El virus de la abstención

Cuando llegan las elecciones, me entran las dudas. La saturación y el desorden general me bloquean y me dejo tentar por la manzana blanca. Después, me como la cabeza elucubrando sobre a quién beneficia o perjudica mi decisión y al final termino votando un partido, el menos malo, de manera resignada. Supongo que este año no será diferente. Es un flirteo ocurrente con el voto en blanco ante el vértigo de tener que elegir entre el fuego y las brasas. En paralelo, desempolvo el Ensayo sobre la lucidez del gran José Saramago. Una novela que explora los límites de la democracia cuando, en una ciudad no identificada, la mayoría de los electores decide votar en blanco. La repaso y fantaseando sobre la lección que la ficción plantea.

Para más inri, he decidido votar por correo. No es necesario tentar a la bestia. Así, todavía me chirría más hacer la parafernalia del voto por correo y terminar votando en blanco. Mucho ruido y pocas nueces, pienso. Sea como quiera, mientras hacía un poco de cola en Correos, no sé inferior o superior a la que habría hecho el próximo 14 de febrero, repasaba la oferta y me reafirmaba en mis debilidades e inclinaciones más blanquecinas.

Las encuestas, debidamente cocinadas, coinciden en el triple empate entre Salvador Illa, Pere Aragonés y Laura Borràs. Después, la realidad pondrá a cada uno en su sitio. El voto en blanco no ganará, seguro. La realidad se aparta de la ficción saramagoniana. Pero, quien despunta más que nunca es la abstención, que viene a ser la versión heavy del voto en blanco. Si nada ni nadie lo remedia, la abstención ganará las elecciones. En gran parte por miedo a contagiarse del virus, pero no sólo por eso. Nos engañaríamos si pensáramos que la gente se quedará sólo en casa por pánico, que también. Respiro hartazgo, dificultad en la disociación de la oferta y tentación a meter todo y todos en el mismo saco. Es un análisis simplista, lo sé, pero provocador. Ya sé que no todos son iguales, pero el atraco es general. Y la abstención come del miedo, pero y también del desánimo.

El procés ha terminado agotando a propios y extraños. La independencia, que tanto desgaste y sacrificio ha conllevado, duró ocho segundos, justo el tiempo entre declararla y suspenderla. Costará borrar las caras de alegría y decepción en fracción de segundos de los parroquianos independentistas. Ahora, los vendedores del elixir de la eterna independencia reclaman que se les vuelva a hacer confianza. ¿Cuántos segundos de más vale ahora el voto independentista? El único de los otros que no vende el paraíso republicano y tiene opciones a comandar la nave, Salvador Illa, quiere borrar la década. Hombre, después de lo que ha llovido costará secar los campos. La historia debe reconducirse, sin necesidad de olvidarla. Ni tanto, ni tan poco. Clama al cielo que los presos dejen de serlo y que los que se fueron, puedan regresar. Por otra parte, también sería bueno que todos empiecen a remar en la dirección de la conciliación. Aunque sólo sea porque, a la larga el voto en blanco, y a la corta la abstención, no sean la salida más plausible para los desencantados.

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