«En la contaminación identitaria hay más verdad que en la pureza»

Entrevista a Said El Kadaoui
Said El Kadaoui
Said El Kadaoui

Escritor y psicólogo. Es autor de cinco libros, tres novelas (una de las cuales fue escrita con su amigo Ricard Ruiz) y dos ensayos. El último Radical(s), una reflexión sobre la identidad. Un ensayo vivencial, que va a los sentimientos. En la línea de Soñar y contar, de Hanif Kureishi; o Identidades asesinas, de Amin Maalouf.

¿Por qué todo este recorrido por la identidad?

Este es el último libro de un proyecto de trilogía sobre la identidad que, al final, han sido cinco libros. Me interesa mucho saber quiénes somos, como nos construimos… Supongo que el haber venido de Marruecos e instalarme aquí desde pequeño me ha influido mucho. También mis pacientes, los amigos. Es un tema al que le he dedicado muchos años y estoy contento de haberlo acabado. 

¿Y qué has descubierto?

Algo sencillo, muy básico, pero que es importante recordar: que la identidad es todo aquello que vivimos, desde el país donde naces al que vives, la gente con quien lo haces; de quien te enamoras, los libros que lees… Salman Rushdie decía que la identidad es el origen, el viaje… Y parece que no es fácil de entender, porque mucha gente la circunscribe al origen, a la etnia, a la religión… En cualquier caso, he descubierto que la identidad se trata de un continente elástico…

Dada la cantidad y variedad de elementos que integran la identidad ¿No puede ésta hacerse un constructo difícil de descifrar?

La identidad es algo maleable, que se puede estirar como un chicle. Depende también de la personalidad de cada uno. Cuanto más flexible, más se intenta hacer caber todo lo que se vive en lo que se es. Lo contrario es escindir, separar una parte de ti y no reconocerla. Haber nacido en Marruecos, crecido en Cataluña, hablando catalán, castellano, amazigh. Todo eso construye la identidad.

En cualquier caso, si existe el DNI es porque, digamos, tenemos identidad, la identidad es algo real…

El DNI, aunque incluye el término identidad no refleja, obviamente, toda la identidad, sino solo unos pocos datos: nombre, apellidos, fecha de nacimiento, domicilio… Pero sí que, a partir de esa información sucinta, certifica la identidad de la persona, a efectos prácticos.

¿Por qué los nacionalismos recurren tanto a la identidad?

El nacionalismo identitario apela a una parte de la identidad, no a toda ella. Se circunscribe a las cuestiones que interesan a su proyecto. Y hay que tener en cuenta de donde viene ese proceder. Un país que haya hecho una buena reflexión y asuma todas sus realidades (España, por ejemplo) debería entender que el catalán, el gallego, el euskera se deberían enseñar en toda España, y hablar en el Congreso para evitar que la gente no se atrinchere solo en una parte de lo que es. Entiendo que no todo independentismo es nacionalista y que haya gente que tiene un sentimiento independentista. Pero habría que analizarlo. Lo que parece obvio es que hay una lucha entre nacionalismos, y en España hay un nacionalismo, digamos español, más poderoso que los periféricos, que son más pequeños. Habría que dialogar, mucho, para ir separando el trigo de la paja.

Decía Rainer Maria Rilke, asociando patria a identidad, que “la verdadera patria del hombre es la infancia”.

Teniendo en cuenta todo lo que nos limita el lenguaje, diría que la infancia es muy importante en la identidad, aunque no todo está en ella. En cualquier caso, sí es verdad que los afectos constituyen una parte sustantiva de la identidad. En las relaciones de la infancia, con los amigos se establecen vínculos menos ideológicos y más afectivos. 

¿Se podría distinguir entonces entre identidades inocentes, naturales, y otras más intencionadas?

Si, desde luego. La identidad ideológica, parcial y premeditada, es más constructo, más ideológica… Acercarse a ella, estudiarla, conlleva analizar desde el lenguaje y todos los añadidos. Elementos que, pasados por el tamiz de la biología, en algunos casos, acaban en algo muy simplón.

En cualquier caso, no parece tampoco tarea fácil separar unas querencias identitarias, digamos sanas, de otras manipuladas, interesadas…

Todo es, en definitiva, es político también. Cuando uno escribe, hace política. También cuando siente. Es indisociable la política de la identidad, pero a mí me interesa mucho la verdad de los afectos, y su complejidad. Una de las cosas que he querido destacar en todo lo que he escrito, y en este libro especialmente, es que no debemos correr separar El Nosotros (los autóctonos, los ciudadanos) del Ellos (los inmigrantes, los demás). En muchas ocasiones, nos unen más cosas (aunque parezca un eslogan simple) de las que nos separan. Las personas queremos, tenemos afectos… En eso somos iguales, seas de donde seas, vengas de donde vengas y hables la lengua que hables.

En los tiempos que corren, los humanos, hiper-conectados, disponemos de muchísimas más posibilidades de conocernos, interactuar y entender mejor a los otros

Cuando Freud, hablando de la identidad judía, decía que Moisés no era judío sino egipcio, provocaba dolor a una parte de la trinchera de la identidad judía pura. Pero hay que tener muy en cuenta que la identidad, más que verdades eternas, es movilidad, cambio, interinfluencia… La contaminación entre identidades no es que sea buena o mala, sino la pura realidad. Te puede gustar más o menos, pero en la contaminación hay más verdad que en la pureza.

¿Barcelona, que se enorgullecía de su cosmpolitismo, es ahora un ejemplo de identidades múltiples, cruzadas…, en las que la condición de barcelonés, quizá como la del nuevayorkino, trasciende de lo catalán e incluso de lo español para adquirir personalidad propia?

Todo el mundo tiene una identidad múltiple. Con la emigración es más fácil de ver. Si digo que vengo de Marruecos y que me he criado en Cataluña, es normal que diga que soy marroquí y que soy catalán. Pero esto lo puede decir cualquiera, porque yo nací en este pueblo y crecí en este otro. O mi lengua materna es esta y en el colegio aprendí esta otra; o soy mujer u hombre, homosexual, judío, musulmán o cristiano. Todos tenemos una identidad múltiple, pero tampoco tenemos que caer en el relativismo de que todo es tan amplio que no se puede definir. Las personas necesitamos definirnos, tenemos afectos, pero como nos relacionamos, conocemos nuevas cosas, nuestra identidad se modifica.

¿Cómo la vida misma?

Sí. Venimos del clan, del grupo que decía lo que tú eras y como tenías que comportarte, y todo esto se ha estirado tanto, por suerte, que hemos pasado a la condición de ciudadanos, que quieren ser libres. Hemos superado lo pétreo de los roles: la mujer en un sitio y el hombre en el suyo, etc. Hemos ampliado el espectro hasta cuestiones como las identidades de género y sexuales. Pero, a la vez que nos enriquecemos, hay una parte, tanto individual como grupal que, a veces siente miedo y se atrinchera. Estoy muy contento de que hayamos pasado del clan al ciudadano, aunque hay que reconocer que, como dice Todorov, que el incremento de la complejidad genera más miedo.

La religión es una de las grandes señas de identidad ¿Existe una especial vinculación entre ambas?

Hay algo que hacemos todos, los grupos, las personas…, que es convertir nuestra visión del mundo en una Iglesia. Steiner lo llama “nostalgia del absoluto”. No solo con la intención de instrumentalizar sino, a veces, de forma natural, todo puede convertirse en una religión y una Iglesia. Por eso no solo hay que indagar en la ideología de los otros, sino que tenemos que preguntarnos a nosotros mismos si estamos convirtiendo las ideas en un credo, con la pretensión de que lo explique todo. Para no exacerbar el nacionalismo resulta muy positivo recurrir a los afectos. Se quiere aquello que se conoce, y hay que hacer esfuerzos por conocerlo. Todos, incluidos los científicos, tenemos que hacer un esfuerzo para situar las cosas en su sitio, mediante el pensamiento crítico, la amplitud de miras. Siendo agnóstico y laico, este libro lo que he querido escribir como marroquí, musulmán y europeo para, entre cosas, poder ser autocrítico con el discurso musulmán.

¿La identidad, entonces, no es un fósil, sino todo lo contrario?

Si hay quien se aferra al pasado, a lo inamovible, pero la identidad es justamente lo contrario. Es algo vivo, permanente, en continuo cambio. En esto, como decía Arrabal, “no tengo raíces sino piernas”. Creo que Cardús también dice que hay que pasar de la metáfora de la raíz a la del cuerpo, que se mueve. La identidad es la adquisición de aquello que vas viviendo, una conquista.

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