Los turistas ‘homeless’

El escudo del Fútbol Club Barcelona con la tonalidad del ruibarbo y de la pitahaya.

Un llavero con el viejo escudo del Barça.

«Era una tontería, pero tenía un gran valor sentimental. Me lo dio mi padre», glorifica Eduardo Saus (Barcelona, ​​1961), con la barba de Adams, aquel de la serie de los setenta The life and times of Grizzly Adams. Recuperado de La Jungla, como él dice: de La Calle.

Desde el 2018, Eduardo Saus ha vivido en la calle, en los porches de la parte de atrás de la Estació de França, en el Passeig de la Circumval·lació, junto al parque zoológico.

«El llavero de mi padre lo llevaba siempre conmigo. Estando dormido, me lo robaron», prosigue Eduardo, recuperado de La Jungla, bordeando el acantilado de las depresiones, con cuidado para no caer.

La Jungla es La Calle.

El pez pequeño se come el pez aún más pequeño.

El pez grande se come todos los peces pequeños.

Los peces pequeños son los homeless del mar.

Durante dos décadas, Eduardo se desempeñó como conserje subalterno de instituto, en el entramado de colocaciones de secundaria del Departament d’Educació de la Generalitat de Catalunya.

«Llegó la directora general de recursos económicos y dijo: “Demasiada gente para tan pocos puestos de trabajo”. Y echó a algunos funcionarios interinos», esgrime, sin ganas de venganza, sin rencor, sin escozores. Sin ganas de nada. Solo de olvidar el pasado. «Ahora estoy cobrando el paro, y formándome.»

De la noche a la mañana, Eduardo se convirtió en un homeless, un animal más para el zoo del asfalto.

En La Jungla de La Calle, le robaron el llavero. Y el reloj. Y la maleta con lo poco que pudo conservar.

Le escupieron.

Le humillaron.

«Te conviertes en un ser invisible. Por tu lado pasan los jóvenes que se van de fiesta, pero no te ven», expía, empañado por la grisura del cielo. «Pasé por los recortes de sueldo, por el despido y por el desahucio. Hasta llegar a la calle. Y yo digo: “No somos bichos, ni animales de circo”.»

De La Calle lo recogió uno de los voluntarios de la organización sin ánimo de lucro Homeless Entrepreneur («Homelessness exists, opportunities, too!»).

En marzo del 2020, con el inicio de la pandemia, el apestado Eduardo Saus entró a vivir en un hostal turístico reconvertido en hostal social, en el primer piso del número 123 de Bruc, un antiguo inmueble de principios del siglo XX, con techos altos y cenefas en las paredes, con el vapor del modernismo en los pequeños detalles.

Su antiguo nombre: Sweet Bcn Youth Hostel («Comforts of home»).

De los antiguos carteles para los turistas con ganas de juerga que ya no vienen a Barcelona: «Barcelona night out» y «Close the doors gently» y «Leissure, events, routes and tours, restaurants and bars».

El nuevo nombre: Sweet HE (por Homeless Entrepreneur).

De las nuevas normas de convivencia para los viejos apestados: «Trata a los demás como quieres que te traten a ti».

«Ahora mismo, aquí hay 18 personas alojadas, y todos han pasado por la calle. Todos tienen una historia detrás, pero no preguntamos», retrata la arquitecta Beti Fuente (Río de Janeiro, 1964), que se encarga de la recepción con un toque de pimienta: su voz carioca de dulzaina templa como los cigarrillos de Russian Red. «Hay de todo, gente colaboradora y gente con conflictos internos. La mente puede destruir, así que lo que se espera es que se reposicionen para recuperar sus mentes. Para ello, todos necesitamos un hogar, y aquí lo tienen.»

A Sweet HE, el único hostal social de Barcelona, ​​el cambio de rumbo de las personas sin hogar se ha convertido en un «cambio de mundo».

El Nuevo Mundo.

Atiende Beti, con una boca tropical: «Muchos están estresados ​​y han perdido el control de sus vidas. Cuando digo que algunos son conflictivos, no es conmigo ni con los demás, sino con ellos mismos. Pero se nota mucho el bien que les ha hecho estar bajo techo. Es como volver a ser personas, aunque nunca dejaran de serlo».

El 19 de marzo del 2020, cinco días después de que se decretara el estado de alarma en España, el alma mater y fundador de la organización Homeless Entrepreneur, Andrew Oliver Funk (Saint Paul, Minnesota, Estados Unidos, 1981), logró un acuerdo histórico digno de figurar en los depósitos bibliotecarios.

Ya que el turismo había caído con la pandemia, el hostal turístico de Bruc se remodelaría temporalmente. Acogería gente pobre.

«Hemos conseguido que este acuerdo se mantenga hasta marzo del 2021. Estamos trabajando para conseguir patrocinio [Fundación Coca-Cola, Fundación Telefónica España, IBM…] y poder pagar los gastos comunes (agua, gas, electricidad), unos ochocientos euros mensuales, más o menos», explica Andrew, con el pelo alborotado, a bordo de un patinete eléctrico con el que surca, veloz, el Mar Océano de Barcelona.

Andrew es el personaje Ocula, en la serie «Pequeños guerreros» del capítulo «Desclasados», parte de la trilogía Barcelona sucia, de Reportero Jesús.

«Intentamos darles una oportunidad», dice, con las páginas abiertas del libro que está leyendo: European social policy and social work, de Hans van Ewijk.

Los peces pequeños.

Los homeless del mar.

El cambio de mundo.

Del Diario de a bordo de Cristóbal Colón, en el primer viaje al Nuevo Mundo. Viernes 21 de diciembre de 1492: «…Cuando se da una cosa con muy deseoso corazón de dar».

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