Núria, nos harás mucha falta

El miércoles nos dejó para siempre Núria Gispert. Su partida ha venido acompañada de artículos y testimonios llenos de cariño de personas que destacan su lucha social, su papel como política, dirigente vecinal o activista. Poco se ha dicho sobre su compromiso con los derechos de las mujeres y de la infancia.

Conocí a Núria a finales de los años noventa porque alguien pensó que ella y yo teníamos cosas en común. La propia Núria definió lo que compartíamos la primera vez que nos vimos. Las dos éramos mujeres creyentes, del bando rojo, me dijo y teníamos que trabajar juntas. Unos años después me regalaría un libro sobre los católicos del ejército republicano que en la portada mostraba una mano con una hoz y un martillo que empuñaba también una cruz. Porque ella vivía y llevaba a la práctica ambas luchas como si fueran una sola.

Cuando la conocí, era directora de Cáritas Barcelona. A pesar que tenía poco tiempo libre, se dio el trabajo de mostrarme el lado más oculto de la pobreza que se vivía en el barrio de El Raval, donde la prosperidad de los Juegos Olímpicos no había alcanzado a muchos de sus habitantes que seguían viviendo en una precariedad parecida a la época en que ella era una joven activista.

Una de las primeras historias que me contó fue la de una madre que se prostituía mientras dejaba a sus tres hijas en un colchón que ponía en el rellano de la escalera. Había conocido el caso siendo muy joven, en los años cincuenta, pero varias décadas después la realidad de Barcelona seguía arrojando escenas muy parecidas y ella seguía explicando la historia. Habían miles de mujeres vulnerables abocadas a la prostitución porque como sociedad no les ofrecíamos alternativa. Ella se las arreglaba para encontrarles alternativas en un momento en que la prostitución no formaba parte de la agenda política. El concepto de feminización de la pobreza no se utilizaba pero ella estaba convencida que la pobreza tenía rostro de mujer y que ésta era una de sus manifestaciones más lacerantes. No existían recursos institucionales para acompañar y acoger a las víctimas de explotación sexual, ni a sus hijos e hijas, pero Núria había creado sus propios itinerarios informales que consistían en buscarles un sitio donde vivir y un trabajo en una bolsa de empleo que había montado con personas afines. Ella creía, antes que el concepto de abolicionismo formara parte de la lucha feminista, que todas las mujeres tenían el derecho a no ser prostituidas. Y que como sociedad teníamos la obligación de darles respuesta porque las personas tienen derechos que deben ser cubiertos con políticas públicas financiadas con impuestos, no con beneficencia.

Muchas de estas cosas las escribimos en forma de artículos de opinión que yo le ayudaba a redactar porque ella decidió que, en mi calidad de periodista, la mejor manera en que podía colaborar con su trabajo era ésta. Eran textos en los que Núria intentaba hacer lo que Quico Trillas ha definido en relación a ella como “política en minúsculas”. Una forma de hacer política que no busca el protagonismo ni grandes titulares sino la verdadera transformación social a través de pequeñas conquistas, aquellas que tenemos a mano cada día. Nunca discrepamos en los textos ni en las ideas, sólo topábamos con la exigencia que ella, en su calidad de directora de Cáritas, tenía que citar siempre versículos del Nuevo Testamento que no siempre sabíamos como encajar en las problemáticas complejas y dolorosas que intentábamos plasmar en papel.

Hace unos días ordenando libros encontré uno escrito por ella, Por una globalización sin excluidos. Vivencias en torno a la inmigración. En la dedicatoria me recordaba que había estado a su lado en diferentes etapas de la vida “pero en todo momento con el objetivo compartido de luchar por un mundo donde no hayan personas excluidas”. Era una forma de recordarme, de la misma manera que hizo el día que nos conocimos, que este tenía que ser siempre el objetivo: trabajar por los demás más allá del lugar que ocupemos en cada momento. Ella fue un ejemplo de todo esto. Empleándose a fondo para erradicar los barrios de chavolas siendo regidora. Creando fórmulas creativas para combatir la desigualdad y la pobreza siendo directora de Cáritas. Arrastrando siempre a las personas que le rodeaban para trabajar por un mundo mejor con entusiasmo, convicción y generosidad.

Nuestra última aventura juntas fue compartir espacio en la lista del PSC en las elecciones autonómicas de 2017, una tarea que ella asumió con ilusión, como todo lo que hacía en esta vida. Miquel Iceta decía este viernes que su legado siempre nos iluminará como una llama llena de esperanza.

Que la tierra te acoja, compañera. Nos harás mucha falta.

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