Contra Verres

“El cultivo de los campos subsiste más por cierta esperanza y atractivo que no por el fruto y el rendimiento. Y, en efecto, a un éxito dudoso y eventual se consagra anualmente un trabajo cierto y unos gastos ciertos. Además, el trigo apenas tiene precio, si no es en un año de carestía; y si, contrariamente, ha habido abundancia de fruto, viene fatalmente la depreciación; de forma que, una de dos: o tienes que malvender, si ha habido buen año, o para vender bien, tienes que haber cosechado poco. Todas las cosas del campo son de tal índole, que no las gobierna el cálculo o el trabajo, sino las cosas más inciertas como son los vientos y las variaciones del tiempo”. Cicerón retrató hace más de 2.000 años con toda crudeza los afanes y los problemas de los agricultores del siglo I a. C.. En el fondo del fondo, poco han cambiado las cosas.

Marco Tulio Cicerón (Arpinum, 106 a.C. – Formia, 43 a.C.), orador, escritor, abogado y político, fue una personalidad relevante en el doloroso tránsito de la república romana al imperio. Protagonizó un brillante “cursus honorum”: cuestor en Sicilia, edil curul, pretor urbano y cónsul, etapa ésta que dio lugar a las famosas “Catilinarias” contra la conjuración de Catilina. A pesar de ser denominado “pater patriae”, el Tribunal de la plebe lo condenó al exilio en aplicación de la Ley Claudia. De regreso a Roma, apoyó a Pompeyo contra César en la guerra civil, a pesar de que éste le perdonó la vida. Su oposición a Marco Antonio (a través de las conocidas “Filípicas”) le fue fatal, puesto que éste lo hizo ejecutar en Formia.

Uno de los vectores dominantes de su actuación pública fue la lucha contra la corrupción política. Destaca la acusación directa contra Verres, pretor de Sicilia. Marco Catón, el sabio, afirmaba que Sicilia “es el granero de nuestra república, la nodriza del pueblo romano”, una provincia especialmente dedicada a la agricultura cerealística. Cicerón defendió a los sicilianos contra el terrible expolio que el pretor les infligía. Precisamente, Cicerón dice de ellos: “En nada se asemejan a los otros griegos: no hay entre ellos nada de desidia, nada de lujo…”.

Por la Lex Hieronica, Roma imponía el diezmo (la décima parte de la cosecha) para el Estado. Verres convirtió la exacción de impuestos en un negocio personal. Fue implacable: “Una tal cantidad de trigo están obligados a dar por orden tuya. Esto no es suficiente: les exiges dinero. Te lo dan. Es poco. Mandas que libren a título de beneficiario del diezmero 30.000 sestercios. Así es que de una sola ciudad por la violencia, las amenazas, la tiranía y la injusticia del pretor se sacan 30.000 medimnes de trigo y, además, 60.000 sestercios”. Y continuaba Cicerón: “En este asunto de los caudales públicos, jueces, hay tres tipos de robo: primero, este dinero fue depositado en aquellas sociedades que lo habían librado y sacó un interés usurario del 2% al mes (triplicando el que era permitido); segundo, en muchísimas ciudades, a cambio de trigo, no pagó nada; tercero, si en alguna ciudad pagó, rebajó la cuenta todo el que le plació, y además no pagó todo lo que debía”.

El dedo severísimo de Cicerón acusa directamente a Verres: “Declaro que tú de Siracusa exportaste grandísimas cargamentos de oro, de plata, de marfil, de púrpura, grandes cantidades de tejidos de Malta, muchísimos tapices, mucha vajilla de Delos, muchos vasos de Corinto, trigo y miel en abundancia; y por todas estas mercancías no se había pagado aduana, por lo que Lucio Canulei, encargado de percibir los derechos del puerto, escribió cartas a la sociedad”. Y añade: “¿Qué es más equitativo, que posea la hacienda quien la ha adquirido trabajando con las propias manos, o aquel otro que se la quedó en la subasta solo levantando un dedo?”.

Cicerón concluye, tajante: “Esta fue la distinción, esta la diferencia de clases que estableciste durante tu pretura: los agricultores, esclavos; los esclavos, publicanos (recaudadores)”. “¿Cómo se explica que Verres con Apronio haya llevado a la provincia de Sicilia más calamidad que Asdrúbal con el ejército de los cartagineses (la 1ª guerra púnica), o Atenión con sus innumerables esclavos fugitivos?” (la 2ª rebelión de los esclavos).

La corrupción generalizada era un terrible azote para la sociedad romana y un peligro para la estabilidad de la república. La sentencia de Cicerón nos concierne todavía hoy: “Están de luto todas las provincias; se lamentan todos los pueblos libres y todos los reinos reclaman satisfacción por nuestros excesos y nuestras injusticias; hasta en el océano ya no queda ningún lugar ni tan remoto ni tan escondido, donde a estas alturas no haya llegado la avaricia y la iniquidad de nuestros hombres; el pueblo romano ya no puede sostener sino el luto, las lágrimas, las quejas de todas las naciones”.

Las conclusiones que podemos extraer avanzado el siglo XXI, es que quien abastece los alimentos a la población, los agricultores, tampoco ahora son reconocidos y valorados como haría falta y siguen expuestos a la inseguridad económica; y por otro lado que, a pesar del progreso general, el cáncer de la corrupción no ha desaparecido de nuestras sociedades contemporáneas y debilita y erosiona las instituciones públicas hasta poner en peligro la estabilidad y la democracia.

Todos tendríamos que ir “Contra Verres”.

                                                            

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