¡A por ellos!

Se equivocan de paciente, la que está realmente mal es la Tierra”, resume El Roto, rotundo, lúcido, como siempre. Un clamor universal comparte la opinión de que la epidemia es el efecto concentrado, agudo, de lo que la crisis climática produce a un ritmo mucho más lento. “El virus somos nosotros”, suena a los cuatro vientos.

Nada mejor que las palabras de José Sacristán (“A los hijoputas se les ve venir, a los tontos no”) para entender la relación entre la catástrofe ecológica (en la que, claro, estamos incluidos nosotros mismos) que se anuncia a toda página y en eastmancolor, y la irrupción del virus, por la puerta de atrás, sin avisar. 

La teoría ecológica no entiende de moral ni de ética, simplemente reconoce el predominio de la selección natural de los ecosistemas ante los cambios ambientales inevitables y permanentes”, afirma el biólogo Temi Vives Rego. “Por tanto -se pregunta-, ¿no sería más natural, realista y quizás equitativo empezar a analizar que el SARS-CoV-2 inflige daños y dolor, pero también nos ha aportado un plus de salud?”

Medidas pensadas para luchar contra el virus han servido para demostrar a gran escala qué ocurre con la contaminación atmosférica si se restringe la circulación de vehículos y aviones a la vez que se reduce la actividad económica”, apunta el también biólogo Ferran Vallespinós Riera. “El camino es evidente (…) debiéramos dejar de hablar de emergencia climática y las Administraciones cesar en sus declaraciones solemnes y vacuas, basadas en cuatro medidas de escasa eficacia, ya que no atacan al núcleo del problema (…) y que se declare una emergencia de verdad (del tipo de la del coronavirus) que ya se ha demostrado que con estas medidas sí se acaba con la contaminación”.

“Miami no se hunde, Miami se está ahogando”, clama el profesor Harold R. Wanless, de la Universidad de Miami, refiriéndose a lo que todo el mundo sabe: que el calentamiento climático está elevando el nivel del mar y que, a plazo fijo, hábitats de todo el mundo, entre ellos Miami, van a acabar inundados. Cosa que los buitres especuladores inmobiliarios de la zona (que se dedican a comprar terrenos altos, donde ahora residen los más pobres) ya han olfateado. “Hemos sido capaces de cerrarlo todo con el coronavirus. No quiero comparar esto con la enfermedad, pero hemos de hacer algo parecido frente a esta emergencia”, reclama.

Mientras tanto, quienes se empeñan en seguir mostrándonos las cosas por el ojo de la cerradura economicista, los adictos a la calculadora, los catastrofistas interesados, tratan de vendernos un panorama post-virus aterrador: un sálvese-quien-pueda, dirigido a enterrar todo atisbo de lucha por un mundo mejor. Algo que encaja como anillo al dedo con canallas como Donald Trump, Rey Mundial del Petróleo, de sus secuaces en Arabia Saudita, de Jair Bolsonaro, especializado en devastar a marchas forzadas la Amazonía brasileña. Y así sucesivamente. Detrás, la procesión nacional-populista, liberaloide y, en general, de quienes tienden a fijarse más en la Bolsa que en las personas de carne y hueso. Aunque también somos muchos, mayoría, hay que reconocerlo, quienes, como Fausto, tenemos que seguir vendiendo nuestra alma al diablo para seguir tirando. Se entiende. Es la trampa de la que tendremos que saber salir.

Habrá que ser aún más cumplidores a la hora de separar los residuos domésticos, ir con bolsa de tela a la tienda o desplazarse andando, en bici o patinete, y mucho más. Pero no hay que perder de vista que tan solo un centenar de empresas son responsables del 75% de la carbonización del Planeta. Algunas de ellas, protagonistas del histórico batacazo petrolero del otro día. Buen signo, porque quizá haya llegado el momento de plantearse muy en serio lo de “¡A por ellos!”, como propone la festiva jota de Cuéllar, convertida en himno de las fiestas de Nuestra Señora del Rosario.

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