Messi como alegoría

La despedida repentina, aunque después frustrada, del icono azulgrana dejó en estado de shock a una buena parte de la sociedad catalana. La continuidad sólo es temporal y a regañadientes. Más allá de lo que es estrictamente futbolístico, esta huída a plazos tiene algo de fin de época y de escenificación de la caída de los dioses. La evidencia también de que los amores no suelen durar para siempre jamás y que la gente consentida tarde o temprano se acaba comportando como tal. De repente, todos aquellos valores y particularidades que habíamos exhibido para justificar nuestra idolatría hemos visto que sólo estaban en nuestra imaginación y eran un producto de nuestra fantasía. Es cómo si nos hubiésemos enterado de manera brutal de que los Reyes son los padres. El sueño en el que estábamos instalados ahora se ha desvanecido.

Después del luto, tendríamos que ir asumiendo que ya no somos tan únicos y especiales y que sufrimos, desde hace tiempo, una evidente declinación como país que va mucho más allá de las ocurrencias del niño mimado, de la mala gestión de la directiva azulgrana o de la humillación a que nos sometieron unos futbolistas bávaros. Hemos estado instalados, y muchos todavía lo están, en una burbuja de irrealidad. "El mundo nos mira", afirmaban algunos de manera aspiracional, pero en realidad nos mira poco y cada vez nos considera menos. Nos hemos convertido en un país realmente pequeño, no de dimensión física, sino de horizontes, de proyectos y de planteamientos.

Apelando a una Arcadia feliz, nos hemos estancado socialmente y económicamente, mientras, lógicamente, el resto del mundo no se detenía. Hemos continuado viviendo de la inercia del pasado, pero nuestra velocidad de crucero ha ido menguando hasta evidenciar la situación estancada y mediocre en la que nos encontramos. Anestesiada buena parte de la sociedad civil organizada, poca gente se ha atrevido a decir públicamente que no íbamos bien, que nuestra economía perdía competitividad, que nos atrasábamos faltos de apuestas innovadoras, que la sociedad se fracturaba, que nos íbamos convirtiendo en prisioneros de nuestro narcisismo.

No hace mucho que el Círculo de Economía alertaba de la falta de políticas sociales y económicas en Catalunya y reclamaba una reacción y recuperar la suma de esfuerzos para dar viabilidad futura al país. Hace unas cuántas semanas que un grupo de reputats economistas lanzó un manifiesto reclamando un replanteamiento económico global en Catalunya y la recuperación de una necesaria e inexistente política
industrial (de cualquier política, añadiría yo), la cual se tendría que fundamentar ahora en el conocimiento y la innovación. Recientemente, dos profesores de la London School han explicado, con datos, el declive de la economía catalana en relación y como contrapunto de la madrileña, que nos ha superado en términos de PIB, pero también de dinamismo y modernidad.

El capital exterior busca la estabilidad política. Por cada 12 euros de inversores extranjeros en Catalunya, a la comunidad de Madrid van 60. Y eso no ha sido siempre así. El cambio de tendencia se ha producido en las dos últimas décadas. También hace muy poco, la reputada consultora norteamericana McKinsey ha publicado un informe sobre el futuro económico y la ocupación en el mundo en el cual Catalunya sale calificado de territorio estancado y de monocultivo turístico, equiparado, es un ejemplo, con Montenegro. En cambio, el estudio destaca territorios dinámicos e innovadores en España, como serían Madrid, Navarra y el País Vasco. Hace poco tiempo, un trabajo periodístico ha evaluado que, del 2010 acá, el gasto social en Catalunya ha disminuido un 8,8%, mientras que la media española en el mismo periodo había crecido un 14,8%. Datos elocuentes sobre la prioridad o no de combatir la desigualdad y apostar por la cohesión social.

En Catalunya, el anquilosamiento y la decadencia no son fruto del azar, sino de la falta de políticas públicas compartidas y concertadas que pongan la proa hacia el progreso económico y el bienestar de la gente. Demasiado pendientes de la identidad y de vivir jornadas históricas, se ha descuidado la estabilidad política y establecer estrategias y mecanismos de transformación económica y social. Mientras tanto, hemos minorizado instituciones de todo tipo y las hemos puesto al servicio de la idea única, con lo cual han dejado de hacer el papel de alerta que les correspondía.

No paramos de marcarnos goles en nuestra propia portería.

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