Un cero a la izquierda

Hace cuatro meses ya que dura esta broma. La tercera parte de un año. La veinticincoaba parte de una vida normal. Lo que empezó siendo una especie de vacaciones forzadas se ha ido convirtiendo en un hábito. Desconectados del mundo físico, hemos vivido enganchados a los ordenadores y los móviles. Hemos dado clases a universitarios e, incluso, hecho entrevistas y reportajes sin levantar el culo de la silla. Pero esto ya no puede durar más. No tendría que durar más.

La vacuna no llega y, si llega, vete a saber cuando será y si todo el mundo la tendrá al mismo tiempo. No podemos ir consumiendo tiempo de este modo. Si queremos que nuestras existencias sirvan para algo, claro está. Si lo único que nos interesa es sobrevivir, no enfermar y vivir de los ahorros o de los ingresos que conseguimos con el tele-trabajo, quizás sí que podríamos esperar la muerte encerrados en casa, comprando en Amazon o El Corte Inglés y bajando a comprar el pan y agua si hemos calculado mal los pedidos por teléfono.

Dejamos de aplaudir a los sanitarios que se jugaban la vida por nosotros porque se había convertido en una rutina que parecía que contribuía poco a mejorar la realidad. Eran aplausos que también se merecían, y muchos los dedicábamos también, a los trabajadores de los supermercados, de los mataderos o del campo, los camioneros y los ciclistas precarios que nos hacían llegar los alimentos, los voluntarios que repartían comida a familias vulnerables, los dependientes de los quioscos, los conductores de metros, trenes y autobuses y tantos otros. Pero nada sustituyó a los aplausos.

Hemos tenido tiempo de sobra para ver como la enfermedad se esparcía por el mundo. Para conocer como mataba a personas más o menos cercanas y como deterioraba la salud de las que sufrían sus efectos más graves. Para constatar como la gente, los barrios, las poblaciones y los países más pobres estaban más indefensos ante la pandemia. Para ver como los sin techo continuaban cada anochecer allí donde dormían siempre y los que recogían chatarra o buscaban algo de provecho en los contenedores de basura lo seguían haciendo, sin llevar mascarillas, claro.

Mirárselo todo cruzado de brazos causa una sensación de impotencia angustiosa. No sé qué y no sé cómo pero no podemos continuar siendo un cero a la izquierda en este combate y dejarlo todo en manos de políticos y científicos.

Entre la prudencia y la fraternidad tiene  que haber un término medio en el que podamos volver a sentirnos útiles a la sociedad.

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