La nación de los catalanes

En las sociedades modernas podemos apreciar la tensión existente entre su dimensión asociativa, constituida en torno a unas leyes que dan sentido a una ciudadanía única y compartida, y la dimensión comunitaria que pone el acento en la importancia de los ámbitos culturales.  La identidad colectiva de estas sociedades está en constante modificación, en buena medida, porque la interacción entre diferentes conduce a su hibridación. La catalana es, en este sentido, una comunidad diversa y mestiza. La demógrafa Anna Cabré en su trabajo “El sistema català de reproducció” (Proa, 1999), nos recuerda que, con fecha de 1980, el 60,3% de la población catalana tenía su origen en las inmigraciones que se dieron desde el último tercio del siglo XIX, y señala que, sin ellas, la población catalana de 1980 hubiese sido de 2.360.000 habitantes. En sus conclusiones considera que la inmigración ha sido parte integral y principal del moderno sistema de reproducción catalán, y que ha resultado globalmente benéfico, tanto para los autóctonos como para los inmigrantes. En este proceso, ni la comunidad receptora ni la comunidad inmigrada se han sentido extranjeros entre si y, en una u otra medida, han compartido un sentimiento de doble pertenencia a lo largo de generaciones.

En el año 2014, la hibridación cultural y los matrimonios mixtos habían configurado una sociedad en la que, después de 24 años de Estatut de Autonomía y de inmersión lingüística, el 74% de la población compartía un sentimiento de doble pertenencia, mientras que la pertenencia exclusivamente española quedaba reducida al 6,3% y la solo catalana al 15%. Esta doble identidad se mantuvo durante el proyecto nacionalizador que, desde sus inicios, impulsaron los gobiernos de Jordi Pujol, y que posteriormente se intensificó de forma notable a partir de la década de los noventa. Un referente en este sentido fue el programa 2000 publicado en estas páginas.

La crisis producida por la sentencia del estatuto en el 2010, supuso el desplazamiento de un 5% de la población, de la doble pertenencia a la pertenencia exclusiva catalana, y en el intenso proceso nacionalizador que se da entre 2012 y 2014, este segmento de la población aumentó en otro 9%. Por el contrario, podemos observar que en el 2019 hay un pequeño descenso de 1,9 puntos en el sentimiento de pertenencia exclusiva catalana, mientras que un 71,9% sigue manteniendo, en una u otra medida, el sentimiento de doble pertenencia que refleja la configuración de una sociedad diversa, tolerante, y solidaria, todos ellos valores necesarios para la convivencia. (Datos Barómetro CEO)

El procés ha afectado a la cohesión de la sociedad catalana en dos aspectos básicos: en primer lugar, el unilateralismo ha supuesto la quiebra de los consensos necesarios de su dimensión asociativa, que recordemos, se asienta en la voluntad de vivir juntos con unas leyes que dan sentido a una ciudadanía única y compartida; en segundo lugar, la reafirmación comunitaria alrededor de un modelo cultural de pertenencia basado en la homogeneidad (nosotros y ellos), ha tensionando y dividido a la sociedad, y ha roto los consensos que existían alrededor del modelo inclusivo de identidades múltiples al cual me he referido.

La implementación de un movimiento de masas, como el que se ha movilizado en torno al procés, requiere los ideales de una misión histórica, la idea de una identidad única y salvadora, el fanatismo de la voluntad, y una fe ciega que permite aplastar a todo el que se opone. Como decía Salvador Cardús, “… una vinculación nacional amplia, no se hace desde una conciencia reflexiva, sino desde los implícitos culturales y políticos, desde las simbologías y las adhesiones emocionales” (Camí de la Independencia pág. 46)

El procés ha necesitado alumbrarse desde unos enfoques teóricos que han actuado como referentes, que irradiados por legión de opinadores en las redes y, en unos medios de comunicación públicos y privados subvencionados, han actuado como arma poderosa e imprescindible en la constitución del movimiento independentista. Uno de los enfoques básicos ha sido el de crear “un sentimiento colectivo basado en la creencia de pertenecer a la misma nación y compartir muchos de los atributos que la hacen distinta de otras naciones. … Las personas que afirman compartir una identidad nacional específica invocan la creencia en una cultura y una historia comunes, en un parentesco, una lengua y una religión, un territorio, un acto fundacional y un destino comunes”. (Guibernau. Identidad pág.52)

Un enfoque diametralmente diferente es la propuesta federal que permite convivir, a los que son diferentes, en un marco de ciudadanía basado en valores universales de igualdad y solidaridad, en un mundo cada vez más globalizado.

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