La pandemia en un estado en quiebra

La segunda oleada de la pandemia´ha vuelto a hacer zozobrar nuestra cotidianidad. Cuando parecía que empezábamos a salir del pozo, la llegada del frío ha hecho más violento el virus y el general invierno nos recuerda que sus derivadas han sometido a más de un ejército victorioso. La segunda oleada no sólo está haciendo estragos en España, sino que otros países europeos tampoco están mucho mejor: Francia o Bélgica, sin ir más lejos. Quizás ahora veremos que la pandemia tampoco se ha gestionado peoren España que en otros lugares, y que esto de tener que conciliar la economía con la gestión sanitaria es más difícil de lo que algunos se piensan o nos han explicado.

Pero no lo tengo claro. El inicio de esta segunda oleada nos ha vuelto a mostrar las vergüenzas del país. Por un lado, la Comunidad de Madrid ejemplifica a la perfección que el trumpismo made in Bannon rompe con los estándares más ortodoxos del sistema y se asienta como una de las dinámicas de futuro de la política española. No sólo a través de Vox, que tuvo su momento de gloria defendiendo su moción de censura, sino que el aznarismo que representa la presidenta autonómica Díaz Ayuso cada día se aproxima más a las tesis derivadas del instituto Dignitates Humanae, la pseudoacadèmia europea de formación de líderes populistas y ultranacionalistas dirigida por Benjamin Harnwell, que pidió a Steve Bannon que preparara un currículum formativo a medida.

En Madrid hemos comprobado cómo, uno tras otro, los técnicos de Salud de la Comunidad han dejado plantado a un gobierno más preocupado por la supervivencia política que no por la vida de los ciudadanos, más preocupado por contraprogramar al Ejecutivo de Pedro Sánchez que no por cooperar en la lucha contra la pandemia. La gestión de la pandemia es efectiva –entre otras cosas– cuando hay un liderazgo técnico sólido, que sea capaz de hablar con autoridad ante políticos, ciudadanos y prensa. Por mucho que los medios más conservadores hayan intentado desgastar a Fernando Simón, el Ejecutivo central hizo bien de cubrir la retaguardia con la autoridad de un científico, igualmente como el de Catalunya ha descubierto que la llegada de Josep Maria Argimon ha sido capital para poner orden en el desaguisado. En crisis como esta, como recordaba el doctor Bonaventura Clotet en el programa FAQS, el liderazgo tiene que ser indiscutiblemente técnico.

Por otro lado, sin embargo, esta segunda oleada ha evidenciado nuevamente que las decisiones políticas no siempre han sido las que los técnicos pedían. O, cuando menos, han sido más lentas de lo que se esperaba. Bajo las indicaciones técnicas, los responsables políticos tienen que hacer equilibrios felinos para conciliar a todos los actores en juego, para gestionar la complejidad de la vida cotidiana. Pero esta segunda oleada nos ha cogido, nuevamente, con una atención primaria al límite de su capacidad, con una huelga de personal sanitario que se queja de sus condiciones laborales y habiendo avanzado menos de lo que se esperaba en el sistema de rastreo y detección. Aquí sí que se tiene que poner la lupa sobre la gestión política, puesto que, como criticaban los doctores Oriol Mitjà o Bonaventura Clotet, parte de la problemática se puede solucionar con una priorización del gasto diferente.

Parece que la opinión pública europea e internacional tiene pocas esperanzas con la gestión futura del Gobierno español, y algunos medios de comunicación extranjeros –como relataba Xavier Mas de Xaxàs en La Vanguardia– ya hablan de una España fallida que las tensiones politicoterritoriales han llevado al desastre. Pedro Sánchez y las autonomías tendrán una nueva oportunidad de demostrar eficacia en la gestión con las inversiones derivadas de los fondos europeos. Ante una Europa que necesita liderar un cambio de modelo productivo para poner las bases de un crecimiento futuro más sostenible, el reparto de los 140.000 millones de euros no se puede hacer ni con mirada corta ni sujeta al tactismo parlamentario.

De momento, España ha llegado al inicio de la segunda oleada con técnicos descontentos con las decisiones políticas, profesionales sanitarios protestando y una batalla campal entre la Real Casa de Correos y la Moncloa. Por no hablar de la impopular decisión de cerrar bares y restaurantes en Catalunya, mientras que durante el primer fin de semana en que estaba vigente la medida se llenaban los parques naturales de excursionistas y buscadores de setas, y se tapaba el césped de los parques municipales de Barcelona debido a los picnics que se instalaron.

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