La inteligencia es verde y Cataluña está hecha un asco

Las elecciones municipales francesas del pasado domingo han confirmado el movimiento de fondo que se está produciendo en toda Europa: el ascenso y consolidación de las fuerzas ecologistas, como respuesta al reto de civilización que implica la lucha contra el cambio climático y la necesidad de estructurar un nuevo modelo económico y social para plantarle cara. A partir de ahora, importantes ciudades de Francia, como Burdeos, Lyon, Estrasburgo, Poitiers, Besançon, Tours, Nancy… tendrán alcaldes ecologistas.

Además, los verdes también formarán parte de los equipos de gobierno de París, Marsella, Rennes… en coalición con los socialistas y otras organizaciones de izquierdas. Estos resultados están en sintonía con el constante crecimiento, elección tras elección, de los partidos ecologistas en Alemania, Bélgica, Austria, Holanda, Dinamarca, Suecia…

Contrasta esta conciencia para desarrollar una sociedad ecológica e inteligente, que cada vez va a más, con la triste situación que sufrimos en Cataluña, que continúa hundida en la mierda y totalmente desorientada. Por no tener, ni siquiera tenemos un partido ecologista vertebrado y potente. Solo pequeñas entidades conservacionistas, localistas y que solo cuentan con la buena fe de sus activistas.

Pondré dos ejemplos del desastre medioambiental que hemos heredado, después de 40 años de autogobierno de la Generalitat:

1. El delta del Ebro, declarado parque natural y Reserva de la Biosfera por la UNESCO. Es, tal vez, el lugar más valioso y precioso de nuestro patrimonio medioambiental.

La construcción intensiva de embalses en la cuenca del Ebro –más de setenta– para su aprovechamiento eléctrico ha tenido un efecto letal sobre el delta, al reducir drásticamente las aportaciones de sedimentos que hacían posible el mantenimiento de este frágil hábitat. Una imagen refleja este drama ecológico que se está produciendo, en silencio, cada día, desde hace años: el faro de la isla de Buda, construido en tierra firme en 1864 y que hoy se encuentra mar adentro, a tres kilómetros de la línea de costa.

Si el volumen de sedimentos que llegaban al delta antes de la construcción de los embalses era de unos 30 millones de toneladas anuales, en la actualidad es de solo 100.000 toneladas. Los científicos calculan que el mínimo necesario para defender este ecosistema de los embates del mar es de unos dos millones de toneladas anuales.

En estos 40 años, la Generalitat ha sido incapaz de presionar y convencer a la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) para que libere sedimentos de los embalses de Mequinenza y Riba-roja para garantizar la supervivencia del delta. La tiranía de las empresas eléctricas ha impuesto su ley y a los distintos gobiernos catalanes, por razones incomprensibles e inconfesables, ya les ha parecido bien.

Hoy, nuestra Reserva de la Biosfera está en una situación crítica. Por efecto del cambio climático, el nivel del mar sube y se traga y saliniza el delta. Este pasado mes de enero, el temporal Gloria destrozó de manera irreversible la barra del Trabucador. La debilidad estructural de este hábitat ha hecho que dos especies extrañas –el caracol manzana y el cangrejo azul– hayan invadido y colonizado intensivamente la zona deltaica, exterminando las especies autóctonas y provocando gravísimos daños económicos a los agricultores y a los pescadores. Todo muy triste.

2. El Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) acaba de otorgar una prórroga para la explotación de la central nuclear Vandellòs II durante diez años más, hasta el 2030. Esta planta, que utiliza tecnología norteamericana Westinghouse, entró en funcionamiento en 1988 y su licencia acababa este próximo mes de julio.

Esta decisión se ha adoptado sin que se haya abordado el necesario debate público en Cataluña sobre la conveniencia de continuar utilizando la energía de origen atómico, cuando el desarrollo tecnológico nos pone al alcance un abanico de energías alternativas (eólica, solar, hidrógeno, biomasa…) sin ningún riesgo sobre el medio ambiente, al contrario de las centrales nucleares y de los letales residuos radioactivos que generan, que contaminan durante miles de años. En este sentido, destaca el silencio clamoroso de la Generalitat de Quim Torra –que no ha dicho ni mú– sobre el proceso de ampliación de la licencia de Vandellòs II , que tiene un impacto evidente sobre la seguridad del territorio y el desarrollo de las comarcas meridionales de Cataluña, muy castigadas por la instalación intensiva de industrias peligrosas.

Esta central atómica, que explota la empresa ANAV (formada por Endesa e Iberdrola), tiene un grave error de diseño: es la única planta del parque nuclear del Estado español que está ubicada junto al mar. Esto implica que la salinidad del medio marino, que provoca la corrosión de los materiales, tiene un efecto directo sobre esta instalación. La corrosión de las piezas ha originado numerosos incidentes que han alterado el normal funcionamiento de la central, el más grave de los cuales pasó en 2004. El CSN, en tiempos del ministro José Montilla, impuso una multa a ANAV de 1,6 millones de euros, por incumplimiento de las medidas de control y de seguridad.

Además, está el precedente de la central Vandellòs I, ubicada justo al lado, que en 1989 sufrió un terrible incendio que provocó su paralización definitiva y su desmantelamiento. Aquel aciago 19 de octubre, Vandellòs I no se convirtió, de milagro, en una réplica de Chernóbil, hecho que habría tenido unas consecuencias devastadoras para la demarcación de Tarragona y, en general, para toda Cataluña, que todavía sufriríamos y lamentaríamos hoy en día.

La energía nuclear es una ruleta rusa, como lo demuestran los numerosos accidentes que han sufrido las plantas de fisión atómica construidas en todo el mundo durante las últimas décadas. Mantener esta apuesta es un riesgo innecesario, que se incrementa en el caso de Vandellòs II por su errónea ubicación. ¡Que no nos pase nada!

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