ALGUNOS PRECANDIDATOS ESCONDEN LA ‘ESTELADA’

Víctor Font y Joan Laporta han dejado de apoyarse en la independencia porque la política comienza a restar

La presunta politización de las elecciones del Barça, preferentemente a causa de la intensa activación independentista prevista de cara a las autonómicas del 14-F, se ha ido disipando porque los indicadores reactivos del socio azulgrana rechazan este juego. Primero Víctor Font, que hizo gala de un marcado perfil soberanista se ha ido escondiendo hasta sentirse tan incómodo y dubitativo que hace unos días no dudó en afirmar que le entusiasmaría celebrar que la selección española jugase en el Camp Nou. Fue su respuesta irreflexiva en un medio de alcance nacional que le puso una trampa fácil y en la que Font, repetitivamente, volvió a caer.

Como ya es un clásico de Vìctor Font, luego salió a matizarlo y a dar explicaciones para intentar no perder a una parte de los suyos que creían ver en él a un presidente con la clara intención de colgar la estelada del palo mayor y ahora le ven disimular y recortar ese discurso vistas las consecuencias.

Font, por tanto, se ahorrará insistir en ese escenario después de haberse apoyado en los colectivos independentistas y asociaciones ciudadanas y sociales para conseguir echar a Bartomeu como resultado de un voto de censura. Nadie duda que, sobre todo a través de Jordi Farrè, el activismo y el aparato de la Assemblea Nacional de Catalunya y de Omnium Cultural, se volcó en hinchar el operativo del voto de censura para demostrar que desde la trastienda del soberanismo se podía dominar el entorno azulgrana.


RECELO POR EL VOTO DE CENSURA

Una demostración de poder excesiva, de abuso, que alertó al propio barcelonismo de a pie cuando obligó a la celebración del acto de la votación en unos días en que el propio Govern, para acorralar al presidente Bartomeu, llegó a prohibir la movilidad intermunicipal y exigir la menor interacción social, cerrando bares, cines, teatros, centros comerciales, etc., prácticamente todo para frenar el descontrol de la segunda oleada, y a mismo tiempo permitir la convocatoria de 70.000 socios en el Camp Nou para abrir las urnas, incluidas miles de personas mayores de 70 años que, forzosamente habían de infringir el confinamiento perimetral municipal para ejercer su derecho a voto. ¿Escenario imposible en un estado de derecho y de libertades? Ya se ha visto no en Catalunya y bajo el régimen del último Govern de la Generalitat de Junts y de Esquerra curiosamente de acuerdo y coincidentes en aplicar una decisión tan totalitarista.

Como resultado, la masa social barcelonista ha generado tal estado de rechazo y de sensibilidad que de pronto ha dejado de ser rentable asociar el independentismo y el amparo político dominante al sentimiento azulgrana. La prueba es que quien había utilizado la gestión y el fervor independentistas como arma electoral se ha escondido ahora en un prudente y sospechoso silencio. Joan Laporta especialmente había prometido en 2015 que “si gano las elecciones pondremos al Barça al frente de la lucha de Catalunya por la independencia, el Barça estará comprometido con el proceso”, afirmo con reiteración, una apuesta que tuvo seguidores pero no tantos como para ganar en las urnas al posicionamiento neutral e integrador de Bartomeu, alineado con el catalanismo histórico del Barça.

El propio Laporta, que fundó un partido político y pasó fugaz y tristemente por la política como diputado del Parlament y Regidor del Ajuntament de Barcelona, ha escondido deliberadamente esa carta. «Soy independiente de grupos económicos, mediáticos y políticos, y eso me permite actuar libremente”, ha respondido a la pregunta reiterada sobre sus intereses y desacomplejada postura independentistas de siempre respecto del Barça. Laporta, ahora, ya no lo exhibe y trata de ocultarse. Complicado porque habiendo engordado en los últimos años no puede disimular esos kilos y el obeso perfil de sus juegos en la política soberanista poniéndose detrás de una farola estrecha. Se ve a la legua que disimula y persigue deshacerse precisamente de sus rasgos más característico. Como siempre, lo hace con la complicidad de la prensa afín y de esos masajes periodísticos que, ahora, en lugar de remarcarlos como hace cinco años también buscan taparle las vergüenzas. En ese escenario, el único candidato que abiertamente es continuador del Barça independiente y sin alardes de ningún posicionamiento político y además combativo con esas injerencias, amenazas y ataques sigue siendo Toni Freixa, mientras que Víctor Font, Joan Laporta y Jordi Farré, se disfracen como se disfracen, siguen entregados a la causa independentista porque además están apoyados desde diferentes sede sectores políticos de la Plaça de Sant Jaume.

También se ha hecho silenciar a Joan Canadell, presidente de la Cambra de Comerç, quien semanas atrás clamó abiertamente por ensamblar una candidatura única, integrada por todos los aspirantes independentistas, para convertir al Barça en el brazo armado social, ciudadano y de país del soberanismo. La propuesta, viniendo de alguien como él que no es socio del FC Barcelona, contribuyó desde luego a este amplio recelo que, lejos de exaltar el voto de los socios en este sentido, lo ha reprimido. La estrategia no ha sido la mejor ni la más inteligente, lo que ha puesto de relieve que la ofensiva desde el Govern contra Bartomeu, un presidente débil y descontado electoralmente, triunfó por el abuso y la fuerza ejercidos dictatorialmente. El riesgo de que pudiera votarse el voto de censura y poner algunas cartas al descubierto era demasiado arriesgado. Costará escuchar a Laporta y a otros decir lo que proclamaba tiempo atrás: “Creo que la independencia de Catalunya no se pide, se declara”.

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