Espias en Babel

Ir en metro en Barcelona permite relacionarse con las lenguas de medio mundo. No hace muchos años me entretenía poniendo a prueba mi dominio del inglés escuchando las conversaciones en este idioma de usuarios del transporte público. La variedad lingüística que hay hoy en el suburbano me supera. Me frustra escuchar gente que habla y no entender nada de lo que dicen. Si a esto se añade que el castellano que hablan muchos latinoamericanos se me hace difícil de descifrar, mi frustración aumenta.

A veces, enfoco mi teléfono móvil hacia personas que hablan en alguno de esos idiomas indescifrables para ver si una aplicación de última generación me desvela el secreto de sus conversaciones pero fracaso siempre. La tecnología o el uso torpe que hago de ella no dan para más . De momento. Espero que pronto se normalice el uso de aquellos aparatos que dicen que traducen instantáneamente lo que se dice en nuestro entorno.

El esperanto no triunfó como lengua común de la Humanidad. Es una lástima porque creo que sería bueno que los más de siete mil millones de personas que vivimos en el Planeta tuviéramos una que entendiéramos y habláramos todos. Nos ahorraríamos muchas discusiones, malentendidos y pérdidas de tiempo.

No qiero decir con esto que tengan que desaparecer el resto de lenguas. No comparto la angustia de los que se afanan en evitar que desaparezcan algunas. Sirven para que las personas se entiendan cuando se comunican y, en mi opinión, se trata de esto: de entenderse. Y, como decía Marx, una vez entendidos cambiar el mundo para mejorarlo.

Me fascina el episodio bíblico que sitúa en Babel (Babilonia) el inicio de los líos por culpa de la variedad idiomática. Los superviviente del diluvio universal se pusieron de acuerdo para construir una torre que llegara hasta el cielo. No me queda claro qué pensaban encontrar allí arriba pero el caso es que, según los textos religiosos, Dios se lo tomó mal e hizo fracasar el proyecto enconando el conflicto lingüístico entre los implicados en la obra. Al parecer no les funcionó la inmersión lingüística, como se lamentan ahora los de la Plataforma per la Lengua. "¿Cómo podemos levantar el país si nuestros hijos no hablan catalán en el patio de la escuela?", se lamentan.

Se pusiera como se pusiera Dios, llegamos a la Luna ahora hace cincuenta años.

Espero que pronto dispongamos de uno de estos trastos que permiten hablar y entenderse con cualquier persona de cualquier lugar del mundo sólo tecleando un botón del teléfono móvil.

Ni yo ni los de la Plataforma per la Lengua tendremos que seguir espiando a la gente y a los niños a hurtadillas en el metro o en los patios escolares.

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