Un amor de Antonio Cánovas

Natalio Rivas, en su libro Anecdotario histórico, desgrana diferentes hechos de personajes del siglo XIX, desde Fernando VII y Narváez hasta Isabel II y la reina Maria de la Merced, pasando por Pavía, Pi y Margall, Delgado, Castelar, Echegaray, Alarcón y Espronceda, entre otros. En uno de los capítulos del libro, el titulado "Cánovas, amante", Rivas transcribe una carta escrita por el político conservador, hacia el año 1849, a una dama el nombre de la cual omite por motivos de delicadeza. Una carta de amor de lejos que, al menos en parte, vale la pena rescatar.

En esta carta el joven Cánovas, que entonces tenía 21 años, después de confesarse enamorado de la dama y de lamentar las pocas ocasiones que había tenido para hablar con ella (la familia se oponía a aquellas relaciones, por considerar que Cánovas no tenía futuro), expone las diferentes posibilidades que se les ofrecían para comunicarse: "Hablar por el balcón, en la Iglesia y por medio de la criada" o "escribirnos", y añade que "sería preciso elegir el más conveniente al decoro de usted".

Cánovas, sin embargo, descarta las tres primeras posibilidades: hablar por el balcón supone, dice, "que dos calles se enteren de que usted mantiene relaciones conmigo y que la gente vaya explicando que nos ha visto hablar a gritos". Por otro lado, hablar en la iglesia implica "el riesgo de ser objeto de murmuraciones de barrio, que las vecinas que van a misa salgan diciendo que nos falta religión". Y encargarle todo a la criada, concluye, también tiene muchos inconvenientes, "que usted, en su buen talento, no podrá desconocer". En cambio, para Cànovas, escribirse sólo tiene un inconveniente: que uno de los amantes se vaya de la lengua: "Que usted, abusando de una manera impropia de su posición, publicase mis cartas, o que yo, portándome como un villano y mal caballero, hiciese lo mismo con las suyas".

Esta relación entre el político Cánovas y su amada no prosperó y esto que denominamos el destino los separó durante muchos años: "La embriaguez de la victoria política y nuevos amores, que cambiaron su estado", escribe Natalio Rivas, con su denso estilo decimonónico, "adormecieron en Cánovas los recuerdos de aquella pasión, estrangulada apenas nacida". No obstante, cuando los dos ya habían llegado a la edad madura, el destino, en forma de casualidad quizás buscada, propició un nuevo encuentro, y parece ser que entonces sí que consumaron su deseo erótico tantos años reprimido.

Rivas lo explica con un largo circunloquio: "Misteriosos imperativos de la naturaleza, que no siempre puede dominar la voluntad,
los vincularon transitoriamente, al empuje de incentivos nacidos en mejores días,y disfrutaron de soñados y contenidos deseos ". Aquí podría haber acabado el capítulo el autor del Anecdotario histórico, puesto que este habría sido un buen final. Pero Rivas lo acaba con unas consideraciones morales de carácter personal que, leídas hoy, resultan carrinclonas: "Es lícito suponer que, mezclados con el placer de aquel encuentro galante, extemponáneo y anormal, debieron de padecer los dos amantes iguales remordimientos".

No sabemos si, después de este encuentro amoroso, los dos amantes se continuaron escribiendo. No lo sabemos; quizás continuaron teniendo encuentros "anormales y extemporáneos", para martirio de los historiadores como Rivas. Bien es verdad que tampoco nos importa mucho; estas relaciones, si existieron, forman parte de su intimidad. Lo que sí que importa destacar es que, gracias a todos los adelantos de las ciencias cibernéticas y robóticas, las relaciones entre amantes epistolarios, de lejos o de cerca, aunque resultan más fluidas (internet y derivados facilitan todo tipo de contactos), continúan planteando las mismas cuestiones que expone Cánovas en la carta citada: no sólo porque cualquiera de nuestros amantes puede dedicarse, por simple despecho o carencia de nobleza, a hacer públicas nuestras cartas de amor (a menudo tan cursis y, en ocasiones, tan subidas de tono), sino que también todos los Grandes Hermanos que nos vigilan y controlan pueden hacer uso, en cualquier momento, de nuestras expansiones amorosas y colgarlas en las redes sociales y en todas las nubes del mundo.

Bien pensado, quizás tendríamos que volver (al menos en cuanto a nuestras relaciones más íntimas) a hablar por el balcón, en la iglesia,
o a través de unos amigos de confianza. Es más seguro y quizás incluso más emocionante.

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