Europa, Europa

Acabamos de conmemorar los 75 años de la capitulación de la Alemania nazi ante las fuerzas aliadas. Europa estaba en ruinas. Llenaban el cruel escenario millones de muertos, de heridos, de desaparecidos, de refugiados. Generaciones enteras habían sido diezmadas. Era la tercera vez en pocas décadas que los europeos luchaban ferozmente entre ellos: 1870, la Guerra franco-prusiana; 1914, la I Guerra Mundial; 1939, la II Guerra Mundial. El Viejo Continente, cuna de civilizaciones y culturas, era torturado sin descanso por las terribles plagas del hambre, la desolación y la guerra.

Cuando Robert Schuman, ministro de Asuntos Exteriores de Francia, pronunció su célebre discurso el 9 de mayo de 1950, puso la primera piedra de lo que con el tiempo ha devenido la Unión Europea: “El Gobierno francés propone que se someta el conjunto de la producción franco-alemana de carbón y de acero a una alta autoridad común, en una organización abierta a los demás países de Europa”. Advertía, sin embargo, que “Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto; se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”. Los discursos de Schuman y el carácter visionario de los otros padres fundadoresAdenauer, Monnet, Churchill, De Gasperi, Spaak, Hallstein y Spinelli– significó un histórico viraje respecto al turbulento pasado: la eliminación de las guerras fratricidas y el proyecto del continente como un amplio espacio de colaboración y de solidaridad. Pocos años después, el 25 de marzo de 1957, se firmaba el Tratado de Roma, constitutivo de la Comunidad Económica Europea.

El camino recorrido está lleno de éxitos impensables entonces y ha convertido a la Unión Europea en el experimento político más audaz del panorama internacional: un espacio de estrecha colaboración entre 27 países que alcanza 450 millones de personas (con la reciente deserción del Reino Unido), y que continúa avanzando a pequeños pasos hacia el logro de la ciudadanía conjunta. La supresión de las fronteras entre los Estados del Espacio Schengen y la creación de la moneda única son los hitos más visibles.

En un mundo poblado ya por 8.000 millones de personas y configurado por la creciente rivalidad geoestratégica entre los EE. UU. y China por la supremacía, la Unión Europea significa poco más del 5% de la población global, aunque continúe siendo una potencia comercial. Europa se juega ahora si quiere tener autonomía estratégica en el mundo inmediato, o ser un mero apéndice de otros. Si los europeos quieren preservar su “ethos”, sus valores y el Estado del Bienestar no tienen otro camino que profundizar en la unión política. Cada uno de los Estados en solitario, ni que sean lo más grandes y más ricos, como Alemania y Francia, estarían abocados a ser colonizados por las superpotencias.

Ningún Estado europeo puede hacer frente solo a los inmensos retos del desarrollo tecnológico, de la revolución digital y del cambio climático. La dispersión de esfuerzos y la proliferación de los nacionalismos excluyentes llevaría inevitablemente a la acentuación del declive y a la irrelevancia. Por el contrario, el “nosotros” europeo será fruto de la persistencia en la consecución de una sociedad más unida, más solidaria entre norte y sur, entre este y oeste, menos desigual, y del fortalecimiento de las normas democráticas comunes. En esta ilusionante gran empresa colectiva que marcará nuestro destino en el siglo XXI, cada cual de nosotros tiene un papel a jugar, personal e intransferible. Parafraseando la conocida sentencia del presidente Kennedy, podríamos decir: “No te preguntes qué hace Europa por ti; di mejor qué puedes hacer tú por Europa”.                                     

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