Una experiencia mística en el Baix Camp

Estoy en la terraza del bar de un pueblo del Baix Camp tomando un vermut con unos amigos. Hablamos de cosas intrascendentes, como por ejemplo los vitrales que un señor de Sant Martí de Maldà quiere dedicar a los principales protagonistas del 1-O. Nadie sabe muy bien cuál sería su destino si se consigue suficiente financiación como para sacar adelante el proyecto, pero puesto que estamos en ello, mis compañeros de mesa proponen que intentemos alguna gestión ante las autoridades eclesiásticas de París, ya que parece que a Nôtre Dame igual les podrían ser útiles y caso de llevarse a cabo, a buen seguro que se conseguiría internacionalizar el conflicto y hacer que Europa nos mire todavía un poquito más.

Yo iba a explicar mi debilidad por una de las obras donde se ve a Marta Rovira, mochila a la espalda y barra de pan bajo el brazo, indicando el camino a la libertad, cuando de repente noto que unl compañero me da un par de codazos mientras se le escapa la risa por debajo de la nariz. Quiere que me fije en un señor de edad provecta que manifiesta su dignidad vistiendo una camiseta amarilla. Lleva en la cabeza una barretina, en las manos un bastón de excursionista cargado de lazos con las cuatro barras que se alternan con otros que, evidentemente, son de color amarillo. Calza unas bambas donde luce una estelada rampante.

Le miro, resulta imposible no hacerlo, y veo que se reúne con un grupo, quizás algo más de una docena de personas, de su edad o mayores. Visten de forma similar y se preparan para hacer escuchar al mundo su buena nueva a través de un tipo de rogativa laica y, de paso, vivir una de estas experiencias interiores, capaces de llevarte hasta límites desconocidos, que sólo el proceso puede ofrecer a sus adeptos.

Y así, a las 12 en punto del mediodía, hora del ángelus, la procesión arranca. Como que la dignidad y la ceremonia exigen una cierta lentitud en el paso, sale encabezada por una venerable nonagenaria de envidiable espíritu de lucha que marca el ritmo de la marcha con la ayuda de un caminador, cargado también y como no puede ser de otro modo, de lazos amarillos. Justo detrás de ella, y de su cuidadora, dos mujeres algo más jóvenes exhiben con orgullo un pendón en el cual luce la imagen de la República. Lo llevan con el mismo respeto y veneración con el que las beatas eclesiásticas pasearían una virgen

Hay algo que no encaja en el dibujo que han elegido. Lleva en la cabeza el sombrero frigio con la escarapela que identifica a la Marianne francesa, pero se ve que su cabello es más rizado, tanto que incluso le hace un caracolillo en la frente. También se la ve más robusta, más fuerte y el vestido que lleva es mucho más pudoroso. Es la imagen de la República Española. Pero tanto da. Una república es una república y como tal, libre y democrática por definición, por mucho que insistan en llevar la contraria en lugares como la República Democrática de Corea del Norte o la República Islámica de Irán. Aún más, si nuestros fugitivos y mártires han decidido refugiarse en monarquías, es porque quieren contribuir a democratizar a los países de acogida y hacer realidad la República Belga o la República Unida de la Gran Bretaña y el Norte de Irlanda.

El desfile llega a la primera esquina de la plaza y sus miembros levantan las cabezas al aire para entonar una letanía pidiendo la libertad de los presos políticos. Lo hacen con la voz queda pero firme, para ser escuchados sin molestar más que lo justo, sin ninguna otra pretensión que acercarse de forma sensible y ultraterrena a personas que quieran compartir su éxtasis, esta prospección interior tan especial y propia, que purifica y hace vivir en un plano del espacio y del tiempo diferente y superior al del resto de mortales.

Son precisamente las fotos de los presos las que encabezan el siguiente tramo del cortejo. Me vuelve a la cabeza el vitral de Marta Rovira santificada con su mochila y me pregunto qué deben pensar de ella aquellos que seguían libremente y desde su casa la instrucción de la causa, hasta que Martona decidió que Suiza podía ser un buen lugar para vivir.

El desfile llega a su punto de origen.Gritan en pro de la independencia y, despacio, los van recogiendo sus acompañantes. Marchan a casa deseosos del próximo encuentro para vivir una nueva experiencia mística.

 

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