Otro fin del mundo

De teorías sobre el fin, más bien inminente, del mundo, hay para todos los gustos, casi tantas como teorías sobre el origen del mundo y de la vida. Los mayores de veinte años recordarán seguramente las lúgubres premoniciones milenaristas sobre los terribles cataclismos que se producirían en nuestro planeta al cambiar de siglo que circularon por plazas y platós. Parecía que ya no veríamos el año 2001, que no habría supervivientes a tantas y tantas catástrofes y siniestros. Y sin embargo, estamos aquí, hemos sobrevivido.

Estas teorías catastrofistas se suelen dividir en varios grupos, que se pueden reconducir a estos dos: las que vaticinan que el fin del mundo -o de la vida humana en este mundo que conocemos- se producirá como consecuencia de devastadores y desproporcionados sucesos naturales, como por ejemplo por el impacto de un gigantesco meteorito sobre la Tierra (dicen que esto es lo que acabó con el mundo de los dinosaurios, animales demasiado corpulentos y parece que de escasa inteligencia), o por una alineación interplanetaria que provocaría una inmensa oscuridad sobre la Tierra. El otro grupo está integrado por aquellas teorías que atribuyen el fin del mundo a perniciosos factores humanos, como la peste o la Covid-19 (se confirme o no la teoría de que fue creada en un laboratorio), o una posible tercera guerra mundial que acabara, de una vez por todas, con los rusos, los chinos, los americanos y todas las demás tropas, los zombis también incluidos.

También hay quien piensa que será Dios, a través de una fuerza exterior, lo que acabará con todos nosotros, dando cumplimiento así a los confusos vaticinios del Apocalipsis del apóstol Juan. Estas teorías, sin embargo, hoy son minoritarias, tienen un morbo relativo.

Lo único que es seguro es que todos estos augurios y profecías sobre el futuro de nuestro querido mundo han alimentado novelistas, cineastas, periodistas y artistas de todo tipo: películas como La guerra de los mundos o Matrix, novela las como Soy leyenda o Un minuto antes de la oscuridad«y pinturas como el Guernica de Pablo Picasso son una pequeña muestra de ello.

El escritor austríaco Karl Kraus, en el epílogo de su monumental obra Los últimos días de la humanidad, escrita hace más de un siglo, ya escenificaba, a través de un sórdido y premonitorio diálogo entre unas «voces de arriba» y otras «voces de bajo», lo que para él era el fin de nuestro mundo: «Vamos a la guerra, / a, todos en la frente! / ¿Qué importa la Tierra? «. Y el pintor Valdés Leal, en su impactante cuadro Finis gloriae mundi nos recordaba cuál debe ser el destino de la humanidad.

También los poetas se han ocupado, de esta manera indirecta y evocadora que tienen de ocuparse de las cosas que les interesan, de un posible fin del mundo, que alguna vez confunden (o no) con su propio fin, o simplemente con el siempre difícil paso del tiempo (que es un tema esencialmente poético). Así, el poeta griego Georgios Seferis, tras preguntarse, en un poema titulado «Sobre un rayo de sol en invierno», donde nos llevarán unos caminos  determinados, dice: «Pero el día que comenzó / es posible que aún no se haya extinguido, / con este fuego en un barranco como de color rosa, / y el mar delicado a los pies de Dios».

En un sentido similar, la poetisa polaca Wistawa Szymborska, en su breve poema titulado «Veermer» e inspirado en el cuadro de este pintor neerlandés La lechera también apuesta por la continuidad del mundo, de la belleza del mundo: «Mientras esa mujer del Rijksmuseum / cono esa calma y concentración pintadas / sea vertiendo, día tras día, / leche de la jarra al cuenco, / no merecerá el mundo / el fin del mundo «.

En el también breve poema titulado «Mi padre ya no me reconoce», el poeta ucraniano Adam Zagajewski, tras referirse a su padre, seguramente víctima de la enfermedad de Alzheimer, como un ser postrado en la oscuridad, que duerme como si ya nos hubiera dejado, concluye: «Y con todo, hay aún breves momentos / en los que aparece su auténtica cara «.

Pienso que los versos que he reproducido, que nos hablan de la caricia de un rayo de sol en invierno, de la gracia y galantería de una lechera holandesa y de unos breves e intensos momentos de luz, explican muchas más cosas sobre el destino de la humanidad que las teorías catastrofistas a las que antes me he referido.

Tendríamos que hacer más caso de los poetas, sean o no premios Nobel.

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