El insoportable egoísmo de la clase política catalana

Los políticos catalanes -y no solo los catalanes- parece que no tocan de pies a tierra y que han perdido el mundo de vista. No entienden lo más elemental: están donde están y ocupan los cargos que ocupan por la voluntad soberana de la gente, expresada democráticamente a través de las urnas. Fueron escogidos para representar y dar respuesta a los anhelos de la sociedad; su mandato es provisional y tiene una limitación en el tiempo, precisamente para evitar la tentación de los abusos de poder.

Harían bien nuestros políticos de bajar de la nube donde flotan y abrir los ojos a su alrededor. Constatarían el enorme trauma que vive la gente a causa de la pandemia y las grandes dificultades que pasa la inmensa mayoría de la población a causa de los estragos económicos que provoca. Son contadas las empresas que consiguen resistir el impacto de esta crisis sanitaria y el empobrecimiento súbito afecta a muchas familias que hasta hace poco eran acomodadas (pequeños empresarios, comerciantes, autónomos…).

El azote de los ERTEs y de los ERES está diezmando a la clase trabajadora y sectores enteros, como por ejemplo los vinculados a la actividad turística, han quedado devastados. Solo los políticos, los funcionarios, los trabajadores públicos y los que están vinculados al mundo de la sanidad, de la alimentación o de la producción agroalimentaria parece que tienen garantizada la ocupación. ¿Cuántas familias consiguen sobrevivir hoy gracias a las pensiones, a menudo muy exiguas, de los abuelos?

En este contexto, los enormes salarios que cobran puntualmente cada final de mes los políticos catalanes y todo el enjambre que les rodea -asesores, cargos de confianza, altos funcionarios…- constituyen un insulto a la inteligencia y a la decencia pública. Ellos mismos tienen la potestad de fijar sus remuneraciones y ya hemos visto que no tienen ninguna intención de mostrar la más mínima empatía ni conmiseración hacia el pueblo que les ha votado y que sufre en carne viva los efectos de esta catástrofe.

Para los políticos catalanes, la pandemia es como si no existiera. No se han dignado a rebajar sus faraónicos salarios ni un solo euro para tener un gesto de generosidad con las angustiosas necesidades que tiene la sociedad. Y no solo esto. Los diputados del Parlamento de Cataluña tienen la jeta de continuar cobrando las dietas por el hecho de vivir fuera de Barcelona, aunque todos estos meses se hayan quedado en su casa.

La nómina de organismos como la Generalitat, las diputaciones o los grandes ayuntamientos, empezando por el de Barcelona, es escandalosa, si tenemos en cuenta los momentos de extrema precariedad que pasamos en Cataluña. El ex presidente Quim Torra mantiene una asignación de 122.400 euros anuales después de abandonar del cargo; los directores de TV3 y Catalunya Ràdio se embolsan, cada uno, 116.038 euros; más que los consejeros de la Generalitat, que cobran 115.517 euros “per cápita”; el caradura del Síndic de Greuges, Rafael Ribó, que tiene el cargo caducado, les gana a todos: 129.216 euros anuales.

Solo son una muestra de la obscena dilapidación de recursos públicos que van a parar a las cuentas particulares de nuestra clase política que, eso sí, se llena la boca con palabras grandilocuentes como “solidaridad” o “lucha contra la desigualdad”. Casos como estos que he mencionado, hay a centenares en Cataluña. Se tiene que tener la cara de cemento para cobrar estas cantidades astronómicas mientras tanta gente pasa la vergüenza de hacer las ominosas “colas del hambre” para conseguir alimentos para ellos y sus familias.

¡Y son políticos! Una noble tarea que tiene un inherente componente de vocación de servicio a la sociedad, pero que ha sido prostituida por la corrupción, la mentira, el sectarismo partidista y el oportunismo más asqueroso. Si tuvieran solo una brizna de decencia, los políticos catalanes habrían renunciado, desde hace meses, a sus escandalosos salarios o se habrían aplicado una rebaja sustancial para dedicar el dinero a subvenir las necesidades de las personas que han quedado destruidas por la pandemia.

Pero, no. Son como el Mr. Scooge del cuento de Charles Dickens. Todo para ellos. Los pobres les molestan. Saben que en el sector privado nunca encontrarían, en función de sus capacidades, una nómina tan exorbitante como la que cobran actualmente y aprovechan hasta el último euro y hasta el último minuto. Su única preocupación vital es continuar enchufados a la teta pública el máximo de tiempo posible.

Denunciar esto no es hacer populismo. Es denunciar la lacra del egoísmo y de la irresponsabilidad que, desgraciadamente, caracteriza, desde hace demasiados años, a la clase política catalana. Presumen de ser unos grandes demócratas y solo son unos miserables sinvergüenzas.

Merecen la repulsa pública, siempre y en cada momento, hasta que aprendan la lección. Deben saber que la sociedad –todo el mundo- abomina su insoportable insensibilidad y mezquindad en esta coyuntura crítica.

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