¿Privacidad?

Como una piedra en la charca, la Covid-19 está agitando muchas aguas y haciendo cantar las ranas. Entre ellas, las de la privacidad que, más o menos, se entiende como zona espiritual reservada de una persona o un grupo. Cuestión que no es de hoy, prolifera en aguas turbias, y resulta más bien tediosa para el común de los mortales.

Desde hace ya tiempo, existe la posibilidad de fotografiar desde una satélite artificial a una persona sentada en un banco de un parque, leyendo un periódico, con tal resolución que no solo se puede saber quién es el lector, sino incluso qué periódico lee. Ahora, los drones hacen eso y mucho más como, por ejemplo, con ayuda de móvil y GPS, dirigir un misil contra una persona o un vehículo en marcha. Cosa que se utiliza, de vez en cuando, contra líderes palestinos. 

Algo, aún más llamativo si cabe, ocurre con el sonido. Por Amazon, cualquiera puede comprar micrófonos que permiten captar conversaciones a 100 metros de distancia. Seguramente, una nadería comparada con los cacharros de que disponen los policías, espías o quienes estén interesados en meter las narices en asuntos propios o ajenos, vía audio.

Más ilustrativo, si cabe, es esto de acceder a lo privado, desde el universo de los datos. Algo crítico para las operadoras, las finanzas, las administraciones públicas, los servicios básicos…, que parece cosa de juristas y se manosea en los medios de comunicación. Montañas de información sobre todos y cada uno de nosotros se almacenan, circulan a la velocidad de la luz y se utilizan, más de lo que nos podemos imaginar, para vendernos lo habido y por haber. 

Llegados a este punto, cabe al menos preguntarse qué es esto de la privacidad en un mundo hiper-conectado, accesible, casi translúcido. Sabemos que la elección de Donald Trump o el referéndum del Brexit, entre otras muchas jugadas en todo el mundo, son producto de una especie de pucherazo, en el que el manejo de los datos adquiriere especial protagonismo (Google tiene 2.000 millones de usuarios). Cada vez que nos asomamos a nuestras pantallas, nos asaltan infinidad de mensajes de todo pelaje, hasta abrumarnos. Los bancos y sus tarjetas de crédito, Hacienda y, desde luego, las compañías de comunicaciones que gestionan el tráfico de datos, saben de nosotros más que nosotros mismos.

En este panorama, no se salvan, sino todo lo contrario, los sistemas sanitarios, las aseguradoras médicas, las industrias farmacéuticas, y los mil y un focos de interés que conforman todo un floreciente mercado de datos en torno a la salud y la enfermedad, de gran valía a la hora de establecer estrategias y atacar mercados. Ahora, cuando en algunos lugares de Oriente se han utilizado las tecnologías digitales y los datos para atajar el coronavirus, se levanta entre nosotros un griterío, mentando cuestiones tan peregrinas como la consabida docilidad oriental, nuestro congénito apego a la democracia y, cómo no, el espantajo del Gran Hermano que, claro, hace alusión directa a China, y por extensión al Estado y a lo público, que es lo malo.

Sorprendidos, reconocemos que, más allá del ancestral recurso al confinamiento, también disponemos de tecnologías para hacer frente a las epidemias. Pero, ignorantes e interesados, aparentamos recelar de ellas, en nombre de la sacrosanta libertad. Bien adobado, todo ello, de normativa que, para la ciudadanía, se remite a ceder, mediante abstrusos formularios, nuestros datos al primero que nos los pide. Y que, desde luego, son utilizados a su libre albedrío por terceros

De todo ello, se desprende que la privacidad, más que derecho o bien común, se reduce casi a un mito, reñido con la realidad. Cabría incluso preguntarse si la privacidad no es más que un pretexto para ocultar los actos de quienes tienen algo que ocultar. Para quienes vivimos nuestras vidas de forma más bien transparente, que poco o nada tenemos que ocultar, ¿no parece más sensato ir acostumbrándonos a manejar con más rigor las nuevas realidades? Cosa que conlleva, cómo no, el desarrollo de nuestras capacidades para separar el trigo del bien común de la paja interesada de los negociantes. 

En cualquier caso, como los datos han venido para quedarse, tratemos de controlarnos para que, como ocurre ahora, no acaben haciéndolo ellos con nosotros. Cosa que va mucho más allá del Smart City y otros armatostes de lucro, o de los obscuros debates técnico-jurídicos sobre tecnología y libertades, que no quieren entender, como dice Byung-Chul Han, que hoy en día es soberano quien dispone de datos. “Cuando Europa proclama el estado de alarma o cierra fronteras -recalca- sigue aferrada a viejos modelos de soberanía”.

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