La memoria abandonada

Mi debilidad por visitar pueblos abandonados me llevó a La Mussara. La Mussara, como muchos pueblos de la Cataluña interior, se posicionó en el bando carlista durante las guerras del XIX. En la entrada del pueblo (lo poco que queda de él) hay un panel informativo en donde se cuenta la historia del lugar. Empieza por los tiempos medievales, con datos históricos mezclados con imaginería romántica y, en cuanto llega al carlismo, soslaya la historiografía para contar una anécdota apócrifa y macabra que presenta a los carlistas como unos tipos listos e ingeniosos y a los liberales como unos brutos, sádicos y desalmados.

En un lugar del Maestrazgo vi un folleto turístico con una narración que simpatizaba con los carlistas, y le pregunté a uno que sabe de historia por la razón del sesgo. Los liberales  son vistos como los que nos vienen a quitar lo nuestro, me dijo. Esa percepción también se encuentra en la literatura, aunque respecto de la literatura no tengo nada que decir. Lo que me pregunto es porqué está en los folletos y en los paneles informativos, que nada tienen que ver con el arte de las letras.

En uno de los pasos fronterizos entre España y Francia leí un cartel que cuenta las rutas del exilio republicano de 1939 y del que se desprende, sutilmente, que por allí huyeron catalanes perseguidos por españoles. Como uno no sepa algo de historia, va a quedarse con esa versión no solo delirante si no gravemente ofensiva contra la verdad y contra las decenas de miles de republicanos que, desde Albacete hasta Badajoz, pasando por Teruel y Alicante, marcharon con lo puesto huyendo del fascismo que sufragó entre otros, el catalanísimo Francesc Cambó, ese que tiene una escultura en la Vía Layetana, en la que se le presenta como retorciéndose en las llamas de un infierno que le arde por dentro. Otra vez la Cataluña interior. Nota: la escultura de Cambó no ha sido nunca manchada de amarillo, y no será porqué no haya habido manifestaciones independentistas circulando por delante de su pedestal.

La administración autonómica catalana dispone de dos entes dedicados a la memoria histórica (el Memorial Democrático y una Subdirección general de lo mismo), cuyas funciones son divulgar, abrir fosas, inventariar muertos y responder a las demandas de quienes preguntan por sus abuelos desaparecidos durante la guerra. Cada ente cuenta con los preceptivos cargos electos, directivos, altos funcionarios y demás burócratas. Creo que intentan ser ecuánimes, aunque no hay que ser muy inquisitivo para descubrir, de nuevo, un sesgo que responde a una interpretación tendenciosa de la contienda de 1936 a 1939 en la que presenta a unos catalanes democráticos y buenos, perseguidos por unos españoles fascistas. La idea de que la guerra civil fue una guerra de “españoles contra catalanes” subyace ahí. Me cuentan que pronto inaugurarán la exposición “La represión que no cesa”, cuyo título, poco sutil, pretende ahondar en la idea de una España distópica que no ha salido del franquismo y entregada a la persecución de Cataluña. Quién sabe si con la pretensión de borrar los rastros del fascismo catalán, cuyas pistas nos llevan, por ejemplo, a los fundadores de Òmnium Cultural y al Palau de la Música. Los datos están al alcance de todo el mundo.

Hace unos días, el presidente autonómico se despachó con un tuit acerca de la División Nueve, la que integrada por españoles republicanos exiliados en 1939 y participó en la toma de París. Algún día llegará un asesor que asesore a los políticos y le prohiba usar ese Twitter que solo agita espantajos. Dijo el presidente regional que España luchó con Hitler, y le fue de muy poco afirmar que los de la Novena división eran catalanes, me temo. Mientras se confunda a España con el franquismo y a Cataluña con la república aquí no se aclarará nadie, ni se trabajará para nada bueno. Mientras se identifique a España con un régimen y a Cataluña con un pueblo unido, alegre y combativo, nada irá a mejor, ni nada favorecerá la memoria histórica de verdad, la que cuenta de donde venimos y quienes somos, para ver si algún día nos reconciliamos con nosotros mismos, cosa que solo se puede abordar desde la razón.

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