Fuego y muerte en Badalona

En los edificios donde viven migrantes y personas sin techo no hay alarmas anti-incendios. Cuando se dan cuenta de que hay fuego en la casa ocupada, la nave abandonada o la vivienda precaria donde se han o los han instalado a menudo ya es tarde para apagarlo. A veces, incluso es tarde para sobrevivir. Lo que pasó en el barrio del Gorg, en Badalona, la noche del miércoles día 9 ha pasado antes en otros lugares de Catalunya, España y una gran cantidad de países donde muchas personas viven en condiciones que podríamos calificar de inhumanas. El fuego ha destruido campamentos, casas y vidas en las islas griegas, a Calais o el corazón de Londres, como el que afectó a la Torre Grenfell, en junio de 2017, causando 71 muertos.

En Badalona, ​​ante la tragedia, las autoridades políticas han dicho que habían hecho todo lo que estaba en sus manos para evitar lo que ha acabado sucediendo. O se han acusado unas a otras de no haber asumido la responsabilidad que les correspondía para conseguirlo. Muchos vecinos hacía tiempo que se quejaban del peligro que representaba aquella nave para ellos, para el barrio y los propios ocupantes de la nave. Los propietarios se habían desentendido del asunto. También había vecinos que querían ayudar a la gente y las familias que se habían instalado allí. Por si no había suficientes problemas, la Covid-19 vino a complicarlo todo aún más.

Hay problemas sociales que parece que no tienen remedio. El de la gente que vive en la calle, por ejemplo. Es una lacra social, sin embargo, que algunos países donde las temperaturas son más bajas que en el nuestro han conseguido vencer. Otros, no. En Estados Unidos, la ola de frío polar de los últimos días ha causado la muerte de muchas personas que no tenían un techo bajo el que guarecerse.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce el de tener una vivienda digna. No dice que sólo tienen derecho a ella las personas que tienen un salario o un origen determinados. Falla el sistema. El error es de base. Y, lamentablemente, en vez de asumir que todo el mundo tiene derecho a tener una vivienda, sea rico o pobre, hombre o mujer, blanco o negro, parado o directivo de una multinacional, joven o viejo, al igual que lo tiene a respirar, comer o beber agua potable, el sistema acaba de autorizar que se especule con el agua.

En la nave incendiada de Badalona no había agua para apagar el fuego. Hacía tiempo que le habían cortado el suministro. Ahora, no sólo nos la pueden cortar a nosotros si no pagamos el recibo correspondiente sino que se ha convertido en un factor más de especulación para que unos cuantos, pocos, se enriquezcan más aún. La avaricia de estos pocos y la política torpe de demasiados gobernantes nos regala tragedias como la del barrio del Gorg.

Es necesario un cambio de mentalidad. Es necesario un cambio de sistema. ¡Busquémosle un nombre y hagámoslo posible!

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