El voto electrónico, Barça y la nueva normalidad

El 11 de noviembre, el colega de Mundo Deportivo Edu Polo publicó un interesante tema titulado «La viabilidad del voto electrónico, a debate». La revisión del posicionamiento de los distintos candidatos a la presidencia del FC Barcelona en relación con este tema, que por el momento ni los estatutos del club ni la ley del deporte contemplan, ayuda a ser conscientes de que poder votar telemáticamente estará en el orden del día durante un buen tiempo. No sólo en relación con las elecciones al Barça, sino también para facilitar la participación en futuras elecciones al Parlament.

En Catalunya hay tres proveedores de esta tecnología: Acrònim, éKratos y la que implementó el sistema que permitió a Joan Canadell llegar a la presidencia de la Cámara de Comercio, el gigante caído Scytl. En 2014, uno de los principales expertos en innovación del país, Xavier Ferràs,explicó que la empresa fue uno de los grandes éxitos del sistema de innovación de Catalunya, más aún cuando Paul Allen invirtió en ella 40 millones de euros. Pero este año, después de una expansión internacional con demasiado riesgo y entrar en concurso de acreedores, la compañía ha sido comprada por el grupo irlandés Paragon.

Independientemente de la opinión que el lector tenga sobre estas empresas, lo cierto es que la tecnología existe y puede funcionar correctamente si hay buenos ingenieros en la sala de máquinas. Por eso sorprende tanto que, en un contexto de pandemia, todavía haya pre-candidatos que justifican no aplicar el voto electrónico por una simple cuestión jurídica: por estatutos y por ley. Emocionalmente, podía entender las reticencias de Carles Tusquets en implementarlo: Tusquets es un gato escaldado. Pero, más allá de las reticencias personales del representante del establishment en la Cámara de Comercio, creo que sería un signo de normalidad institucional que el debate sobre el voto electrónico estuviera sobre la mesa del club, en estas elecciones y en las siguientes.

La implementación progresiva del voto electrónico en todos los ámbitos de la toma de decisiones de la sociedad debería ser una consecuencia directa de la pandemia, una evidencia de la «nueva normalidad». En el caso de las elecciones del FC Barcelona, ¿qué sentido tiene para una marca que dice ser global tener que elegir a sus líderes con un sistema de votación presencial, aunque sea descentralizado? Si el temor es que el voto electrónico permita a los actores que podrían estar demasiado desconectados de la sociedad de referencia de la entidad entrar en la competencia electoral, creo que todos son lo suficientemente mayores como para entender que los estatutos tienen otras formas de encorsetar quien puede ser (o no) candidato. Sin ir más lejos, desde 2012 el Real Madrid pide veinte años de antiguedad para los presidenciales y un aval del 15% del presupuesto vinculado exclusivamente al patrimonio personal.

Si el club está a favor del derecho a decidir, y es este derecho el que nos permite trazar uno de los valores más compartidos por todo el barcelonismo, la no revisión del sistema de votación durante el próximo mandato sería, literalmente, una contradictio in terminis. Por lo tanto, creo que es ideal que más allá de llenarnos todos la boca con «más democracia» o algo «fuera de los estatutos o de la ley» -debate superado por los acontecimientos, la tecnología y la ciencia política- también haubiese un análisis sereno de quién se beneficiará más o menos de la aplicación de este sistema de votación. Parece demostrado desmoscópicamente que el voto máscruyffista está más disperso por el país que por la gran metrópolis; por no hacer una relación directa entre los socios más cercanos al laportismo con ese voto políticamente más cercano a la independencia más radicalizado: llamadle como queráis, unilateralista o independentista hiperventilado.

La implementación del voto electrónico en futuras elecciones en el club, en un contexto donde no habrá público en el estadio y la COVID-19 genera temores, habría sido la única manera de fomentar verdaderamente la participación: de demostrar que cada socio es propietario de la entidad en pie de igualdad. Una descentralización de los centros de votación controlada de arriba hacia abajo es fácil que caiga en el gerrymandering. Y, supuestamente pensar que la gestora ha organizado la votación para beneficio de algunos es más grave que correr el riesgo que siempre existe cuando se dejan las cosas en manos de la tecnología. Aunque Tusquets pueda pensar lo contrario.

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