EL BIEN Y EL JAN

Laporta ha regresado con la misma táctica del 2003 queriendo parecer caperucita en lugar del lobo que sigue siendo

En el taoísmo barcelonista, a diferencia de la filosofía oriental, las dos enormes fuerzas que lo mueven no son complementarias ni tienden a equilibrarse, representan inequívocamente lo opuesto, el bien y el mal, el lado oscuro cuyo propósito indisimulable es el de dominar el entorno y el exprimir club para sus propios intereses, eso sí con el permiso de los socios. En este sentido, la tardía reaparición de Joan Laporta en estos tiempos electorales de pandemia ha provocado una ceremonia de la confusión que debe conviene ser aclarada ante los socios y sobre todo ante los medios de comunicación colaboracionistas en esta extraordinaria opereta de amnesia colectiva respecto a los antecedentes del personaje. Y no es la fiebre del coronavirus la causa de esta alucinación colectiva.

Laporta, alias ‘Jan’, ha querido mostrarse, igual que en 2003, hace 17 años, como un ser renacido, cambiado, mutado a una versión celestial y tibetana, edulcorada y amistosa del ‘monstruo’ que, como claman las evidencias, arruinó al club durante su mandato en beneficio de sus otras pasiones y de una vida de jeque financiada con el dinero de los socios. Se calcula un perjuicio en pérdidas superior a los 100 millones.

Aunque ocultó su auténtica personalidad y malignas intenciones en esas elecciones de 2003, seguía siendo el mismo acosador de Núñez del Elefant Blau, tanto que hoy, -al menos vistas desde la perspectiva del tiempo- resulta extraña que confluyera en un mismo cartel electoral con un Sandro Rosell que por entonces no se había planteado nunca ser presidente del Barça. Sólo se lo propuso después de admitir y experimentar la engañosa presencia del ‘demonio’ barcelonista y de su parte de responsabilidad por haber contribuido, en cierto modo, a la esa maldad presidencial llamada Laporta. El propio Rosell contabilizó esas pérdidas a su llegada al palco en 2010 además de deudas colosales y sin un euro en la caja, a 30 de junio de 2010, para pagar las nóminas ni las fichas de los jugadores. Entre ellos algunos como Xavi, que sigue dispuesto a apostar por él, ahora como entrenador, porque con buena parte de ese dinero se pagaba de más a futbolistas fascinados por la generosidad del presidente.

LA OTRA REALIDAD

El cuento de que con Laporta se ganaron más títulos también dejó de serlo con el mandato de Rosell, periodo en el que se superó esa estadística en el campo y también en la economía, ampliando el Museu y recuperando los fondos propios negativos del club con ganancias de 150 millones de euros en poco menos de tres años. También es reconocido que Laporta nunca hubiera apostado por Ronaldinho o Eto’o ni mucho menos por Josep Guardiola, al que rechazó en su candidatura en 2003 porque, dijo, lo no soportaba.

Laporta, si se tiene memoria y no las deudas periodísticas relacionadas con los fondos reservados del club, nunca mencionó a Cruyff en la campaña de 2003 antes de ser presidente. Sólo en una ocasión para afirmar, con cara de buen chico, que Núñez y Cruyff estaban a la misma altura dentro de la historia del club.

Fue al día siguiente de ser elegido presidente, en la primera junta, cuando abiertamente dijo que había que darle de ‘comer’ al ‘Maestro’ Johan porque esa era su principal misión en el mundo. Comprensible, pues Laporta ya había conseguido vivir de alguna manera del Barça desde que en 1997 lideró un voto de censura contra Núñez, auspiciado, promovido y de alguna manera sostenido desde la Plaça de Sant Jaume, sector Ferrusola e hijos, donde por fin habían dado con el sujeto dispuesto a poner la cara allí donde otros no se atrevían. Y en principio por relativamente poco dinero. De esas primeras semanas y de los primeros servicios al ‘Maestro’ datan compras y operaciones que ya venían precintadas con las comisiones bien administradas como el fichaje de Txiky Begiristain, negociado por Joan Patsy a lo grande, y la fortuna que costaban los fichajes de Albelda, Aymar y Ayala que, con suerte y mucho esfuerzo, consiguió frenar Sandro Rosell, entonces vicepresidente deportivo, para traer a Ronadinho en su lugar.

LA MISMA BATALLA DE FONDO

Ahora es lo mismo, la apariencia laportiana de quien nunca ha roto un plato como estrategia para intentar el enésimo asalto al palco del Camp Nou. El Barça es y ha sido su modus vivendi desde su gran descubrimiento por parte de personajes del entorno como Albert Perrín y Jaume Roures. De cara a la galería encubrieron sus malas intenciones bajo esa bandera que el ingenuo Cruyff de la época prestó a los enemigos políticos y económicos de Nuñez, los mismos a los que, de alguna manera, sigue combatiendo el expresidente desde la tumba. Porque el Barça continúa siendo el objeto de deseo de ese mismo sector negocios, ahora con el independentismo como nuevo recurso, los mismos con idéntica y transformada convergencia y unión en torno al personaje.

La primera víctima de su reentrada, curiosamente, ha sido Víctor Font, su precandidato propuesto hace varios años como el nuevo Laporta, esta vez en formato de consultor tecnológico y visionario digital. Laporta lo ha devorado en dos días desde ese prolongado y productivo silenció personal suyo, obligado, en colaboración con el gigantismo mediático de ese periodismo de farra y de negocios que sueña volver a darse la gran vida de los felices años finales de la primera década del siglo XXI.

Muy distinto está siendo, sin embargo, el Laporta que balbucea reprimido y sin guión que trata de parecerse más a la caperucita que al lobo. ¿Por què? Pues porque todo lo que diga puede ser utilizado en su contra.

Hay mucho que callar oculto bajo a apariencia del buen Jan que ya fue derrotado, también, en las elecciones de 2015 y con muy mal perder, por cierto.

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