La tragedia de un hombre ridículo

Quim Torra ya no es presidente, pero lo que realmente le duele es que tampoco es un mártir. El que estaba dispuesto a ir a la cárcel por la causa, que ya se había sido mentalizado para compartir cautiverio con sus héroes patrióticos y asumir todos los sacrificios, que aspiraba a seguir el camino marcado por Puigdemont, Rull, Turull y tantos otros mártires. Pero nadie va a la cárcel o huye del país por usar las instituciones para hacer propaganda electoral a favor de su partido. Tampoco por decorar edificios públicos con carteles. A lo sumo, el estado opresor te despide para que te sacrifiques cobrando cada mes, del bolsillo de todos los contribuyentes españoles, el sueldo de expresidente, que es un poco más de 10.000 euros en los próximos 14 meses, y sufraga los gastos de un despacho donde encerrarse para defender el país, que Torra ha puesto en la Casa Solterra de Girona, un palacio bien aparente, lo suficientemente lejos de Barcelona para evitar que se contamine cel cosmopolitismo de una ciudad que nunca ha entendido ni amado.

Ahora que ha conseguido que su apreciado Pere Cardús cobre como director de una oficina del expresidente que aún no existe, está tan aburrido que incluso se ha ofrecido a asesorar al Gobierno en la lucha contra la Covid sin que nadie le haya hecho mucho caso hasta ahora. Nadie ha escuchado sus ofrecimientos para tender puentes entre las diferentes fuerzas independentistas. Son cosas que exigen cierta autoridad, virtud de la que no parece andar muy sobrado, en vista de las conversaciones de David Madí en las que lo calificaba de «subnormal político profundo».

¡Qué triste descubrir que tus seres queridos piensan eso de ti, que ni siquiera te quieren en Waterloo porque piensan que eres «una cabra loca que va por libre, un ignorante y un imbécil». Ver que las pocas personas que se te acercaron cuando saliste del Palacio de la Generalitat no era el resultado del miedo a la pandemia, sino la indiferencia que inspirabaas a la mitad de Catalunya para la que gobernaste.

Torra pasa su tiempo decidiendo qué hacer con sus recuerdos, con los obesquios que recibió mientras era presidente. Un trabajo que requiere reflexión, porque puede ser trascendental para nuestra historia. ¿Qué hacer con la carota y el fuet de la Patum que le dio Montse Venturós? ¿Se los lleva a su casa o a su palacio de Girona? O con la camiseta del Barça que el club le regaló, pero que se la dio un ‘botifler’ peligroso como Bartomeu.

Cuando el trbajo le deja un rato libre se dedica a enviar mensajes o a reenviar otros en Twitter para denunciar las infamias del Estado español, del que vivirá bastante bien hasta el último día de su existencia. Se consuela de su soledad difundiendo la entrevista que Vilaweb le hizo donde solemnemente proclamaba que «necesitamos una mayoría determinada, decidida, consciente del momento histórico». Una forma como cualquier otra de reconocer que la pretendida mayoría social con la que el independentismo quería imponer la ruptura con España nunca existió.

Seguramente le hubiera gustado poder difundir alguna entrevista más, pero codazos en los medios de comunicación para hablar con él, tras su salida de Palau, no parece haber habido muchos. Tantas cosas que tenía que decir contra los Presupuestos Generales del Estado, contra la monarquía española, que éso que es corrupción y no el 3%; tantas ganas de defender a Laura Borràs. Tantos libros y tantos poemas por recomendar… Pero son pocos los que le telefonean y ahora tal vez se empieza a cuestionar que la indiferencia que siente la mayoría de los catalanes se debe exclusivamente al autoritarismo vengativo típico de los españoles.

Quién sabe si pronto descubrirá que mientras era presidente, el representante del odiado y pérfido Estado español, aquí, en Catalunya, era él y nadie más que él, y por eso, por ejemplo, era el custodio de las llaves de las celdas donde permanecían estos admirados presos con los que dice que quiere compartir su fatal destino. Que si quería, como exigió durante sus últimos días en Sant Jaume, que el Estado se disculpara por el fusilamiento de Companys, sólo era preciso que lo hubiese proclamado, quién sabe si con una de esas pancartas que tantos problemas le han ocasionado.

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