«Guanya’t el cel amb el Pare Manel»

Del Diccionari general il·lustrat de la nova pesta i dels vells empestats

cielo v. ep. a. C. De la Fundación Pare Manel («Guanya’t el cel amb Pare Manel»).

Mira el reloj gris, de un patrón común de horas sin hombros.

No mira la hora. Solo observa el dulce rumor de un tiempo que pasa. Los ingleses utilizan el verbo gaze para mirar sin ver.

Le pita el móvil. Suena como una gaita escocesa.

Manel Pousa (Víznar, Granada, 1945), el Pare Manuel, es Don Quijote de la Mancha, vagabundo, alma salvaje destinada a subir pendientes. Con una vocecita meliflua y fraternal que se le amarra en la garganta como una cuerda o una vara. Frente clara de carbón vegetal, dientes de avellano, su tibia mirada de reojo se pone como un café sobre el mostrador. De acompasadas proclamas, que son eje, dice verdades con la férrea convicción de las palabras sagradas, palabras como viento y libertad.

Dice el Pare Manuel: «La necesidad aumenta la colaboración. Me entero de casos. Vienen a pedir comida en el centro abierto [Centre Obert Muntanyès], l’esplai de la Fundació».

Constituida en 1993, la Fundació Pare Manel Guanya’t el cel amb Pare Manel»), de la que Manel es presidente, «es una institución sin ánimo de lucro, arraigada en los barrios de Verdum y Roquetes de Barcelona [Distrito de Nou Barris], que desarrolla y lidera proyectos de acción social y educativa».

De paremanel.org: «Nuestra acción preferente es trabajar con personas, niños, jóvenes y familias que están en situación de mayor vulnerabilidad».

La Fundació se mantiene por las aportaciones públicas y privadas, y no le hace ascos a nada. Sin ir más lejos, CaixaBanc patrocina el programa «Proinfancia» («Enfoque holístico»).

En la sede de la entidad, en Via Favència, 244, frente a un patio interior con juguetes, las tablas se amontonan en vertical y en horizontal para dar cabida a los esforzados colaboradores (60) y los miembros de plantilla ( 5).

El Pare Manel mira el reloj. Con los ojos cerrados y pacíficos.

No le interesa la hora. Le interesa la gente.

El renacimiento de la gente, que es la gente que cae y se levanta. Que se atasca, que se para, que contiene, que acumula fuerzas y que vuelve a enarbolar sus sueños, a pesar del rechazo o la crítica o la falta de recursos.

El Pare Manel añade, sentado en la mesa de papelotes con los trípticos del Plan de Barrios («Para mejorar la vida en los barrios»): «No soy modesto, me curé de la modestia. Es muy importante decir que la Fundació es una historia de barrio, un conjunto de factores. No es la parroquia ni la asociación como tal, sino que somos todos».

Al Pare Manel, al Quijote de dientes viejos y enharinadas mejillas, la acompaña su escudero, que es una escudera: Sandra Pardo (Barcelona, ​​1974), vicepresidenta de la Fundació.

Sandra tiene labios de cereza, laureadas manos de estratega y una insobornable propensión a ver «ínsulas baratarias», esperanzas sin batir.

Ella tiene las «llaves del pueblo», que escribiría Cervantes: «Venimos de unos meses de estar en casa [confinamiento por la nueva peste]. A nivel social y económico, lo chungo viene ahora, y va para largo».

Sandra Pardo, la escudera, y el caballero de la triste figura, Pare Manel, conversan sobre los años vividos, los años ciegos, los años de la pobreza en Barcelona.

Manel.—El tercer mundo es para los pobres; el cuarto mundo, para los excluidos.

Sandra.—Roquetes es el barrio de Barcelona con más muertes por coronavirus durante la pandemia. La relación entre clase social, nivel económico, y crisis sanitaria.

Manel.—Repito, hay mucha demanda y poca posibilidad de resolver lo que te piden. Encarnas una figura y todo el mundo pide. Los árboles no dejan ver todo el bosque. Y hay que ver el conjunto. Un alcalde no puede hacer milagros y eliminar de una vez la pobreza. Los colectivos deben ayudar. Si aumentan las redes sociales, vecinales, es por algo…

Sandra.—Una vez más la gente de la calle, humilde, es la más solidaria. Una vez más. Y sin caer en lo naíf, que unos son buenos y otros malos, porque hay gente mala en todas partes. Pero es verdad que la gente sencilla es la que responde. Siempre.

Una vez más, las manos de los invisibles.

Una vez más, los cantos de los perseguidos, «pero no abandonados».

Una vez más, el dolor de los apaleados se expía con el don de la benevolencia.

Una vez más, la amargura encuentra sepultura en la mesa del hambriento.

Qué paradoja.

Una vez más, Quijote y Sancho.

Joan Manuel Serrat, en Vencidos (1969): «Hazme un sitio en tu montura, caballero derrotado […] Ponme a la grupa contigo, caballero del honor».

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