Ante la pandemia de mentiras, la vacuna de la realidad

Siempre son 16.000 millones. Y siempre es mentira.

Me refiero a la falacia, que hace décadas que dura, del déficit fiscal de 16.000 millones, según la cual esta cifra de euros es lo que separa anualmente lo que Catalunya paga con impuestos de lo que recibe por parte de todas las administraciones que se gastan estos impuestos.

En la película A Beautiful Mind ( Una mente maravillosa), el matemático esquizofrénico John Nash (interpretado por Russell Crowe) tiene una revelación cuando se da cuenta de que la niña que ha estado «viendo» desde hacía años, siempre tiene la misma edad. En una escena mítica, se queda pensando un momento y dice: «¡No crece nunca!». Y a partir de entonces se da cuenta de sus problemas mentales y consigue tratarlos y, sin que desaparezcan, tenerlos a raya. Nash ganaría muchos años después el Premio Nobel de Economía y moriría poco después en un accidente de tráfico.

Estaría bien que algún independentista tuviera una revelación similar y, deteniéndose a pensar un momento, dijera: «¡Siempre son 16.000!». No quiero decir ni mucho menos que haya independentistas esquizofrénicos (aunque alguno debe haber, como federalistas ciclotímicos y budistas paranoicos), pero sí quiero decir que, al igual que la niña de Nash no podía existir si siempre era igual, los 16.000 millones de déficit fiscal seguramente no existen si siempre son los mismos. De Junqueras a Canadell pasando por anuncios de publicidad pagada, llueva o nieve, estemos en crisis o en expansión, siempre son 16.000 millones, desde hace décadas. Se cuente como se cuente, si la cifra pretende explicar la diferencia entre dos magnitudes variables, cualquiera que sea la cifra, ¡es imposible que siempre sea la misma!

Barack Obama, en un discurso mítico en Sudáfrica, cuando ya no era presidente y lo era Trump, explicó que «antes cuando se demostraba que algo era mentira, la gente dejaba de mentir. Ahora, siguen mintiendo». Los 16.000 millones (como la supuesta alegría del PSC ante la «represión») se ha demostrado en varias ocasiones que son mentira. Pero siguen mintiendo. España no nos roba, al igual que Roma no era «ladrona» (como decía la Lega Norte). Los últimos que lo dicen son lo mejor del nacionalpopulismo catalán fundamentalista, reunido en la lista de JuntsxCat en las próximas elecciones al Parlament, según el magnífico reportaje de Cristian Segura del domingo 27 de diciembre de 2020 en El País sobre la deriva rigorista de este sector. Claro que cuando una mentira se repite mucho, aunque algo queda, llega un momento que comienza a depreciarse, como se puede deducir del tipo de personajes que más la repiten últimamente.

La cifra de 16.000 millones sólo hubiese sido verdad algún año si se hubieran dado una serie de supuestos, entre los cuales el más importante es que hay que contar lo que recibe Catalunya por parte de los diferentes gobiernos, por el método del flujo monetario. Según este método, sólo se cuenta como beneficio para la ciudadanía catalana el dinero que se gasta en el territorio de Catalunya. Por el principio correcto, el principio de la carga-beneficio, se cuenta todo aquello (esté ubicado donde esté ubicado) que beneficia a la ciudadanía de Catalunya, incluyendo, por ejemplo, la red de embajadas españolas desplegadas por todo el mundo, todos los laboratorios y centros de investigación que investigan en medicamentos que recibimos en Catalunya, etc.

Los independentistas lo saben perfectamente, porque cuando se han puesto a elucubrar con una hipotética negociación con el Reino de España para repartirse los activos en caso de independencia, como reveló recientemente EL TRIANGLE, han tenido en cuenta los activos que benefician a los catalanes y que no tienen su sede física en Catalunya, y que por tanto «pertenecen» al menos en parte a los catalanes. Esto lo explicamos en un capítulo de libro Antoni Zabalza y yo, lo detallaron aún mejor Josep Borrell y Joan Llorach en su libro, y lo ha reconocido varias veces el ex consejero Andreu Mas-Colell. Cuando el déficit fiscal se calcula correctamente, Catalunya recibe aproximadamente por población y paga por renta, lo que según el propio Mas-Colell es razonable, y como Catalunya tiene más renta que la media, esto genera un pequeño déficit, aunque que como es una zona muy industrializada, y por lo tanto tiene muchas variaciones cíclicas, en algún año el saldo le ha sido incluso favorable.

Además centrarse en el saldo fiscal negativo como argumento a favor de la independencia hoy ya sabemos que incurre también en la falacia de la suma fija, según la cual en caso de independencia el pastel sería el mismo, pero el reparto beneficiaría más a Catalunya. Ahora ya sabemos (5.000 sedes sociales de empresas y 30.000 millones de euros en depósitos después) que sólo recorrer un tramo del proceso de independencia tiene un coste enorme para el tamaño del pastel.

La mentira sirve entre otras cosas para que la atención no se centre en las cosas que conviene mejorar y que se pueden mejorar, como es la financiación de todas las Comunidades Autónomas, incluida Catalunya, y el grave problema interrelacionado con este, de la competencia fiscal. Pero la política de la silla vacía practicada por el actual gobierno independentista ha impedido que hubiera ni siquiera una negociación al respecto, a pesar de que el sistema actual es fruto de un acuerdo de 2009 que caducó oficialmente en 2014.

Ha llegado la hora de dejar de decir mentiras y mirar cara a cara a la realidad. Necesitamos un gobierno catalán que se tome en serio los problemas, que priorice el diálogo y la gestión en co-gobernanza, incluyendo la gestión de los generosos fondos europeos Next Generation EU, y que deje a un lado la post-verdad nacionalpopulista.

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