La fórmula vasca y el caso catalán

Catalunya, más pronto o más tarde, votará en unas nuevas elecciones sus representantes en el Parlament. Es evidente que Quim Torra y Carles Puigdemont quieren aprovechar la posible inhabilitación del presidente catalán para apelar al votante independentista más fiel y evitar que Esquerra Republicana pueda controlar la presidencia de la Generalitat. Se da, sin embargo, la paradoja de que, después de haber fracasado por segunda vez el acuerdo de gobierno entre el espacio postconvergente y los republicanos, ambas fuerzas, pese a los reproches constantes, aseguran que se tendrán que poner de acuerdo de nuevo de cara a un futuro ejecutivo (si la aritmética parlamentaria lo permite). Conviene recordar que Oriol Junqueras pasó de ser el líder de la oposición durante el último mandato de Artur Mas a ser el vicepresidente del Gobierno de Puigdemont, que entonces militaba en CDC, como su predecesor.

La destitución de la consejera Chacón por ser asociada del PDECat, la división entre Junts per Catalunya y el partido liderado por Bonvehí o la irrupción del Partido Nacionalista de Catalunya (PNC) ilustran la fuerte intransigencia y el creciente sectarismo de los actuales miembros del Gobierno catalán, así como que la exclusión que sufrían por parte de la Generalitat los votantes de las fuerzas no independentistas se ha trasladado últimamente al espacio soberanista. Así mismo, Junts per Catalunya y Ciutadans continúan fomentando la confrontación y la polarización que tan buenos resultados les dio en 2017, y siguen apostando por una victoria por la mínima que les permita lograr su objetivo político y que, en consecuencia, suponga la rendición de la otra mitad de catalanes.

Con este escenario en Catalunya, el pasado 1 de septiembre el Partido Nacionalista Vasco (PNV) y el Partido Socialista de Euskadi (PSE) reeditaban el gobierno de coalición de la legislatura pasada con una hoja de ruta basada en cuatro grandes ejes: reactivar la economía vasca; garantizar la salud, los servicios públicos y las políticas sociales; apostar por una transición energética y climática justa; y trabajar por más y mejor autogobierno. El acuerdo entre el nacionalismo moderado vasco y el socialismo, aparte de suponer una mayoría absoluta para ambas fuerzas políticas, permite colocar los problemas de la ciudadanía como primera prioridad, preservar la pluralidad política y evitar la polarización social. Ni siquiera las diferencias en relación en cómo se tiene que abordar la reforma del Estatuto de Gernika han sido un escollo para lograr el acuerdo de legislatura. ¿Firmaríamos en Catalunya un acuerdo así hoy en día?

El Gobierno catalán persiste en su idea de confrontación permanente y dificulta cada vez más que se pueda lograr un pacto (cada vez más necesario) en el seno de la sociedad catalana. Para lograr este acuerdo, que tendría que permitir una cierta reconciliación entre la ciudadanía catalana, serán necesarias la voluntad y la complicidad de actores políticos del ámbito independentista y del no independentista. En este sentido, hay que partir de la premisa de que ni los votantes independentistas ni los que no lo son desaparecerán y que los grupos parlamentarios que apoyan al Gobierno catalán tienen un interés escaso en abandonar las trincheras y buscar puntos de encuentro con la oposición para rehacer la unidad civil de Catalunya.

Actualmente, el PSC y los comunes en el espectro de la izquierda y el PNC y Units per Avançar en el ala conservadora han hecho algunos pasos para intentar rebajar la tensión y rehacer los estragos sociales que provocaron los hechos de 2017. Habrá que ver si el PDECat se adhiere a esta dinámica. Seria interesante que los cuatro diputados del Partido Demócrata en el Congreso se sumasen a la negociación de los presupuestos estatales, puesto que esto supondría una enmienda a la totalidad a la estrategia de enfrentamiento total marcada desde Waterloo
y un giro hacia posiciones más pragmáticas.

Reconozco la dificultad y la complejidad de la empresa, pero no nos podemos permitir ni una legislatura como el anterior ni una como el actual. El clima de reproches y confrontación permanente que desean principalmente Junts per Catalunya y Ciutadans, pero también ERC, hace más necesario que nunca abrir espacios de diálogo, encuentro y entente.

El espíritu del pacto vasco, que tiene en cuenta a los nacionalistas y a los no nacionalistas, tendría que ser el camino a seguir.

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