«En Cataluña, la realidad está separada del relato»

Entrevista con Isabel Sierra

Psicóloga. Ha trabajado en el ámbito de la salud mental y ahora en psicología social, desde la Diputación de Barcelona. Fue Vicepresidenta de la Asociación catalana para la Infancia Maltratada. Milita en el PSC y forma parte de Federalistas de Izquierdas. Es autora de Ciudades para las personas, que analizar los factores de riesgo y mejora en las aglomeraciones urbana.


Instalados en el pasado idealizado, algunos catalanes no se reconocen en un presente que, según los indicadores, pone de manifiesto que Cataluña está homologada con el conjunto de España.

Cada uno tiene su propia identidad, que se construye con muchas variables. Algo que está en contradicción con las “identidades colectivas”, que. nos llevan a simplificar. Durante el franquismo, hubo en Cataluña una cierta rebeldía por el tema de la lengua y la cultura. Y esto ha sido interpretado por algunos en clave de autoridad moral (más allá de otras realidades, como ser de izquierdas o de derechas) y para siempre. Es cierto que el desarrollo de los territorios en España fue desequilibrado, pero esto ha cambiado. Sin embargo, como en Cataluña se sigue teniendo la tentación de interpretar lo propio como mejor, se ha perdido la perspectiva de estos cambios. Forma parte de mi quehacer laboral informarme de los programas que se desarrollan en otros países y regiones, y me ha costado horrores que cosas que ya se habían experimentado en otros lugares de España se pudieran aplicar aquí, simplemente porque venían de España.

El propio Jordi Pujol en su libro El Caminant davant del congost, editado en 2013, transmite una visión de España atrasada, cainita… que se corresponde más bien con la Almería, de Goytisolo, y Las Hurdes, de Buñuel, que con la realidad.

Pujol se cree que tiene la superioridad moral suficiente como para tener que ayudar a los demás, siempre desde una postura de superioridad. Una parte del catalanismo histórico sigue siendo así: “Vamos a España a pedir lo nuestro, porque somos diferentes, y tenemos que negociar bilateralmente”. Como federalista, estoy en contra de eso. Lo que tenemos que hacer es crear reglas de colaboración conjunta. El concepto de solidaridad no significa superioridad, sino todo lo contrario. Lo que tenemos que conseguir es que todos los ciudadanos y ciudadanas tengamos una equivalencia de derechos y servicios públicos. Por ejemplo, Cataluña no puede presumir de tener los precios más altos de toda España, o de que profesionales de Sanidad se vayan fuera porque se les trata mejor. Somos un queso gruyere.

De las rentas ideológicas quizás se pueda vivir, pero de las pecuniarias, no realizadas, no parece posible…

Puedo comprender que, después de la crisis económica y del portazo al Estatuto de Cataluña, que aprobamos, la gente se enfade. Esa decepción de quien lo está pasando mal económicamente produce una sensación de desamparo. Entonces, una fuerza política que no es tanto Convergencia como Esquerra Republicana, dice “esta es la nuestra”. Cosa que no comparto, porque la función de la política es el bien público y no una oportunidad para sacar réditos políticos y ampliar la base. Pasar de los datos objetivos a esta ilusión para tapar el agujero de la decepción no es admisible. Artur Más dio un salto hacia la locura, asumiendo un relato que le dio Esquerra. Se estaba preparando para heredar un reino floreciente y acabó heredando una casa en ruinas.

¿Necesitamos entonces un baño, digamos, de realidad?

En realidad, a los que nos interesa la política somos unos cuantos. A la mayoría de las personas (yo también he sido de ellas) nos preocupaba la profesión, el trabajo, hablábamos de los hijos… Y eso es lo que debe ser. Montilla solía referirse a la desafección política. Si ésta nos lleva al absentismo, a la no participación democrática -solía decir- resulta un peligro. Pero estar sobre-intoxicados de política no es saludable. En mi trabajo, he conocido a muchos políticos y puedo decir que algunos han sido muy entregados y útiles, pero otros, han considerado su tarea un lugar de paso, como un peldaño para ver hacia donde se proyecta la escalada. Algo muy común en los de derechas, que suelen llegar a la política porque no han sabido hacerse ricos… Se instalan en ella para ser útiles al resto de la familia, los conocidos adinerados… En cambio, la izquierda tiene que estar siempre revalidando sus ideologías.

De la realidad catalana también forman parte la contaminación de los acuíferos, las centrales nucleares, la despoblación, la costa hormigonada… ¿No es para pararse a pensar?

No puedo refrendar mi percepción con datos, pero tengo la impresión de que la gente que más se ha apuntado al discurso procesista (los burgueses de Barcelona no han dicho nada) es la de la parte de Lérida y de la Cataluña central, la más pobre. Están indignados por su situación, como los del segundo cinturón, que está desindustrializado. Pasando por algunos de estos lugares, me suelo preguntar de que viven estas personas. Habría que ver que apoyos ha recibido el territorio, y a cambio de que. Por ejemplo, subvenciones por procesismo. Si alguna vez llegan otros a nuestro Gobierno, podrían levantar la alfombra o no para ver qué gestión se ha hecho, pero tengo la sensación de que nos están haciendo la pirula. Están trampeando, dicen la verdad a medias, nos cambian la bolita, como en el juego del trilero, para no saber dónde está. Los problemas reales están cogiendo polvo y cuanto más polvo más enfado de la gente.

¿Y el trasatlántico barcelonés navegando por este mar proceloso?

En Barcelona hay éxodos por razones económicas, y fundamentalmente por el precio de la vivienda. Si antes existía la posibilidad de que los padres pudieran ayudar a sus hijos, pagando la entrada en una vivienda, ahora ya no es así. La mayoría de las personas no pueden acceder a una vivienda, no solo porque han subido los precios, sino porque han bajado los ingresos de los progenitores y la estabilidad laboral de los jóvenes ¿A dónde se van? A los sitios que tienen servicios: escuela, sanidad… Pero si esta gente sigue trabajando en Barcelona, generamos problemas añadidos, y se acaba perdiendo calidad de vida. Si Barcelona quiere seguir teniendo una población equilibrada, es necesario hacer un esfuerzo por mejorar el acceso a la vivienda y el empleo. Más allá del segundo cinturón metropolitano (exceptuando Gerona que dispone de estándares de riqueza mayores) debe haber un diez por ciento de familias acomodadas de toda la vida, y el resto sobrevive. El programa de la “España vaciada” me parece muy interesante. Cataluña podría adoptar esta idea y desarrollarla, como proyecto de futuro, promoviendo repoblamientos con empleos digitalizados, la mejora del sector primario con 0 productos de proximidad… Pero no la “llet nostra”, que cuesta tres veces más que la de Asturias.

No faltan noticias locales que hacen alusión a la actuación de las mafias en nuestro territorio, especialmente como lugar de blanqueo y residencia de capos ¿Son signo de algo inquietante? 

Se habla de la picaresca española, pero aquí tenemos la “super-picaresca catalana” ¿De qué se va? ¿De superiores? Los que tenemos una cierta edad estamos acostumbrados a haber visto neurosis en la política. Obsesiones, ansiedad, depresión… Pero lo que pasa en Cataluña es “psicosis”. Algo que quiere decir que la realidad está separada del relato. El psicótico tiene un problema de identidad, no sabe quién es. A veces, cree que es otra persona, y que le gustaría ser quien está viendo delante. Existe también un problema de conexión con la realidad. Hay alucinaciones: “Estoy viviendo una realidad que no me gusta, me traslado, veo otra cosa y me creo que estoy allí”. Y luego hay delirios, el delirio de grandeza, que está asociado siempre a la pasta. Lo de la familia Pujol es algo que también ha tenido mucho que ver con la gran herida que tenemos todos los catalanes. En fin, la tormenta perfecta: la crisis económica, lo del Parlamento de Cataluña y el Estatuto, y el Pujol que dice de que va su vida. El “Procés” está para tapar todo esto; para tapar lo del 3%.

Con la originalidad de aprovecharse para ello de las instituciones públicas….

Sí. Con el cinismo institucional (se le puede llamar así) de utilizar las instituciones públicas, que son de todos, para vestir el relato. Claro que no les importa la Cataluña vaciada; claro que no les importa la inversión. Estamos ante una estructura mental del poder que es medieval, que se refleja en opiniones sobre Pujol como aquella de “Pobre, que va fer”. Somos, en fin, más españoles de lo que creemos. Y en este contexto, cabe citar también el papel de la izquierda alternativa, que está bailándole el agua al procesismo. Sin ningún pudor, les está dando argumentos.

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