La ciudad triste y desconfiada

En mayo del año 1916, el dramaturgo Jacinto Benavente estrenó en el Teatro Lara de Madrid, la comedia La ciudad alegre y confiada, que se presentó como una continuación de la comedia de marionetas Los Intereses creados, una de las obras con más éxito del teatro español del siglo pasado.

El argumento de La ciudad alegre y confiada gira en torno a los habitantes de una ciudad que viven contentos mientras su gobierno se prepara para una guerra que se podría evitar mediante un pacto, un acuerdo, como seguramente se habrían podido evitar tantas guerras y tantas rupturas.

He utilizado el título de esta obra, convenientemente modificado, para encabezar este artículo que habla de Barcelona y de sus habitantes y, por extensión, de todos los pobladores de las ciudades del país: aquí ya no estamos ante una ciudad alegre, en fiestas continuas, que tenía un aeropuerto desmesurado en continuo movimiento, un puerto que a menudo se llenaba de barcos que más bien parecían torres de Babel, casi tantos bares y restaurantes como familias y un montón de cajeros automáticos y de ONGs subvencionadas. Ahora estamos en una ciudad diferente (hay quién dice que esto ya no puede ser una ciudad; le falta el tejido que la cohesionaba): sus habitantes tienen muchas dificultades para sonreír y, a veces, hacen una mueca horrible que disimulan detrás unas mascarillas que ahora fabrican por todas partes y antes en ningún lugar; tienen, mayoritariamente un gesto adusto, de preocupación, de incertidumbre; se diría que no confían en nadie: ni en sus erráticos concejales municipales, ni en sus discutidores gobernantes, ni tampoco en sus teóricos científicos, que no acaban de ponerse de acuerdo. Los habitantes de esta ciudad quizás tampoco confiarían en un hipotético flautista de Barcelona que les prometiera una vacuna contra la tristeza. O en un Spiderman que les rescatara de su melancolía.

Esto no significa que los barceloneses que quedan, habitantes de una ciudad desmayada,no quieran que les expliquen cuentos cono el del Flautista de Hamelín o los cómics de Spiderman; los necesitan más que nunca, como decía Canetti que él los necesitaba a medida que se hacía mayor, pero piden que sean cuentos verosímiles, y que les ayuden a construir sus sueños.

Pero no exageeamos: este artículo también se podría titular La ciudad alegre y desconfiada, o La ciudad triste y confiada o incluso La ciudad confinada y desconfinada. Algunos de sus habitantes todavía mantienen una cierta alegría de vivir, sobre todo por la noche y cuando se reúnen en grupos y cantan y bailan canciones de producción propia; otros, a pesar de mantener un ademán de sabios de Villatriste, todavía confían en las órdenes de sus superiores, a los que han obedecido casi siempre. Y tan combativos como se manifiestan en otros campos, ahora no se rebelan cuando los confinan y desconfinan a continuación, para volverlos a confinar –o no- más adelante.

El periodista Serge Halimi, en un artículo publicado hace unos pocos meses en Le Monde Diplomatique, significativamente titulado Todos niños, echaba de menos que, durante estos tiempos tan poco amables, se publicara una revista como Combate (París 1943-1947),una publicación dirigida por Albert Camus, que quería ir de "la resistencia al fascismo a la revolución", un viaje difícil que no se pudo lograr y que todavía queda como utopía.

"Hoy –escribe Halimi- no hay nada de todo esto. Confinadas, infantilizadas, confundidas y aterrorizadas por las cadenas de información continua, las gentes se han vuelto meras espectadoras, pasivas, anihiladas. Por las calles ya no se ven chalecos amarillos en Francia, ni Hirak en Argelia, ni manifestaciones en Barcelona: cada cual espera conocer la suerte que el poder le reserva. El Poder, todos los poderes: los hospitales les pertenecen, igual que las mascarillas, los test, o el derecho a salir o no salir de casa y con qué circunstancias y compañías. Este Poder es médico y patrón, y es también el juez que decide sobre la duración y dureza de nuestro confinamiento.

Halimi concluye que quizás un día nosotros nos haremos adultos, capaces de entender y de imponer otras alternativas, también económicas y sociales. De momento estamos recibiendo golpes sin poder devolverlos; hablamos en el vacío y lo sabemos. De aquí viene nuestra cólera que un día estallará. Tras la infancia suele venir una edad ingrata. Quizás no volveremos a construir una ciudad alegre y confiada como la que aparentemente teníamos, pero seguro que será más habitable, más comunicada. De nuevo será una ciudad.

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