Bartomeu se carga de un solo golpe a los rebeldes y al continuismo

Los directivos señalados o renuncian a cualquier opción de seguir en la carrera electoral o se quedan haciendo el títere en la junta
Josep Maria Bartomeu
Josep Maria Bartomeu

Los directivos señalados por Josep Maria Bartomeu no tienen, por ahora, la intención de saltar del barco por la sencilla razón de que si lo hacen ahora no podrían concurrir a las elecciones de 2021 con las mismas ventajas que el resto de los que se queden, aunque sea castigados. Para poder ser directivos tendrían que avalar 150 millones de euros que ni tienen ni están dispuestos a buscar.

Por lo tanto, o renuncian a cualquier opción de seguir en la carrera electoral o se quedan haciendo el títere en la junta, esgrimiendo, sin ningún rubor, una absoluta falta de escrúpulos y la exclusiva ambición de resistir un año hasta poder deshacerse de Bartomeu por agotamiento de mandato. Una convivencia perversa que tiene un precedente, el último año y medio del directivo Toni Freixa, repudiado por Bartomeu, quien también hizo la estatua mientras llegaba la hora de convocar las elecciones de 2015 a las cuales se presentó como candidato con resultados más que mediocres.

Josep Maria Bartomeu no ha dudado a desmantelar la candidatura continuista amenazando de degradar a Emili Rousaud de su cargo de vicepresidente institucional si no dimite, cosa que por ahora no se plantea, entre otras cosas porque la disidencia de la junta sigue creyente y está convencida que quién tendría que dar un paso al lado es el presidente y no su staff directivo.

Aunque Emili Rousaud sitúa como detonante el caso del 'Barçagate' de las redes sociales, las desavenencias de fondo tienen más a ver con la impaciencia de querer saltar a la primera línea de fuego, discutir sistemáticamente las decisiones de Bartomeu y de su equipo ejecutivo de presidencia y, sobre todo, no haber planteado esta desviación de cara, urdiendo un tipo de conspiración para moverle la silla al presidente. Esta deslealtad no lo ha perdonado Bartomeu, puesto que tanto la entrada de Rousaud como la de Enric Tombas, actual vicepresidente económico, la recomendó y avaló él en persona.

Ahora, como pasa después de un motín fallido, la guillotina es la que imparte justicia contra los rebeldes, en este caso por invitación del capitán, puesto que su autoridad no llega para destituirlos dada su condición de cargos electos y, por lo tanto, intocables si no es por algunas de las causas previstas por los estatutos como una falta grave que, además, tendría que juzgar en todo caso la comisión de disciplina del FC Barcelona.

En cuanto a Jordi Cardoner, igualmente objeto de la ira y el disgusto de Bartomeu, la amistad y relación personal, desde los pupitres de la enseñanza primaria, han evitado el señalamiento público de una traición anunciada. El vicepresidente primero presumió de haber elegido a Rousaud como el sucesor del continuismo y ha hecho seguidismo, para no decir que lo había liderado subrepticiamente, de la oleada de oposición interna a Bartomeu. La incógnita reside en si se esconderá ahora hasta que pase la tormenta o saldrá en defensa de su delfín, ahora convertido en soldado raso. La jugada de Bartomeu ha sido un dardo envenenado.

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