Réquiem por el automóvil

Si la memoria no me falla, uno de los números extraordinarios de la desaparecida revista de firme oposición al franquismo, Cuadernos para el diálogo, estaba dedicado a la llamada (y entonces triunfante) civilización del automóvil, civilización que, partiendo de Norteamérica, se había extendido por todo el mundo occidental y que se avenía tan bien con el modelo de sociedad consumista que, a pesar de algunas resistencias, se nos acabó imponiendo. Una civilización basada en el desarrollo ilimitado de la industria del automóvil.

Corrían los años 60 del siglo pasado: en nuestro país los automóviles Seat 600 y sus sucedáneos eran vistos como instrumentos de una contradictoria y nueva libertad de movimientos, puesto que, a la vez que favorecían nuestra independencia respecto a los incómodos medios de transporte colectivos, condicionaban poderosamente nuestros idealizados desplazamientos, de forma que, como una familia Ulises cualquiera, cada fin de semana salíamos de la ciudad en dirección al campo, la montaña o la playa dónde, con el tiempo, acabaríamos fabricando una casita. La casita (o el apartamentito) y el 600 se convirtieron para muchos en casi en una necesidad vital, en un sustitutivo no siempre gratificante del hortet.

Unos años antes, en 1957, el escritor francés Roland Barthes ilustró la portada de su libro dedicado a las mitologías del siglo pasado con el nuevo modelo de Citroën, que enseguida conoceríamos con el nombre de tiburón: para Barthes el automóvil constituía entonces el equivalente bastante exacto de las catedrales góticas; una gran creación de la época, concebida por artistas desconocidos y destinada a ser consumida por todo un pueblo que se apropiaría de su imagen como de un objeto mágico.

Unas décadas después el entonces presidente francés Giscard de Estaing consideraría al automóvil como un símbolo casi perfecto del individualismo de la época, un individualismo que iría aumentando en proporción casi geométrica, en paralelo al crecimiento y a las extraordinarias ganancias de la industria del automóvil. No obstante, se trataba de un símbolo engañoso: a medida que se ha incrementado el parque automovilístico de nuestras ciudades, han aumentado también las incomodidades y los accidentes derivados de la convivencia forzada de varios tipos de vehículos. Hoy sabemos que no se puede llenar una ciudad (que tiene un espacio limitado) con toda clase de ingenios automovilísticos. No caben.

"Los sueños de la razón producen monstruos", escribió Goya al pie de una de sus más famosas pinturas negras. El fabricante de automóviles actual, que quizás no ha leído nunca las acotaciones de Francisco de Goya, podría no obstante cantar hoy un réquiem por la llamada civilización del automóvil, pronunciando una frase similar: los sueños de los automovilistas monstrualizan las ciudades.

El humorista Sempé resume este mal sueño del automovilista actual con un dibujo donde un conductor se despide del automóvil que ha dejado aparcado cerca de su casa con estas palabras: "Buenas noches, pequeño monstruo". Vale la pena recordar que el libro donde se incluye este chiste se titula Sauve qui peut (Sálvese el que pueda), una frase que no sé si gustaría al expresidente Giscard. En un sentido similar, en su cuento Autopista del Sur, el escritor Julio Cortázar imaginaba un panorama apocalíptico –un colapso de años- en una autopista francesa que, en principio, parecía destinada a comunicar el norte de Francia con las playas del sur de Europa.

"La decadencia de Roma –escribe el historiador Edward Gibbon a su Historia de la caída del Imperio romano– fue un efecto natural de su grandeza immoderada; en su prosperidad maduró el principio de la decadencia; las causas de su destrucción se multiplicaron con la amplitud de sus conquistas (…) En lugar de preguntarnos porque cayó el Imperio romano, nos tendría que sorprender que durara tanto tiempo".

Seguramente, dentro de unas décadas, algunos historiadores harán unas consideraciones similares a las de Edward Gibbon en relación a los automóviles y su muy larga ocupación de nuestras ciudades y campos.

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