«Las personas vulnerables te ponen un espejo delante de ti»

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El educador social Eduard Sala ha acompañado a muchas personas en situación de vulnerabilidad. Ha dirigido proyectos de la Compañía de las Hijas de la Caridad dedicados a personas que sufren exclusión social, que no tienen hogar, son drogodependientes, están en prisión o han salido de  ella. Ha sido responsable de diferentes servicios para niños y jóvenes en situación de riesgo. Actualmente se encarga del Área Social de Cáritas Diocesana de Barcelona. Ha reflexionado sobre su experiencia en el libro "Va de vida. Lo mejor del camino es compartirlo "(Plataforma Editorial). Nos cuenta qué ha aprendido en su camino y 29 historias de las personas que le han acompañado en este recorrido.

Después de tantos años de conocer y convivir con personas vulnerables ¿había llegado el momento de plasmar en un libro las conclusiones a que ha llegado sobre de qué va la vida?

Los educadores sociales somos mucho de hacer. Siempre decimos que tenemos historias y anécdotas para escribir un libro pero ponernos a ello nos cuesta muchísimo. Este libro me costó dos años y medio para encontrar los momentos, los fines de semana, las vacaciones,… El ámbito social es una especie de agujero negro. Pasan tantas cosas y tan intensas que no encuentras nunca el momento de detenerte y poder escribir. Era un sueño pendiente. Recoge una pequeña parte de lo que he aprendido con tanta gente. Se aprende mucho de la gente que está al otro lado, que lo ha perdido todo, que sale adelante a pesar de vivir situaciones complicadas, mujeres maltratadas, personas que están en prisión, que han tenido pérdidas y fracasos y que, a pesar de todo , siguen adelante. Te ponen un espejo delante de ti que te interpela muchísimo respecto a nuestra vida.

En el libro hay dos tipos de protagonistas: las personas vulnerables y las que las ayudan. Usted llama personas-luz a las que ayudan. ¿Hay muchas de estas personas?

Muchas. Lo que pasa es que las noticias sólo se fijan en la parte oscura de nuestro mundo. Hay muchísima gente que está haciendo de este mundo un lugar que vale la pena. Voluntarios, profesionales, gente que no es voluntaria en ninguna parte pero que nos mejoran como personas y como sociedad, vecinos que cuidan de otros, personas mayores que terminan siendo fundamentales para sus familias o para el entorno en el que se mueven… Personas que cuando nos las encontramos acabamos sonriendo o que cuando salimos de hablar con ellas, salimos mejor. Hay mucho de éso pero hay que saber mirar. Nos pasa con las personas como con la vida. Sólo nos damos cuenta de la importancia de pasear cuando pasamos por un confinamiento. Sólo nos damos cuenta de la importancia de un abrazo o de encontrarse con la gente que realmente te importa cuando algo que no vemos, que se llama Covid-19, nos lo impide. Acompañar personas en situación de exclusión social te ayuda siempre a mantener esta mirada fresca y darte cuenta de que hay muchísima gente que está mejorando este mundo. Lo que pasa es que no sale en los periódicos. Por eso en "Va de vida" era importante dar un espacio para poder visualizar una minúscula parte de esta gente que nos hace mejores.

¿Qué hace que tantas personas necesiten ser ayudadas? ¿Por qué tenemos una sociedad con tanta gente vulnerable, que vive en lo que llamamos situación de riesgo?

Tenemos un sistema que mata, como dice el Papa Francisco. Estamos en un mundo donde tener es lo que nos configura como personas, cuando debería estar en el ser. Estamos en un mundo lleno de muros de cristal, de muros invisibles. Cuando hablamos de muros pensamos en Ceuta y Melilla, en Palestina e Israel, en el mar Mediterráneo como el muro donde la gente se ahoga. Pero en nuestros pueblos, ciudades y barrios también hay muros invisibles. Depende de donde nazcas tienes garantizado que tendrás muchas puertas abiertas o muchas puertas cerradas. Simplemente por el hecho de haber nacido en un barrio determinado o de haber nacido en la puerta del 4º 3ª en vez de la del 4º 2ª. Y a menudo no somos conscientes de ello. Si estamos aquí hablando tú y yo hoy no es por lo que nos hemos ganado nosotros sino porque nacimos donde nacimos, en el momento que nacimos y tuvimos las oportunidades que tuvimos. Lo que uno acaba siendo no depende sólo de él. Si tú y yo hubiéramos nacido en Mali en una zona controlada por Boko Haram, o en una Villa Miseria de Buenos Aires o fuésemos una chica de una familia pobre de Bangladesh, no tendríamos ninguna posibilidad de estar aquí hablando de un libro. Hay muchísima exclusión social porque hay un sistema muy desigual. Es como una carrera que cada uno empieza desde un punto muy diferente. Los hay que la empezamos desde muy adelante, con lo cual tenemos posibilidades de conseguir algunos de nuestros retos y los hay que la empiezan cincuenta kilómetros más atrás, con la pierna atada y sin posibilidades de hacer la misma carrera. Más que una sociedad con vasos comunicantes, con ascensor social, funcionamos como en peceras, como el apartheid que funcionaba con guetos. Pensábamos que estábamos vacunados de eso y no es así. Lo hemos visto con la Covid. En muchos países no podrás acceder a un respirador porque no hay o es de pago y no tendrás dinero para pagarlo. Esta arbitrariedad a la hora de repartir suertes en las vidas es lo que también ayuda a reflejar "Va de vida". Tenemos mucha gente que incluso en sus familias tiene situaciones de soledad no deseada o de pobreza y no somos conscientes de ello, porque hablamos del tiempo. ¿Qué sabemos realmente de lo que le importa al otro, de sus miedos, o sueños perdidos? Incluso de personas que nos importan. Mucha gente no sabe responder a estas preguntas, porque hablamos del tiempo o de fútbol. En "Va de vida" la idea es explicar 29 historias concretas, de forma sencilla, fácil de leer, planteando preguntas que no nos acostumbramos a hacer.

De estas 29 historias que cuenta, de los colectivos vulnerables con los que ha trabajado y trabaja ¿cuál cree que es el que tiene más difícil salir de la situación a la que ha ido a parar?

He acompañado a personas sin hogar, con drogodependencias, en prisión, mujeres víctimas de violencia de género, niños que lo han tenido todo en contra… De lo que conozco, la cárcel es el peor lugar posible. Es cuando la gente ha perdido el control de su vida. La pobreza, cuando además no tienes nadie que te espere fuera, es muy complicada. Los niños maltratados o abusados, las mujeres que están permanentemente victimizadas por su entorno dan lecciones de vida que me conmueven muchísimo cuando consiguen salir adelante pese a todo. Recuerdo un joven polaco que estaba en prisión en Nepal, cuando había terminado la guerra civil en ese país, con una larga condena. Aquello era el infierno en la tierra. Tenían que competir para comer o para estirarse en el suelo para dormir. Dijo una frase que refleja muy bien el desierto vital de mucha gente: "Yo sólo espero que algún día, alguien me espere en algún lugar". La necesidad de querer ser alguien para alguien refleja el sentimiento de mucha gente de estos colectivos.

¿Por qué hablamos del tiempo en vez de plantear estas otras preguntas?

Nos es mucho más cómodo hablar del tiempo. ¿De qué habla la gente? De si el Rey está no sé dónde o de si el Barça está fatal este año. En un segundo nivel, la gente habla de los otros porque cuando hablamos de los otros no hablamos de nosotros. Esto no es confianza. Para poder establecer conversaciones que valgan la pena hay que zambullirse. Cuando hablamos de lo que yo siento, yo creo, es cuando empezamos a mantener conversaciones que valen la pena. Mucha gente no se atreve a hacerlo. Llevamos una máscara en la que parece que sólo importa lo que hacemos. La gente se sorprendería de la potencia que tiene tener conversaciones de este tipo. Con el confinamiento, con la Covid, tenemos una gran oportunidad de saber qué temas realmente nos importan y hemos echado en falta en este tiempo. La gente se ha preguntado qué le habría gustado hacer estos días y no podía y se ha dado cuenta de que quería dar un abrazo al padre, la madre, la abuela a la que quiere, tener una conversación con una persona determinada…

¿La Covid nos puede hacer mejores personas?

Cualquier situación que nos trastorna la vida, como la muerte de una persona cercana es una oportunidad de planteárnosla. La Covid puede ser una oportunidad si somos capaces de poder preservar, cuidar y regar lo que dijimos que queríamos preservar, cuidar y regar cuando estábamos encerrados en casa. Puede ayudar a ponernos las pilas para preguntarnos qué queremos hacer con el resto de nuestras vidas, qué queremos vivir antes de morir, qué conversación tenemos pendiente y llevamos tres años sin hacerla… La Covid, una situación de fragilidad, un momento de fracaso, la pérdida del trabajo… todo pasa. Mucha gente confunde lo que hace con lo que es. He acompañado a personas que habían tenido éxito, que habíamos visto en televisión, cuando han pasado momentos de desierto. Todo se acaba y sólo quedas tú.

Desde que comenzó a trabajar como educador social ¿tiene la sensación de que la sociedad se ha hecho más sensible hacia las personas vulnerables? ¿Reciben más cuidados, están menos abandonadas a su suerte que veinte o treinta años atrás?

Yo soy muy esperanzado y veo las cosas en positivo. ¿Quién podría sospechar que ahora nos plantearíamos temas como la huella ecológica? Todavía queda mucho por hacer, vivimos en un mundo muy desigual, mal repartido, con esperanzas de vida muy diferentes pero hay un volumen de la población humana que dispone de vacunas que era impensable hace cincuenta o cien años. Mis hijos no aspiran a tener coche. Nosotros tenemos una furgoneta diesel vieja. ¿Qué hacemos? ¿Nos compramos otra, híbrida o eléctrica, o no nos compramos ninguna? Hace cinco años no nos lo habríamos ni planteado. Con el tema social pasa lo mismo. Estamos en un momento muy complicado, con sistemas cada vez más autoritarios en el mundo, con fronteras cada vez más marcadas, con mucho rechazo a los refugiados y migrantes, con una sesión de miedo que está programada, pero al mismo tiempo hay muchísima gente, joven y no tan joven, que se está comprometiendo en espacios de solidaridad, que recicla su propia ropa, que se implica en causas de proximidad pero también de cooperación internacional. Hay esperanza. No es verdad que la gente no está motivada y sólo está encerrada en sí misma. Hay que dar, eso sí, la posibilidad de hacerla visible. Y "Va de vida" lo intenta.

¿Se puede separar vida privada y el tiempo dedicado a las personas con las que trabaja día a día? ¿Se pueden establecer barreras entre los dos ámbitos?

Lo que diré es políticamente muy incorrecto. He estado dando clases a trabajadores y educadores sociales durante muchos años en la Facultad y no debería decir lo que diré, pero, personalmente, no soy nada partidario de vivir la vida en compartimentos-estanco, como en cajones distintos. Yo soy un yo cuando estoy en casa, otro yo cuando estoy en el trabajo, otro yo cuando estoy haciendo voluntariado o cuando estoy con los amigos. Soy partidario de que todo lo que viva sea reflejo de lo que soy. Nunca he hecho ningún esfuerzo para separarlo. Yo soy yo, Eduardo, con aquella persona en situación de sin hogar, con aquel chaval que ha sido maltratado, con aquella mujer que se dedica a la prostitución, que está sola, enferma, y ​​ya no puede ni trabajar. Soy el mismo yo que luego se va a casa. No he hecho ningún esfuerzo por ser 'yos' diferentes. Pero no hay que confundirse. No eres ni el amigo ni el salvador de esa persona. Cada uno camina su propia vida. Es verdad que, a veces, quedas conmovido. No puedes dormir por una situación determinada. Pero eso no te puede derrumbar. Si te afecta hasta el punto de que te trastorna por dentro, mañana no podrás ayudar a nadie. Es como alguien que se está ahogando y tú te tiras al agua para ayudarle y te acabas ahogando también. En el ámbito social no te puedes permitir eso. Te necesitan firme como una roca. Sólo puedo acompañar si yo me he cuidado también como persona y tengo claro que yo soy yo y que el otro es el otro. Hay mucha gente que he acompañado que quiero, que me importa y me importa mucho. Pero no soy salvador. La muerte, los fracasos, las recaídas están muy presentes en las historias que he vivido y no puedes atarte emocionalmente por completo.

Se ha movido en este mundo solidario trabajando en organizaciones donde la fe cristiana tiene un peso determinante. ¿Qué papel corresponde a la religión en la construcción de una sociedad más justa y fraternal?

Soy creyente. Cada uno tiene sus referentes, personas que te han marcado en positivo, vivas o muertas. Quizás tu abuela, Mandela o Ghandi. Una de las personas que me ha marcado es Jesús de Nazaret. Algo muy desconocido y creo que es culpa nuestra, de la Iglesia, es que no se puede ser Iglesia de Jesús de Nazaret sin tener en cuenta tres patas. La gente siempre habla de dos patas, de la celebración de la fe y el tema de la palabra, pero está también el compromiso con los más débiles. No se es Iglesia de Jesús de Nazaret si no hay compromiso con los más débiles, lo que se dice la 'cáritas'. Hay un elemento muy revolucionario, muy Che, que es que Dios esté en ti y en aquella mujer que se dedica a la prostitución, o en aquel hombre que está en prisión después de cometer dos homicidios o del niño que está en la calle en una favela en Río. Que tú y yo seamos hermanos pero también lo seamos del refugiado de Siria o del que está militando en Boko Haram es muy revolucionario. Los que decimos que somos creyentes en Jesús de Nazaret debemos estar implicados en el mundo. Como decía de forma evangélica un salesiano que no conocí, que estaba en el Pozo del Tío Raimundo, un barrio de barracas en los alrededores de Madrid: "O hacemos una intervención desde la mierda o haremos una mierda de intervención". Sólo es posible construir algo que realmente valga la pena bajando al barro. He estado en Cáritas, con las Hijas de la Caridad, con entidades que tenían esta visión y compartiéndola con gente no creyente fabulosa que nos ha hecho mejores. En el fondo se trata de la lucha por la construcción de un mundo que sea una casa grande donde quepa todo el mundo, donde la Humanidad pueda reconocerse como hermana, como familia. Esto se puede hacer desde la vertiente no creyente pero claramente también desde la vertiente creyente.

El epílogo del libro se titula 'Que tu vida valga la pena. ¿Qué hay que hacer para que nuestras vidas valgan la pena?

El libro no da recetas, ni consejos. Hago propuestas. La pregunta fundamental del libro es "¿Cómo sabrás tú que tu vida ha valido la pena ser vivida?". La gente gestiona cada día. Este año será muy extraño por la Covid. La mayor parte de la gente lo que hace es una copia-pega. Si no hubiera la Covid estaría viviendo una situación parecida a la de hace dos años y en 2023 estará viviendo una situación parecida a la de ahora, si quitamos la Covid, que esperemos no tenerla entonces. La pregunta de "¿Cómo sabrás tú que tu vida ha valido la piensa ser vivida?" es importante formulártela antes de que te digan que te quedan tres meses de vida o que sufras un infarto. Tengo un solo hermano, tres años más joven que yo. Fue uno de los primeros enfermos de la Covid. Tardó cuatro meses en poder reincorporarse. Le dieron casi por muerto tres veces mientras estaba en la UVI. Y se hizo esa pregunta. Sólo la puede responder cada uno y nos la tenemos que formular. Cuando tengamos 80 años ¿cómo podremos saber que nuestra vida ha sido "olé, olé y olé"? ¿Cuál será el criterio que utilizarás? ¿El coche que tendrás? ¿Si tendrás dos casas, una en la playa y otra en la montaña? No he querido escribir un libro de consejos sino más de preguntas que de respuestas.

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