Los votos envenenados de Vox

El 5 de febrero del año pasado, el liberal Thomas Kemmerich fue elegido presidente del Estado alemán de Turingia en tercera votación, gracias a los votos de su partido, el FDP, los de la CDU y los ultras de Alternativa por Alemania (AFP). En las elecciones había ganado el izquierdista Die Linke con el 31% de los votos. Los ultras de AFP quedaron segundos con el 23,4%; la CDU, tercera con el 21,7%; en cuarto lugar los socialdemócratas del SDP; en quinto, los Verdes; y en último lugar, con un 5% y cinco diputados, los liberales de Kemmerich. Con esa elección, hecha después de múltiples negociaciones fallidas, se rompía en Alemania el cordón sanitario a los ultras, y se generaba un ruido tan grande, con una desautorización explícita de la canciller Angela Merkel, que Kemmerich dimitió 24 horas después. Y al cabo de un mes fue elegido presidente el líder de Die Linke, con el apoyo de los Verdes y el SPD, y la abstención del FDP y la CDU.

El Estado español no es Alemania y Franco murió en la cama. A diferencia de Alemania, que en los cuarteles no tiene estatuas de Hitler ni de Göring, o de Italia o Francia, que no tiene de Mussolini ni de Pétain, aquí ha costado mucho sacarlas de las calles, y en las academias militares todavía hay bustos de Franco y de Millán Astray. A diferencia de Alemania, donde no se recuerda con agrado «lo bueno que hizo Hitler», como promover el deporte de los jóvenes o facilitar a las familias comprar su Volkswagen, aquí hay mucha gente que cree que Franco hizo cosas buenas, y le perdonan la guerra civil y una larga dictadura. Durante muchos años este sentimiento estaba políticamente latente dentro del PP. Pero desde hace dos años, de manera desacomplejada, lo expresa Vox en los medios y en las instituciones. Y al estar España doblemente en peligro por los pactos socialcomunistas del PSOE, Podemos, Esquerra y Bildu, y por los intentos de los independentistas de romper España, el PP y Ciudadanos no han tenido ningún problema en pactar con Vox investiduras en ayuntamientos y gobiernos autonómicos.

Tanto da su discurso franquista y xenófobo. Pactar con Vox para evitar que gobierne el PSOE con Podemos, o que los independentistas se salgan con la suya, es políticamente justificable. El PP y Ciudadanos no han tenido problemas para pactar con ellos, y han rechazado la idea de cordón sanitario, incluso en el ámbito municipal, donde no se pone en juego la unidad de España. Si algo ha sabido hacer Vox desde que entró en el Parlamento andaluz, ha sido controlar la agenda informativa, poner sobre la mesa polémicas de las que todo el mundo acabará hablando. Y como decía el líder de Plataforma per Catalunya, Josep Anglada, «lo importante es que todo el mundo hable de mí, aunque sea mal».

El número dos de Vox, Javier Ortega Smith, anunció hace unos días que podrían votar en el Parlament a favor de Salvador Illa para «recuperar Catalunya, que no estuviera más tiempo en manos de los independentistas». La propuesta, aunque fue desautorizada por otros miembros de Vox y retirada por el propio Ortega Smith, fue el tema de debates y tertulias con acusaciones al PSC. Y ahora pesa como una culpa sobre la candidatura de Illa.

Recuerdo que en el año 2011 cuando Plataforma por Catalunya irrumpió con dos o tres concejales en municipios como Salt, Mataró, Sant Boi, L’Hospitalet, y no hablemos de Vic y El Vendrell, donde tenían cinco concejales, nadie pactó gobernar con ellos. Pero en aquellos ayuntamientos, donde el equipo de gobierno no tenía una mayoría amplia, el sí, el no o la abstención de PxC hacía ganar o perder todas las votaciones. Esto es lo que ocurrió la semana pasada en el Congreso con la abstención de Vox al decreto de fondos europeos.

Las encuestas no dan la mayoría a la suma de diputados del PSC y Comunes. Pero podría pasar a última hora que la irrupción, si se da el caso, del PDECat de Ángeles Chacón, y los votos que pueda tener Primàries, quitasen escaños a Junts, a Esquerra y a la CUP, y hubiera varias mayorías posibles. Aunque Vox no pida nada a cambio y que el PSC no quiera sus votos, si saca un número significativo de escaños, superando al PP y a Cs, y decide a última hora votar a Illa, nada ni nadie podría impedirlo. Y si continuar como ahora, con Junts y Esquerra peleados, con el apoyo de la CUP, mareando la perdiz de si ampliar la base o levantar ya la suspensión de la DUI, nos mantendría en el día de la marmota, que Illa sea presidente con mucha abstención y gracias al voto regalado de Vox quitaría toda la legitimidad a la alternancia y haría más sangrante la división del país.

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