La educación postpandemia; Una oportunidad perdida

La pandemia, el confinamiento y sus consecuencias no han hecho otra cosa que constatar y aumentar todos los males que, como sociedad catalana, hemos ido arrastrando desde la crisis de 2008. Los recortes en los servicios públicos, su creciente privatización y externalización, el aumento de la desigualdad social y la crisis ecológica, son problemáticas que han emergido corregidas y aumentadas. Y en la educación no ha sido diferente. Así, hemos constatado la carencia de liderazgo del Departamento de Educación, que ha dejado en manos de las direcciones de los centros resolver los problemas que se han derivado del cierre de las escuelas.

Hemos constatado como la desigualdad social ha afectado a la educación de una gran parte del alumnado, que no tenía los medios técnicos ni los espacios apropiados para acceder a la educación online que con mucha voluntariedad ha intentado llevar a cabo el profesorado. Hemos constatado como la segregación escolar ya existente se ha consolidado y ampliado. Y hemos visto también como el sobreesfuerzo de muchos docentes no se ha visto ni valorado ni recompensado, más bien al contrario.

Pero de todo ésto sí que hemos aprendido una cosa: que la educación presencial es totalmente IMPRESCINDIBLE. Las nuevas tecnologías hace tiempo que han entrado en la educación y el intento de sustituir la escuela tradicional por una educación online también, sobre todo por parte de las grandes empresas del sector, que ven en la educación un mercado altamente rentable. Por eso hay que defender vigorosamente la educación presencial. Antes que nada por equidad, porque las aulas son el único espacio en el que todos los niños, chicos y chicas, disfrutan de los mismos recursos, tanto materiales como humanos: espacios, mesas, luz, ordenadores, conexiones, libros… y una persona adulta que los atiende, mientras que en casa los recursos de que disponen son terriblemente desiguales. También porque la educación no es solamente aprendizaje de contenidos, sino que es fundamental la socialización, la interacción entre iguales, el debate, el trabajo colectivo, la resolución de conflictos, la convivencia en la diversidad, la cooperación, y tantas otras cuestiones, todas imposibles desde la individualidad de la educación virtual. Y, finalmente, porque el mismo aprendizaje, en etapas no adultas, no se puede lograr ante una pantalla con la misma profundidad que interaccionando con los compañeros y compañeras y con el profesorado.

Pero la educación presencial, en estos tiempos de pandemia, necesita unos recursos que nadie piensa invertir. Y esto pone sobre la mesa la infrafinanciación endémica de nuestra educación (menos de la mitad de la media europea). Si se tienen que respetar las normas sanitarias, el próximo curso las aulas tendrían que tener la mitad de alumnos, y esto querría decir el doble de profesorado. Con los recortes, año tras año han ido aumentando las ratios, cosa que implica que ya partíamos de una gran deficiencia, y por lo tanto ahora la inversión tendría que ser más alta. ¡A pesar de esto, el departamento está hablando de un aumento de profesorado que no llega ni a un docente por centro! Tampoco está previsto un aumento de los espacios ni se ha elaborado ningún plan de formación por si llega otro confinamiento total y el profesorado tiene que volver a hacer educación online sin medios y sin formación.

Para acabar, y teniendo en cuenta que la educación es capital para el futuro de nuestra sociedad, ahora habría sido un buen momento para poner en cuestión si lo que estamos haciendo es lo que necesitamos. Porque no se trata sólo de la manera como enseñamos, sino de qué enseñamos y por qué lo hacemos. En estos momentos en que se está constatando el fracaso del modelo neoliberal actual, hace falta, más que nunca, que la educación esté al servicio de la justicia social y de la emancipación personal y colectiva, y no que sea un instrumento al servicio de la ideología dominante, de los bancos y las empresas. Esto implicaría un debate a fondo sobre los currículums y los contenidos, sobre la segregación escolar a partir de la doble red y un replanteamiento total del porque hay que educar. Y, desgraciadamente, tampoco se está dando.

En definitiva, dicen que las crisis pueden abrir nuevas oportunidades, y esta inesperada crisis podría haber servido para repensar la educación y poner todos los medios técnicos, humanos y organizativos imprescindibles para poderlo llevar a cabo. Pero, desgraciadamente, todo apunta a que quedaremos peor de lo que estábamos antes de la pandemia, si no es que reaccionamos como sociedad y luchamos de lo lindo por una educación que nos ayude a mejorar el mundo actual y a conseguir sociedades más justas y menos desiguales.

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