«En la acción por el cambio climático, los gobiernos tienen que marcar el rumbo»

Entrevista a Andreu Escrivà

Andreu Escrivà | Foto: Kike Tabener
Andreu Escrivà | Foto: Kike Tabener

Ambientólogo y Doctor en Biodiversidad. Divulgador en cambio climático, acaba de publicar “Y ahora yo que hago», tras “Aún no es tarde”. Ambos libros referidos al calentamiento global de la Tierra.


¿Aún no es tarde, para hacer qué?

El título del libro nace de una pregunta que se me formula de forma recurrente en mis charlas sobre cambio climático, que hago desde hace tiempo. Al final, por mucho que se trate de explicar el cambio climático de forma accesible, o se ponga el foco en acciones colectivas transformadoras, hay una necesidad de saber lo que podemos hacer también individualmente, lo cual me parece esperanzador. En un momento en el que hay tanta información sobre medioambiente, en que mucha gente se siente confundida, está pregunta del libro, me perseguía.

Al calor de las apelaciones a la acción individual en la lucha por el medio ambiente ¿No puede interpretarse el título de tu libro como un mensaje de autoayuda?

Estoy muy, muy lejos, de los libros de autoayuda. Me causan escozores, y hago bromas sobre el engaño que supone lo que a veces no son más que manuales edulcorados de marketing. Es verdad que hay gente que pueda tener la impresión inicial de que mi libro puede rozar lo de la autoayuda, derivado de “la culpa climática”, pero el libro no va tanto de la persona individual porque, al final, termina proponiendo soluciones colectivas, y se acaba explicitando que la acción individual es valiosa, en tanto en cuanto es construcción colectiva. Tampoco es un manual de autoayuda para sentirse mejor, sino al contrario. Pensé en finalizar proponiendo sustituir su título por un ¿“Y ahora nosotros que hacemos”? El libro se dirige a un público que puede no sentirse atraído por el cambio climático duro, y pretende introducir, poco a poco y con empatía, algunos conceptos.

Un centenar de compañías son responsables del 70% de la contaminación atmosférica, a escala global ¿No parece que la lucha contra el cambio climático pasa, sobre todo, por un cambio drástico en ellas mismas?

Esta información es una de las más desmoralizantes que puede haber para gente que puede ver lo insignificante de su acción en relación con la dimensión del problema, y de lo mucho que queda por recorrer. Pero, claro, estas empresas (muchas de las cuales han tenido prácticas muy poco edificantes y hasta criminales) no emiten Co2 porque les guste. Lo hacen porque la sociedad lo demanda. Otra cosa es porque se lo pedimos, como está montado el sistema… Lo hacen, desde luego, para ganar dinero, pero si nos escudamos en que hay unas empresas que emiten mucho, y no voy a hacer nada hasta que cambien, no avanzaremos. Si nosotros no cambiamos, no exigimos, pleiteamos…, las cosas no se moverán. Hay que cambiar las cosas con normativa, que tienen que elaborar a quienes votamos, e implicándonos nosotros mismos en algunas cuestiones.

A este propósito, ¿Cabe prever que el desarrollo de energías alternativas va a venir más bien de la mano del mercado y, en consecuencia, de las propias empresas ahora contaminantes, que de la voluntad política?

Esta pregunta está muy presente a la hora de aproximarse a todo esto. Hay gente que considera que tenemos que tener como aliadas a las empresas, y que no va a haber ningún gran cambio sin contar con ellas. En consecuencia ¿Hay que aplaudirlas cuando se van pasando a lo verde? Sí y no, porque el problema está en que gran parte de estas empresas lo van a hacer como marketing, porque lo verde vende, y acabarán ganando más dinero. Está manifiestamente demostrado que el mercado y su “mano invisible” no funcionan, no solo en cuestiones relacionadas con el cambio climático, sino en otras muchas cosas. Con lo cual parece un error tremendo dejar las soluciones y el liderazgo del cambio en manos de las empresas. Lo que se necesita es un marco político regulatorio muy potente. Hay una cosa que me gusta mucho de Naomí Klein, que viene a decir que en los 60 y en los 70, cuando había un problema medioambiental, se establecía una normativa, y las empresas tenían que cumplirla. Ahora confiamos en que encontrarán formas más eficientes de producir, que compitiendo entre ellas pueden mejorar… Sí que, en último término, está pendiente un cambio en el sistema, que va más allá del cambio climático. Y parece de sentido común que no debemos sustituir un oligopolio energético fósil por otro renovable. Necesitamos una energía cercana, democrática, con esquemas de gobernanza completamente distintos de los actuales, porque si no seguiremos en las mismas, aunque la energía sea muy verde.

¿Cuál es la foto actual del cambio climático y de la toma de conciencia respecto a él?

Decíamos en 2015, al calor del Acuerdo de París, que habíamos logrado la hegemonía climática, que la toma de conciencia respecto a él había pasado a ser casi un mainstream. Desde entonces han pasado muchas cosas, incluidas las movilizaciones en años posteriores, que han contribuido mucho a ser conscientes del problema. Hace aún poco tempo, había muy pocos libros sobre la cuestión. Pero frente a visiones, digamos excesivamente optimistas, como, por ejemplo, la de que los jóvenes se han levantado, o que la gente está muy concienciada, hay que hacer un ejercicio de realismo. Cuidado con los espejismos que parecen decirnos que todos estamos movilizados. No es lo mismo la información necesaria para entender las bases del cambio climático, que la información necesaria para actuar frente a ese cambio. Creer que un problema es importante no significa que tengas que enfrentarte a él, exigir soluciones, pedir responsabilidades. En cualquier caso, hay cosas de las que se está hablando mucho más como, por ejemplo, el cambio de dieta o los litigios climáticos.

¿Este cambio de percepción del que estamos hablando no conlleva una sustancial cura de humildad de la propia condición humana, en relación con el entorno?

Nos está costando mucho, mucho, asumir que somos un animal más, una parte más del entramado de la vida en el Planeta, de la biosfera. Sí que somos un animal que tiene características muy particulares de modificación del entorno, pero somos un animal más. Es sorprendente la desconexión que hay con lo que supone la vida. Hay mucha gente que ve la naturaleza desde un punto de vista puramente utilitarista, lo cual contribuye a la incapacidad para percibir los umbrales, los puntos a partir de los cuales se modifica un sistema, sin vuelta atrás. Hemos gestionado la naturaleza y nos hemos salido con la nuestra. Hasta que lo trastocamos demasiado, el sistema cambia, y no podemos hacer nada. Podemos dominar muchas cosas, pero otras muchas no y, de hecho, podemos fastidiar mucho más de lo que podemos arreglar a gran escala.

¿Por dónde pasa el eje izquierda-derecha en estas cuestiones, si es que pasa?

Tengo muy claro, que la mayor parte de soluciones sistémicas al cambio climático se alinean de forma clara con las propuestas de lo que podemos llamar izquierda: redistribución, cambio igualdad, justicia social… También parece claro que gran parte de lo que no ha funcionado está asociado a la derecha, como el individualismo extremo. De todos modos, que la izquierda esté más dispuesta a afrontar el cambio climático no significa negar a la gente de centro o de derechas la posibilidad de preocuparse e intentar hacer cosas. Me gustaría mucho discutir con gente de derechas sobre cambio climático. No sobre si existe o no, que es un debate muy superado, sino sobre respuestas concretas. Tengo muy claro quien quiero que lidere este cambio, pero es verdad que, si todos los partidos coinciden en que esto es importante, la acción va a ser mucho más fructífera.

¿En manos de quién está en este momento el mango de la sartén climática?

Por desgracia, sigue habiendo una presencia desmesurada de empresas del oligopolio fósil, a escala mundial. Muchas decisiones geoestratégicas se siguen tomando en clave de la disponibilidad de estos recursos y de la previsión de seguir usándolos. Me gustaría pensar que, al menos en la Unión Europa y otros países se está generando una conciencia de que los gobiernos tienen que ser capaces de marcar el rumbo. Es verdad que se están haciendo planes de recuperación de redes, carbonización…, pero se ha apostado mucho por la mejora de procesos tecnológicos, por las empresas El poder económico, en fin, sigue teniendo esta sartén por el mango, pero hay síntomas de un resurgir de las iniciativas públicas, como el Acuerdo de París que, con todas sus insuficiencias, es muchísimo mejor que el de Kioto.

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