idónea para ser el próximo presidente de la Generalitat y enderezar, por los caminos del diálogo, la buena fe y la solidaridad, la situación catastrófica que pasamos.

De sus propuestas de reformas, yo me quedo con una, aunque sea episódica: la promesa de rebajarse en un 30% el sueldo que tendrá asignado como presidente de la Generalitat. Y, por extensión, tendría que hacer lo mismo con el salario de los consejeros, altos cargos y asesores del Gobierno catalán. Las astronómicas nóminas que cobran las cúpulas de las administraciones públicas en Cataluña son absolutamente inmorales, en comparación con el salario medio y la gravedad del paro y la precariedad que sufrimos.

Con Salvador Illa tiene que volver la dimensión vocacional que tiene la política, entendida como tarea de servicio público para mejorar las condiciones de vida de toda la sociedad, con especial atención a los más desfavorecidos. Esta noble dedicación ha sido pervertida y prostituida en los últimos años, tanto en España como en Cataluña, y es una de las causas de la creciente desafección de la gente hacia la actual democracia.

Necesitamos un Gobierno austero, riguroso, transparente, dialogante y que predique con el ejemplo. Es el modelo de Generalitat que quiso implantar el presidente Josep Tarradellas cuando volvió del exilio y que fue truncado con la llegada de Jordi Pujol al poder y su obsesión por “nacionalizar” a cualquier precio Cataluña, cuando lo que hace falta es “racionalizar” Cataluña. Justo es decir que, en este sentido, la experiencia de los dos tripartitos de Pasqual Maragall y José Montilla, fue muy decepcionante.

Desde hace nueve años, Cataluña sufre una doble “guerra civil”. Entre constitucionalistas e independentistas, de un lado; y entre puigdemonistas y junqueristas, del otro. Esta larga pugna cainita se ha demostrado, por encima de todo, fatigante, estéril y contraproducente para el bienestar del conjunto de la población.

Como reitera Salvador Illa, “es hora de pasar página” de este capítulo desgraciado de nuestra historia milenaria. La sociedad catalana, ahora y aquí, es como es: diversa, mezclada y plural, como pasa en la gran mayoría de países y regiones europeas. El gran esfuerzo que tiene que hacer el Gobierno de la Generalitat es favorecer la cohesión, corrigiendo las enormes desigualdades sociales y territoriales que nos ha dejado la crisis del 2008 y que ha acentuado la pandemia.

Cataluña tiene un gran futuro. Estoy convencido. En este triángulo privilegiado por la geoeconomía, ubicado entre los Pirineos y el Mediterráneo, hay todas las potencialidades para que devenga un lugar de prosperidad y en paz, entre nosotros y con los españoles. Solo hace falta que tengamos un Gobierno de la Generalitat inteligente y disciplinado, que administre los recursos públicos con responsabilidad y que consensúe las grandes líneas estratégicas de su acción con los agentes empresariales y sociales del país.

Han pasado 44 años desde el retorno del presidente Josep Tarradellas y del restablecimiento de la Generalitat. ¡44 años! Ya es hora que asumamos y valoremos nuestro autogobierno y todas las enormes posibilidades que –en el marco de la España constitucional y de la Unión Europea- tenemos a nuestro alcance para hacer de Cataluña un espacio ejemplar de democracia, convivencia y progreso.

Salvador Illa es, por formación y herencia política, un “tarradellista”. Este 14-F es, a pesar de todas las dificultades, el momento de reencontrar y de retomar el hilo perdido de la historia de Cataluña.

También para afianzar y garantizar la supervivencia de la lengua catalana, que los independentistas han conseguido convertir en un instrumento identitario de confrontación y exclusión y que, por eso mismo, se ha hecho antipática para todos aquellos que, con mucho de gusto, estarían de acuerdo en aprenderla y hablarla, sin sectarismo étnico ni imposiciones autoritarias. Hay otra Cataluña posible y esta pasa porque este 14-F, Salvador Illa gane nítidamente las elecciones. 

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